Amarillo exaltado

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ANA MARIA RUIZAna María Ruiz

@anaruizpe

 Oé Oé Oé Oé Oé Co-lom-bia Co-lom-bia!!! Colombia hace historia en el mundial Brasil 2014, James bate todos los records y el corazón me late en simultánea pum pum – pum pum con millones de personas. Un solo latido de amor por la selección.

La selección Colombia pasó por primera vez a cuartos de final con un juego lindo, limpio, con sombreritos y filigranas, con toque, con diálogo. Si todos los astros que hoy nos iluminan nos hubieran sido adversos, de todas maneras, en este momento estaría agradeciendo al profe Pékerman y a los muchachos por tantas emociones recibidas, con lo que hasta ayer habían hecho, ya tenían un lugar en la historia.

Lo que se desborda en cada partido de la selección es emoción pura que no admite racionalidad más allá del ángulo de un pase gol. Una emoción desmandada, rebosada, en las casas, los locales y los parques, un salto de corazón en simultánea que no distingue sexos, razas, religiones ni partidos. Un sentimiento repentino de felicidad común.

Toda la energía que producen los millones de corazones que cantan un gol de la selección, se malgasta en los tontos peligrosos que todavía piensan que sin irrespeto y sin desmanes no hay celebración que valga la pena. Qué desperdicio, si con la intensidad de la energía que hay en un solo grito de gol, de poderse canalizar, se llevaría electricidad hasta prender cada bombilla del municipio más apartado del país.

No es para menos. Estos chicos de amarillo nos han demostrado en cuatro partidos mundialistas la calidad deportiva y emocional que los hace grandes. En el mundo entero ya se reconoce lo hecho por Colombia en Brasil, la Fifa lo califica y los analistas lo confirman, que el mejor jugador de este mundial se llama James Rodríguez. En las redes se exalta al equipo, la precisión del toque, la solidez de la estrategia, y la actitud de respeto por los contrincantes. Las marcas patrocinadoras oficiales del campeonato sacan, sobre la marcha, comerciales con alusión específica y directa a la selección de Colombia, a su baile, a su alegría y a sus goles.

Las ciudades se prepararon con pico y placa para todo el día, ley seca y otras restricciones, medidas fastidiosas y con impacto sobre muchos negocios, pero que resultan necesarias para garantizar la vida de la gente; de no ser así, ¿cómo se habría evitado en Bogotá la repetición de los 9 muertos que dejó la celebración del primer partido de la selección contra Grecia?.

Popayán y Cali se han arriesgado a encarar la felicidad colectiva sin prohibición al consumo de alcohol, y el balance es altamente positivo como en casi todas las ciudades del país. Pareciera que algo en Colombia ha cambiado desde las épocas del 5 a 0 contra Argentina y sus 87 asesinatos subsecuentes, o del infame crimen que acabó con la vida de Andrés Escobar.

Los chicos hacen lo suyo en Brasil, y de qué manera. Aquí tenemos que encargarnos de no fallarles. Una sola persona muerta, herida o agredida por causa de una riña en la celebración, es una afrenta a la selección. Seguramente pase mucho tiempo antes de que en Colombia dejemos de matarnos por venganza, por ambición o por ignorancia; pero si logramos no matarnos en la demostración de la felicidad, ya habremos aprendido mucho.

Se equivocan los pocos que aun piensan que estamos en un ataque masivo de chovinismo. No. Lo que sucede es que, por primera vez, tenemos la experiencia colectiva de sentirnos seguros de que alguien lo está haciendo bien, muy bien, en nuestro nombre.

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