Antígona

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Por Patricia Suárez

El  escritor y jurista Hernán A. Ortiz Rivas, nos presenta  un Tríptico sobre Antigona de Sofócles

-La especulación iusfilosófica en la Antígona de Sófocles.

-Antígona: mujer heroica enfrentada al poder político

-Antígona y la desobediencia al derecho oficial

nuestra america (1)Ortiz Rivas, en  apretada síntesis,  busca desde lo jurídico-político un paralelo de la tragedia Sofoclea con los rebeldes de hoy y el derecho a la rebeldía política. En juiciosa investigación ilustra su texto con citas que enriquecen la comprensión de la conducta moral, ética, política y beligerante de la Paradigmática  Antígona.     

 Cita a Kaufmann quien afirma que buena parte del capítulo dedicado por Hegel a la eticidad, en la fenomenología del espíritu, gira íntegramente a la Antígona de Sófocles, especialmente los apartados del mundo ético, la ley humana y la divina, el varón y la mujer y el acto moral, el saber humano y el divino, la culpa y el destino. Antígona, dijo Hegel “La figura más augusta que jamás pisara la tierra”.

Categórico, el jurista nos dice: “Preferimos incluir a Antígona dentro de la desobediencia civil porque su conducta es una forma atípica de participación en política, pública (no violenta) que reconoce el castigo así impida la condena (sin cuestionar el orden constitucional) sobre la base de “las leyes divinas” equivalentes al posterior “derecho natural”.  Y  concluye su reflexión: ´ El gesto bizarro de Antígona hace prevalecer el derecho justo frente a la ley positiva, la conciencia ética frente al poder político”.

Antígona, desobedece la ley  civil, la ley de la polis, la ley política,  la ley del patriarcado a Creonte, Rey de Tebas,  su tío, hermano de su madre Yocasta quien se quita la vida al saber que  casó con su hijo Edipo y procreado cuatro vástagos: Polinices, Eteocles, Ismene y Antígona.  Marginal, periférica, errante,  exiliada, proscrita, nacida del incesto y el crimen,     trashumante alejada de la patria,  convertida en  aliento, guía   de su padre ciego, parricida; heredero de la trágica maldición de los Labdácidas. Esto quiere decir Layo, padre de Edipo.

Nombre y maldición que obliga a recordar a la escritora Velez Saldarriaga  cuando desde la psicología analítica  dice:

“…Layo reduce el ser de un niño,  lo somete, le arranca toda dignidad, lo que significa que ha lacerado al dios Eros en la vida de ese niño, ha destruido el amor, lo ha pervertido bajo las condiciones de la obligación y el sometimiento; y en el otro, ha enviado a Edipo, demasiado niño aún, al monte a una muerte segura. Dos formas arquetípicas de la vivencia patriarcal: el sometimiento del otro, su reducción a la condición de objeto, y la muerte no sólo física, que se dará en muchas de las formas del sadismo, y especialmente en el desaparecimiento total del otro, de su deseo, su voluntad, de su determinación”.  “Antígona es todas las niñas del patriarcado”

 Antígona, al regresar a su patria, encuentra que   sus hermanos  en guerra por la alternancia del trono, hallan la muerte  uno en manos del otro. Creonte ordena dejar a Polinices   a la intemperie,  banquete  de  carroñeras  para que  devoren su carne y el sol queme sus huesos y vague por siempre en el limbo de lo insepulto  ya que  al atacar a Tebas se convirtió en traidor y culpable.

Quien osa desafiar los designios y las leyes divinas y eternas de los  Dioses  por todos respetadas, por todos temidas, no hallará complicidad en Antígona: ella  sepultará  a Polinices, su hermano querido, su sangre,  su historia,  la hondura perenne de  latidos   en el tejido del origen, la nota ancestral de una sinfonía de corales que suenan eternos y pulsan,  en la constante de la vida,  la justa medida de la verdad filial e irrompible del amor.

 Antígona es condenada por  Creonte  y enterrada viva. Noble y digna en su rebeldía radical se quita la vida.

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