¿Bienestar?

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ana maria ruiz bandaAna María Ruiz Perea

@anaruizpe

 

Trato de entender, juro que lo intento, cuál es la razón para que sectores religiosos y ultra conservadores se opongan a la adopción de niños y niñas por parejas o personas homosexuales. Y no lo logro. ¿Es acaso mejor que los niños abandonados crezcan en los hogares de paso, y que a cada día de vida se disminuyan sus posibilidades de ser adoptados por una “familia normal”?

 

Verónica y Ana son un par de paisas que se casaron, conformaron una familia y han tenido dos niños, actualmente de 6 y 4 años; y esta semana nos dieron una lección invaluable de valentía, tenacidad y fortaleza. Su lucha por la adopción de sus hijos, deseados y procreados en familia, se convirtió en una gran bandera para que la comunidad LGBT en el país de nuevo exija la igualdad.

 

Mientras daban una pelea legal de 4 años por la adopción de sus hijos, Verónica y Ana criaron juntas, se turnaron en las fiebres de los niños, estuvieron en la matrícula del jardín, se apoyaron en la alimentación, en la recreación, en la solidaridad de la vida familiar cotidiana. Nadie puede negar que ellas y sus hijos conforman una familia.

 

Una familia se origina por voluntad de las partes, y está donde habitan los afectos. No existe una única forma de familia, como ya ha dicho en varias ocasiones la Corte Constitucional al aclarar cuál es la figura que protege, aquella que se crea donde se forman los lazos del cariño. Además de la tradicional familia de papá, mamá e hijos, hay familias de dos abuelos y un nieto; tres hermanos solos; una tía un hijo y dos sobrinos; dos mujeres sin hijos, o con dos de ellos; dos hombres solos; y así…

 

Conozco a la familia, o parte de ella, en la que se han criado Ana María, que hoy estudia mercadeo, Andrea que estudia relaciones internacionales, Nicolás que es fotógrafo, Karen que es oceanógrafa, Leandro que estudia música, o Esteban, Nicolás, Alejandra y Tatiana que están en el colegio. Todos ellos fueron o son en este momento criados en familias conformadas por parejas homosexuales de las que reciben educación y amor a manos llenas. Habría que ver si se trata de una casualidad o una tendencia, pero en ninguno de estos hogares se han presentado abandono, abuso, ni violencia, como ocurre a diario en tantas “familias normales y heterosexuales” de esas que, desde el moralismo, se pregonan como las únicas válidas.

 

“Por el bienestar de los niños” vociferan los autodenominados voceros de la moral que luchan por arrebatarle a los niños la posibilidad de ser amados por padres o madres homosexuales. En nombre de este tal “bienestar” esta semana se conoció el caso de una madre que, gracias a una tutela, logró recuperar la custodia de su hijo de 5 años que le había sido arrebatada ¡hace un año! por el ICBF, porque ella es lesbiana y convive con su pareja. ¿Cómo puede hablarse de bienestar de un niño arrebatándoselo a su madre? ¿qué le importan al ICBF, a los jueces, a los vecinos o los abuelos si a esa mujer le gusta tener sexo con hombre o mujer, si le place arriba o abajo, si le gusta hacerlo desnuda o en piyama? ¿En qué afecta eso el amor de una madre por su hijo o la necesidad de la criatura de contar con su mamá?

 

Tanto la adopción para parejas gay, como el respeto a la opción sexual de una madre, son debates de la sociedad moderna colombiana, que debe arañar los derechos esquivando ataques que no cesan de saltar desde las cavernas.

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