Bienaventurados

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ana-mariaPor: Ana María Ruiz

Twitter: @anaruizpe

Parecía claro, y lo comenté en este mismo espacio al  ver  los  resultados  de las elecciones legislativas en el Cauca, que el departamento sería generoso, muy generoso, con la reelección del Presidente Santos. El Cauca, atravesado por la guerra que transita de oriente a occidente, de las FARC a las Bacrim, votó abrumadoramente por la reelección con sólo tres excepciones: Piamonte, el único municipio donde Zuluaga aventajó, Inzá donde Clara López triunfó sobre sus contendores y Popayán, donde la distancia entre los dos candidatos que pasaron a segunda vuelta es de apenas algo más de 3 puntos porcentuales a favor de la Unidad Nacional. En el resto de municipios, Santos ganó con comodidad.

Puede decirse (en el lenguaje simplista de campaña electoral) que el Cauca votó mayoritariamente  por  la  paz,  y  de ese hecho se puede interpretar un clamor expresado por la vía que toca en una democracia: la de las urnas. Casi un referendo a favor del proceso con las FARC, un mensaje en clave de votos que llama a frenar la guerra. Pero no es así de simple.

Que Zuluaga, o Uribe en cuerpo ajeno, llegue de puntero a la segunda vuelta presidencial, genera esa mezcla de desconcierto, desazón y angustia que se llama miedo. Un miedo que se siente como si fuera un latido profundo desde el corazón de Colombia, miedo al cierre latente de las fronteras con los vecinos, a los incesantes seguimientos ilegales, a los negocios para los “buenos muchachos”, al freno a las reivindicaciones de derechos y libertades, miedo a la justificación cotidiana de la muerte. Muchas personas  sentimos  ese  miedo al escuchar el resultado de la primera vuelta, y no se nos quitará hasta el 15 de junio por la noche.

Pero bienaventurados sean los que sienten miedo, porque sólo ellos podrán enfrentar el peligro. Si en la primera vuelta muchas personas votamos por  opciones  distintas  a  los dos candidatos ganadores, para esta segunda vuelta tenemos en la mano el arma más poderosa, la única eficaz para vencer al miedo, la cédula que se convierte en voto.

Se parece más a la democracia un gobierno que escucha, discute o negocia (bien o mal) los reclamos de la gente, que un régimen en el que el debate es subversivo y la manifestación, terrorista. Ahí donde la extrema derecha ve caos a reprimir, la democracia ve indignados tomándose las calles, campesinos exigiendo condiciones de supervivencia, estudiantes de la MANE discutiendo reformas a la educación, oenegés frenando reformas nefastas a la justicia.

Ahí donde Uribe y sus seguidores ven comunismo ateo, el Estado la icove llamados a la igualdad, a la equidad, a la inclusión de las diferencias; donde ellos ven castro chavismo,  muchas  personas  vemos la más seria negociación que se ha hecho con la guerrilla más antigua del continente, con una agenda acordada ya en un 60%. Las  declaraciones  altisonantes y contradictorias de Zuluaga esta semana sobre lo que hará con la negociación de La Habana, parecen indicar que se vienen un par de semanas de bombardeo mediático de un candidato que cree convencer a alguien de que él encarna la verdadera paz, por cuenta de la inicial de su apellido. ¿Nos creerán tan bobos?.

Para decidir por quién votar el 15, es crucial superar la encrucijada guerra-paz que nos imponen los globos de campaña, y preguntarnos si queremos el regreso al país de un gobierno al que la democracia le estorba, las instituciones le sobran y cree que a la gente se la judicializa, se la doma o se la mata. Si queremos volver atrás, o si ya despertamos del autori- tarismo y no es opción echar reversa.

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