A propósito del documental ´Colombia: magia salvaje´

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Por Germán Ayala Osorio

Integrante del Centro Interdisciplinario de Estudios de la Región Pacífico Colombiana, CIER

Universidad Autónoma de Occidente

Después de ver el documental Colombia: magia salvaje, quedé con un sin sabor alrededor de los propósitos de dicha realización. Si lo que buscaba el equipo responsable de semejante producción era mostrar la exuberancia de unos ecosistemas frágiles, hermosos y atractivos, creo que lo lograron en buena medida. También creo que medianamente logra sensibilizar a quienes, cómodamente, se sientan a apreciar las imágenes de osos de anteojos, colibríes y ranas venenosas, entre otras especies. Eso sí, hay el riesgo que esa toma de conciencia sea pasajera.

 Sin duda, las imágenes son impactantes por la belleza de los ecosistemas allí registrados. El documental atrapa y engancha, sin duda. Sin embargo, se trata de un documental que deja un sin sabor porque hace una fuerte promoción del agua y de los recursos no explorados que aún tiene Colombia, al tiempo que tímidamente reconoce que hay amenazas serias que se ciernen sobre esa generosa y biodiversa naturaleza.

Alguien podría pensar que dicho énfasis sobre el recurso agua se hace justamente porque el preciado líquido escasea por estos días en varios municipios del país. No podemos ser ingenuos: sabemos que las próximas guerras y conflictos girarán en torno a quién posee fuentes de agua. Y Colombia las tiene, a pesar de ser un mal administrador de dicho recurso.

Para aquellos que señalan que el documental “denuncia” a aquellos actores que vienen afectando esos valiosos ecosistemas naturales y por ello no se puede calificar a dicho documental como un promocional, deben revisar muy bien qué entienden por denunciar. En el producto audiovisual se señala a la mega minería sin nombrar a las multinacionales que están depredando con la anuencia del Estado. Habla, igualmente, de agroindustriales, sin señalar, por ejemplo, que sobre los Ingenios Azucareros y palmicultores recaen responsabilidades por los desastres socio ambientales que dichas actividades vienen produciendo de tiempo atrás en amplios territorios.

De otro lado, y para insistir en el tono promocional, por lo menos en cuatro ocasiones el locutor usa el vocablo inexplorado. Una forma clara de invitar a “conocer” los secretos que guarda esa Magia (Selva) Salvaje, cuando realmente lo que resulta salvaje es la manera como venimos “desarrollando” al país: sometiendo la naturaleza y arrinconando especies, asegurando por esa vía, procesos de defaunación y pérdida de masa boscosa.

El documental, entonces, es generoso en imágenes, pero el discurso que lee el narrador sigue sostenido en el antropocentrismo, a pesar de la intención de esconder las voces de pueblos indígenas y afrocolombianos que aún mantienen viva esa relación consustancial con la naturaleza. Quizás debieron registrarse las experiencias de vida de aquellos que viven en selvas y meandros, respetando los ecosistemas.

Me deja, entonces, un sin sabor esta realización. No quisiera pensar que hubo un documental original en el que se hacían denuncias serias, y con nombres propios, y que por cuestiones políticas e intereses económicos fueron desechadas. Es posible que ello haya sucedido. No podemos olvidar que las empresas que respaldaron la realización y difusión de Magia Salvaje tienen conexiones con la agroindustria (Ardila Lulle, propietario del Ingenio del Cauca).

Mantengo la preocupación por el momento histórico en el que se produce y se presenta el documental: la eventual firma del fin del conflicto armado entre el Estado y las Farc. Que la suerte de Chiribiquete no haga parte de los intereses globales que van a posarse en la Colombia del posconflicto. De esa manera, asistiremos, nuevamente, a la búsqueda del Dorado. Esta vez, gracias a un documental que invitó a explorar esa última frontera de la naturaleza y a un Estado que no tiene la institucionalidad ambiental suficiente para frenar los intereses de propios y extraños de explorar esos territorios y ecosistemas que deberían mantenerse lejos de ese ser humano que solo busca acumular y depredar. Denunciaba el ex ministro Manuel Rodríguez Becerra que mientras más de dos millones de colombianos veíamos Magia Salvaje, el Gobierno de Santos seguía entregando licencias de exploración y explotación, aprovechando la débil institucional ambiental que nos dejó el Gobierno de Uribe.

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