¡130 votos!, ¡130 votos!

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Tras masacrar a 12 uniformados y secuestrar a dos más, ¿qué hará el ELN con las 130 papeletas robadas en la Sierra Nevada del Cocuy?
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Y, finalmente, con el eco de los disparos aún zumbando en los oídos, exhaustos por la tensión que genera una emboscada, sin poder dejar de pensar en los humildes uniformados que morían, uno a uno, en medio de la oscuridad de la madrugada, ¿qué balance harán los guerrilleros del ELN? ¿Sentirán que ahora sí el triunfo de la revolución está más cerca? O ¿alguno siquiera pensará, sin decirlo, en lo que se ha convertido?
Es posible que el comandante para estimularlos les recuerde que han “recuperado” 130 votos. Ni uno más ni uno menos. Matemáticamente el resultado del botín no llega siquiera al despreciativo calificativo de insignificante. Hubo 16 millones de votos este domingo 25 de octubre. Y el ELN se llevó 130. Nada. Es probable que si entre ellos hay alguno que sepa la historia de la región de la Sierra Nevada del Cocuy guarde vergonzoso silencio.
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Durante la época de la violencia, 1948-1953, estas tierras eran pobladas por pobres campesinos que se hacían matar por su derecho a votar, a elegir. La policía chulavita los perseguía con una saña macabra. Incendiaban sus casas en emboscadas de la medianoche, asesinaban a los niños, violaban a las mujeres antes de matarlas y a los hombres les hacían el corte de franela, un degollamiento frío, sin piedad, dejando a la víctima a la intemperie a manera de escarmiento. Fueron tan crueles que los nombres de los pueblos quedaron marcados en la infamia de nuestra historia: Chiscas, Boavita, Güicán.
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¿Por qué tal rencor? Porque esa “chusma”, decían, es muy “peligrosa”. Quieren hacer lo mismo que el comunista ese, justificaban, en buena hora borrado de esta vida: Jorge Eliécer Gaitán. Los liberales habían visto morir a balazos a su líder y el país jamás volvió a ser igual. La gente de estos poblados, además de exigir justicia, también pedían poder votar y que les contaran sus votos aunque fuera solo un puñado. Algunos más escépticos dejaron esta imponente cadena montañosa, de temperaturas gélidas, y descendieron hasta el vasto y ardiente Llano para unirse a las guerrillas, cuya bandera principal era que hubiera democracia.
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En su frustración y amor por esos desarrapados, el padre Camilo Torres Restrepo se fue, años después, para la naciente guerrilla del ELN. En esta confluyeron otros hombres que de labios para afuera decían que creían tanto en la justicia social como en su devoción a Cristo: los españoles Manuel Pérez, Alfredo de la Fuente Recio, Miguel Nevado Nevado, Domingo Laín, entre otros. Dejaron su país porque, aquí, decían reinan la represión y la gente no tiene libertad, como de votar, por ejemplo.
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Eran tiempos en que el ELN combinaba la prédica del evangelio con el fusil. Un miembro del M-19 recordaría que la Coordinadora Nacional Guerrillera (CNG) fracasó porque cada vez que se pensaba hacer una acción con el ELN estos entraban primero en agotadores ejercicios de discusión para evaluar si éticamente correspondía a sus principios. Era otra época. El referente del Che Guevara y la construcción de un Hombre nuevo, al menos en teoría, gravitaba en cada campamento.
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Tanta vida desperdiciada, tanto dolor para llegar a esto: 130 votos. 130 votos de una comunidad muy pobre, indígenas, depositados en dos mesas electorales de la jurisdicción de Bocotá, comunidad indígena u’wa del municipio de Güicán. Una cifra mínima, pero tan valiosa para una democracia que por eso se llevó a cabo semejante movilización militar. Se envió un comboy con 35 militares y varios estudiantes que fueron jurados de votación.
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Viajaron horas por un camino de herradura para traerlos, protegerlos. Cada voto, cada uno, representa esa democracia que exigían los abuelos muertos a cuchillo, a machete por los chulavitas, esas bandas paramilitares. A las 3 y 40 de la mañana de este lunes, los militares y policías que los custodiaban fueron atacados con explosivos, bombas, granadas. Y tras el tableteo de las ametralladoras, durante 30 minutos, el silencio. Y allí quedaron tendidos: Jhon Edinson Gómez Domínguez (cabo primero), Manuel Jesús Quiñones Anaya (cabo segundo), Iván Morales Estrada, Edison Rodríguez Ramírez, Fredy Misael Duarte Vásquez, Fabio Edwin Virgüez Gordillo, Humberto Díaz Castro, Luis Jair Gómez Pérez, Jonathan Fabián Panche Rubiano, Duván Alfonso Rincón Murcia, Omar Andrés Rodríguez Pardo (soldados) y el patrullero de la policía Jorge Alexánder Riveros Patiño.
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Jóvenes, muy humildes, dolorosamente anónimos. Y se llevaron secuestrados a los soldados Andrés Felipe Pérez y Kleider Antonio Rodríguez. Por eso, hay que escribir sus nombres. Porque dieron su vida cuidando los 130 votos que en este momento el ELN tiene en su poder preguntándose, así no lo digan, qué diablos hacemos con ellos, dónde quedó el amor a Cristo. ¿En qué instante la guerra fratricida se llevó los principios de esta guerrilla que sus fundadores, como Camilo Torres Restrepo, dejaron en la iglesia para llevar al monte?

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