Bailódromo para Cali

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Leo QuinteroPor Leo Quintero

Los anuncios del presidente Juan Manuel Santos para reconciliarse con los caleños tras su ausencia de la inauguración de los novenos Juegos Mundiales, específicamente la construcción de un escenario para los bailadores de Cali, le dio en el gusto a quienes conocen de la idiosincrasia de los que habitan esta villa de Sebastián de Belalcázar y saben que por nuestra trietnia corren los mejores ritmos de los continentes Americano, Europeo y Africano.

Es que la palabra bailarín o bailador, cosa bien diferente una de la otra, surgió en la misma capital del Valle,  donde hace casi un siglo la ciudad gozaba en calle abierta de los primeros carnavales, como reportan los medios de comunicación. Tal como ocurrió en 1922, cuando la gente se tomó la Plaza Mayor para disfrutar de la música de los primeros grupos que interpretaban pasillos festivos y otros ritmos que encantaban a trabajadores de las haciendas cercanas a Cali.

El ánimo de los bailadores caleños se transformó periódicamente hasta que en el decenio de los treinta y los cuarenta, cuando llegó la radio a la capital del Valle, cambió radicalmente.

Aparecieron los primeros bailaderos de la ciudad, sobre la carrera Primera a un lado de la estación del Ferrocarril. Cercanos a la calle 25, en donde dramáticamente se generó la peor tragedia de la historia de la ciudad con la explosión del 7 de agosto de 1956.

Ese era el bullir de la ciudad urbana, porque en las goteras de Cali, el Puerto Mallarino había tenido vida propia, no solo como puerto para los vapores que llegaban por el río Cauca, y también hacia el sur aparecieron los primeros establecimientos de diversión, precisamente en el terreno que hoy ocupa la plaza de toros de Cañaveralejo.

En el centro comenzaron a aparecer también, alrededor de la plaza de mercado de El Calvario. Allá, sobre la carrera diez y por esta vía, llegaron hasta la calle 25 con terrazas y salones de baile, que fueron escenario para la presentación de las más connotadas estrellas de La Sonora Matancera y otras agrupaciones que visitaron Cali a mediados del siglo pasado.

Claro, después de pasar por los radioteatros de las emisoras de Cali.

Esa primigenia historia de bailaderos y bailarines hizo que esta genética dancística de la capital del Valle se multiplicara y solo se evidenciara cuando en los años setenta el periodista colombo-cubano José Pardo Llada, en su Mirador en el Aire y la columna de Diario Occidente promoviera, además de sus famosos aviones, el primer concurso de bailarines de salsa del mundo, según su farragosa voz

Watussi, un negro alto, quien bailaba a «mil por hora», y María, una hermosa muchacha del barrio Salomia, durante ese espectáculo se convirtieron en los ganadores del título de los mejores bailarines de salsa del mundo.

De allí en adelante la historia es conocida: después surgiría el ballet de la salsa, en el cual aparecieron figuras que ya estaban consagradas en los establecimientos de diversión de la carrera Octava, el Séptimo Cielo, el Infierno y, mucho antes, en Costeñita.

Por eso, por toda esta historia, es importante que los bailadores de Cali puedan contar con el sitio exacto que su grandeza amerita. Espacios no solo para presentaciones en público. Lugares para capacitarse, para recibir la enseñanza de la vieja escuela de la salsa caleña de la cual se han nutrido quienes hoy en día son campeones en todos los lugares en donde haya un concurso internacional.

Aunque cabe resaltar que también somos campeones en tango, hay figuras en el ballet con el único instituto público de ballet del país, Incolballet.

Cali es una ciudad que baila, que sabe tirar paso, que sabe de ritmo; por eso, un escenario de esta categoría necesita tener una buena ubicación, un punto equidistante de los cuatro costados de la capital del Valle. También necesita que después de que sea construido tenga dolientes, presupuestos y recursos del Estado nacional  y local, como el más gran epicentro de cultura popular, ojo, con futuro.

La primera idea del presidente Juan Manuel Santos es algo que la ciudad esperaba, pero  hay que garantizar la continuidad de ese sueño, al que ahora además de tirarle lápiz y presupuesto debe comenzar a mover el paso de los caleños y la única industria cultural que en Colombia ha dado resultados: el baile.

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