A las malas

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Camila ZuluagaPor Camila Zuluaga

¿Por qué será que por lo general los colombianos reaccionamos tan solo cuando las cosas son a las malas? Un ejemplo de ello ha sido lo que ha venido sucediendo con el paro agrario en el país.

Desde hace tiempo, los campesinos le han venido solicitando al Gobierno que los escuche, que su situación frente a la firma de los tratados de libre comercio con otros países es de desventaja; asimismo, que los costos de los insumos necesarios para su actividad son mucho más elevados que los que tienen sus competidores en la zona, y que así les queda muy difícil poder competir y ser efectivos en su mercado.

Son varias las fotos que se han podido ver circulando en las redes sociales de un líder campesino asistiendo al Congreso de la República a reclamar, con su ruana a cuadros, ayuda para su sector productivo. Por supuesto, cuando la petición fue pacifica, nadie le puso atención. Así somos aquí. Por eso, quienes salieron a marchar y a bloquear las vías durante las últimas dos semanas sostienen que de otra forma no hubiesen logrado sus objetivos. Si uno mira la historia, se da cuenta de que en el fondo, tristemente, tienen razón.

La infortunada alocución del presidente Santos cuando el paro no había sido tan fuerte, desestimando la capacidad de protesta del sector, no hizo otra cosa que agravar el problema. ¿Por qué el presidente en vez de entregar semejante pronunciamiento no se sentó con los campesinos a negociar? Pues porque aquí si no es a las malas, no les prestamos la atención necesaria a las cosas, tal como nos lo decían nuestras madres cuando éramos pequeños. Eso se quedó grabado en el disco duro de nuestra sociedad y así actuamos en la mayoría de situaciones.

Pero lo anterior no se le puede achacar solo al gobierno y al presidente. También se lo achaco a los manifestantes y campesinos. Durante dos semanas, según lo expusieron parte de los negociadores delegados por Santos, se estuvo a punto de firmar un acuerdo, y por alguna extraña razón los campesinos se levantaban de la mesa y no firmaban. La copa se rebozó con lo sucedido el jueves en Bogotá. La ciudad estuvo convertida en un caos, llena de manifestaciones anarquistas y vandálicas que no tenían ningún objetivo claro. Duramos dos semanas con las carreteras bloqueadas, con un desabastecimiento notorio en los principales centros de abastos del país, con camiones destrozados en caso de que intentaran transportar alimentos. Y por más ofrecimientos del Ejecutivo, esto no se detenía.

Hasta que no vimos al presidente el viernes en la mañana pronunciándose, por primera vez con vehemencia, diciendo básicamente que no se la iba a dejar montar, los líderes del paro agrario no reaccionaron. Solo después del anuncio de que se militarizaría Bogotá y cualquier centro urbano del país si fuere necesario y después de que se dijo que los interlocutores se pararían de la mesa y que además que la comida se transportaría en aviones de la FAC, los campesinos reaccionaron. ¿Por qué? Porque aquí todo nos gusta a las malas. Hasta que no nos vemos con la soga al cuello no reaccionamos. Este tipo de mentalidad es la que, entre otras, es fundamental cambiar.

De todas formas es importante recordar que el paro no se ha acabado, que se logró, a las malas, algo importante: el desbloqueo de las vías. Pero los campesinos siguen protestando y continúan reclamando por lo que para ellos ha venido siendo un trato injusto. Es importante que quienes han venido acompañando su causa y respaldan su protesta lo sigan haciendo. No porque los reclamos ya no vayan a ser violentos no significa que las razones por las cuales se llegó a tal punto se hayan acabo. Empecemos como sociedad a darles importancia a aquellas cosas que se hacen de manera pacífica, no esperemos que solo las cosas que se hagan a las malas merezcan atención. Como periodista, soy la primera en cuestionarme y proponerme un cambio al respecto.

Una cosa más: La movida política va a estar interesante la semana que entra. Ojalá aquellas personas valiosas de diferentes movimientos políticos que hoy intentan una integración dejen de lado sus egos y trabajen en función de un proyecto que busque un mejor país para todos.

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