Aura

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Por Patricia Suárez

aura (2)Donceles  815 en el centro de la capital de México: casonas,   palacios,  muros que recuerdan el antiguo esplendor de la vida en los  virreinatos españoles  de templos sepultados  sobre los que  construyeron los colonizadores  los suyos.

Felipe Montero, historiador,  acude a la oferta de trabajo que encontró en un diario capitalino. Un leve empujón y se abre la puerta, una voz de mujer  advierte contar  los 22 escalones; el olor húmedo  a raíces podridas, la espesa oscuridad, el lento narrativo y  Montero sube al recinto que,  según sabe más tarde, oscureció  las construcciones que impiden la entrada de la luz  ya que la anciana, viuda del general Llorente, dueña y señora de aquel lugar bizarro cuya atmósfera inquieta y tensa al lector,  no aceptó vender su casa.

El general Llorente,  cuya infancia transcurrió en una finca oaxaqueña, estudió en Francia  y regresó a México   en la época  del  Emperador   Maximiliano de Habsburgo quien más tarde fuera  fusilado    en el Cerro de las Campanas  un mes antes de que  Benito Juárez entrara el 15 de julio  a  la ciudad de México.

Iniciada la trama la simbólica resonancia de lo inesperado  nutre  las setenta y nueve  páginas de este relato cuyas ilustraciones de encajes,  figuras y  un corazón labrado en madera  atravesado  por una cruz en un fondo rojo en la portada, anuncian los malabares narrativos cuyo suspenso nos atrapa.

La viuda del general Llorente vive en la oscuridad.  Su único deseo: que las memorias inconclusas de su esposo sean ordenadas y publicadas. Ofrece por ello cuatro  mil pesos y que Felipe Llorente,  el historiador, se quede a vivir en la casa hasta concluir  el  trabajo.   Aura, la sobrina de la viuda, lleva a Morente  a la habitación de huéspedes;  Felipe queda fascinado con  la belleza de la joven; sus reencuentros son  pausa en el bullente especular  del  inquilino quien, desencantado por los escritos del General,  añora dedicar su tiempo  a terminar su propia obra.

El único sitio iluminado es su habitación en cuya pared cuelga un crucifijo. Aura lo llama a cenar y toca una campana; lo conduce al comedor: siempre son riñones,  el vino espeso, el  verde es el color de los ojos y del vestido, el respaldar de la silla gótica… La ornamentación barroca  del cemento perpetúa un tiempo ido.

El grupo de santos que conforma el altar en la habitación de la anciana  quien repite los gestos de Aura al sacrificar un macho cabrío, nos lleva hacia un laberinto de misterio.

(…) la anciana que en el aire despellejaba al cabrío de aire con su cuchillo de aire (…) la veras (…) avanzando hasta que su rostro se pegue al tuyo y veas esas encías sangrantes de la vieja, esas encías sin dientes (…) los dientes amarillos que va sacando del delantal manchado de sangre. (…) Aura (…) ríe en silencio con los dientes superpuestos a los suyos. (…) identificando al fin tus movimientos de sonámbulo con los de Aura, con los de la anciana (…) una enfermedad secreta, un contagio (…) quieres descomponer los elementos de tu olfato (…) reconocer las flores, los frutos, los tallos, (…) las hojas acorazonadas y agudas de la dulcamara.

Montero, luego de leer las memorias del general, se da cuenta que la anciana tiene más de 100 años. “Siempre vestida de verde, siempre hermosa”.

Felipe Montero cree que Aura está allí prolongando la ilusión de juventud  de la anciana; al mirar las fotografías del general, Montero encuentra a Aura; corre a la habitación de la anciana donde  la joven  lo espera ya que la viuda  no estará en casa. Montero la desnuda, al besarla descubre los cabellos blancos y la dentadura de la vieja quien le promete que cuando recupere las fuerzas  Aura regresará. Aura y la anciana son la misma persona y,  Felipe Montero, ¿el general  Llorente?

En lo sobrenatural del  relato poblado de fantasmas, de símbolos, santos, velas, animales, deseos, amor, erotismo, expresividad del escritor mexicano Carlos Fuentes, se intuye la realidad social, la historia de  México  y el lector no puede olvidar las  ruinas de las  escalinatas del Templo de Tezcatlipoca,  deidad del panteón  Mexica,   del Cuauhxicalli de Moctezuma (monolítico de forma cilíndrica),  de la cabeza de una serpiente tallada en basalto durante la época Mexica o el   Coatlicue, Piedra del Sol o Calendario Azteca.   

La muerte tiene vida y allí  el miedo, el dolor, la juventud, la belleza y la decrepitud,  se enlazan en misteriosa trama dejando al imaginario una reserva de hiperbólicas intuiciones donde construyes y recreas…

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