Basta ya: Volvamos al fútbol de la calle y el potrero

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Fútbol y decepción

Por Mario Óscar Desiderio

Esta reflexión del ex jugador argentino y actual entrenador de jóvenes futbolistas, reposa en una de las paredes de la Escuela Carlos Sarmiento Lora, a la vista de los niños y jóvenes que se entrenan allí para cumplir el sueño de ser futbolistas. Allí el ‘profe’ Mario dedica su tiempo a rescatar lo que para él engalana el fútbol. En estos días de Mundial en Brasil, su reflexión se convierte en un reflejo del cambio de era que se vive a través del deporte rey cada cuatro años.

Foto: Juan Camilo Palomar
Foto: Juan Camilo Palomar

Hoy debo confesar que el fútbol me ha decepcionado, o mejor, que yo me dejé decepcionar por el fútbol. Tal vez fue que no me di cuenta de sus argucias a tiempo, que no comprendí que era el momento perfecto del capitalismo más salvaje, que la magia de una gambeta, de una pared, de una chilena, me taparon lo otro, eso que era la realidad. Debo confesar que hoy por hoy, de mil partidos, apenas uno sale bien, o uno me sale bien a mí; que todos los futbolistas son parecidos, que juegan a lo mismo – no perder-, y ven y sienten y entienden la pelota apenas como un elemento útil, no como un juguete. Ellos mismos son elementos útiles de un sistema de cosas que prioriza el dinero, los miles de millones de dólares que ellos producen con sus triunfos y goles. Son la simple materia prima de un producto bañado en oro que se llama fútbol, y ni se han enterado de ello ni quieren enterarse.

Hoy debo confesar que lo que más me gusta del fútbol, en estos días, son las historias de ayer. La de aquel Carlos Alberto que a comienzos del siglo XX se pintaba la cara de blanco con polvo de arroz para que lo dejaran jugar en una Brasil racista que sólo permitía un fútbol de blancos. La de los corintianos del Corinthians F.C. original, que se negaron a hacerse profesionales pese a que ganaban todos los campeonatos ingleses de los años mil ochocientos y tantos, que rechazaban los penaltis a favor, pues era indigno vencer a un rival así, y decían que el fútbol se jugaba por placer, no por dinero. Por placer le propinaron al Manchester United la mayor goleada de su historia, 11-3, en 1904.

La historia del austríaco Mathias Sindelar, que prefirió suicidarse antes que jugar para la Alemania nazi. La de Moacyr Barbosa, que soportó durante 60 años que un loco fanático lo persiguiera por todo el mundo culpándolo de los goles de Uruguay en la final que perdió Brasil en el 50. La de Nobby Stiles, que se dejaba de bañar cinco días antes de los partidos de la selección inglesa para que el rival sintiera asco. La de Carlos Caszely, que se negó a darle la mano a Augusto Pinochet en 1973. La de Sócrates, que con su ejemplo alentó al pueblo de Brasil para que luchara por retornar a la democracia. La de Maradona, las de Maradona, todo Maradona.

Hoy debo confesar que el fútbol se lo robaron a tipos como aquellos, y ellos lo permitieron. Que dejó de ser juego, que se volvió elitista, que de barrio ya no tiene ni el barro en las canchas, que se volvió desechable, provisional, predecible, mecánico; que la globalización lo globalizó, y todos juegan igual; que la inmediatez mató los mitos, pues hoy, a un clic están todas las jugadas, y la voz y el rostro y las preferencias de un jugador, y nada para la imaginación. Nada para crear un mito, nada para perpetuarlo y multiplicarlo. Nada para la fantasía.

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