Anna Moore

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 Por Patricia Suárez 

Nací al norte, donde el invierno de un año oscuro se llevó a mi madre. Hija de una violación a las afueras de Pittsburg desciendo de un emigrante inglés amigo de los bares y los vicios, y de una mujer crecida en orfanato desde la edad de cuatro años y despojada de abrigo apenas despuntó a la adolescencia.

Hija de aquella quien trajinó complaciendo, solía reiterarme: “apropiar la rapidez y la lógica en la observación, es llegar a ser una mujer importante”. Un día después de su muerte, la celestina del placer me encerró en el prostíbulo para, didáctica, entregarme en perspectiva el arte del Oriente. Me ordenaba, sutil, detener el ritmo: piano, piano, dos cuartos en el compás del tiempo, movimiento de mis manos aladas, anudadas coyunturas hasta quitar el peso de la rigidez.

Clientes en la noche clandestina, mueca de farsa a la edad virgen, y ellos buena paga so pena de ser la vendida de la trata.

A los primeros brotes de la primavera conocí a Rubén Palomino, los primeros encuentros desbordaron los límites de su aguante, escurridizo buscó abandonarme, lo amenacé con un ex convicto, entró en pánico y se fugó.

Educada en los sinuosos pasadizos de la falocracia diseñé la estrategia para volverme rica e independizar mi vida de las casas de lenocinio y de las delirantes obsesiones que compulsa, emprendía con tipos como Rubén. Las circunstancias me fueron favorables cuando logré casarme con un rico y alcohólico heredero de fortuna; allí la diversidad abrió las fauces de mi fuerza rapaz, tácita soporté su patógena conducta, hasta que murió.

Cíclica y con esto quiero decir repetitiva, me enredé con la peste de Manuel, tránsfuga y reaparecido en el mundo de la trampa.

Diestra en el arte de la simulación y el hechizo, me uní a un magnate. Nadie me supera en astucia y resentimiento. Aquel obeso murió pronto y gracias a las leyes, recibí los favores de su fortuna.

Renovada, viviendo en la mítica Ciudad de Las Artes y Del Pensamiento, me diluí en el mundo de la retórica, de la futilidad artera del sofista. Noble y excéntrica, esposa de un latino de brillante capacidad, de antepasado mercader de tribuna, comprador de títulos nobiliarios y espléndido y caprichoso del exceso, solía evocar a Sade, sombra preclara de mi naufragio.

Y ya veis: heme saliendo de un sepulcro ceniza, donde la decrepitud de mis carnes se convirtió en polvo y el arsénico mortal, que me quitó la vida, no logró con su alquimia de sombra y perversión, acallar a quien sufrió el infortunio en el mundo de la mentira.

 

II

 

Por ello, niña, miente, aprende de los simuladores de verdades la sonoridad de su tono, la plena resonancia de sus impactos y define en el quejido de los ecos un solo grito…para sacar provecho en los lupanares de la deshonra y serás la más amada, la preferida…de quienes reparten los frutos de la llaga y sus arcas las llenan a cargo del morapio de la guerra.

Sacia tu sed y voluptuosa define los caminos de la barbarie fortaleciendo el sentido que te hará vil y próspera…Disfruta la nostalgia por el crimen, busca en la forma penetrar el sentido de la impudicia, del placer al dolor, al silencio y al olvido, salto de la crueldad más refinada, defiende el disoluto pensamiento, el sórdido manejo del lenguaje; vislumbrarás la absoluta ganancia, la plena complacencia de   los perversos que matan por la paga, no como el jaguar o la leona, el frío cocodrilo, la anaconda…

Aprende a desarrollar el sentido e invita a la umbría perversión de las pasiones en las delicias del mal, en sus fragancias. Expulsa al bien posible que deja sin fortuna, quita la inteligencia y no permite el ocio del exceso. Frente a los jueces, simula; los transgresores son otros…para luego culpar los inocentes y lograr el poder de la verdad en tiempos de la náusea. Grita que ellos son el grito de un solo crimen, impunidad resonante en   los tiempos sacrílegos, porque tú estás con Dios y él te protege y sólo él es tu escudo y tu bandera, porque en él se encuentran los utópicos del sueño y las praderas fértiles del amor…La voz proyectada, la palabra, será un triunfo total; dulce niña, serás reconocida luego de tan noble elocuencia. Entorna la mirada, declama alguna frase célebre, una sentencia y no olvides: el efecto cala en las cabezas embotadas por el cansancio que deja la fisura…

No al distanciamiento, no obligues la emoción a partir dejando a la razón el trabajo del análisis, embótalos con la destreza ancestral de las manías y el arte de la trampa y el simulo harán de la imagen estudiada espiral de ganancia, tesoro escondido en sus entrañas   y en el espacio reflexivo de tu verbo la verdad negociada. Y verás, niña de dulce mirar e inocencia fingida, la corona que aportará a tu gloria…

 

 

 

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