Boicot

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ana maria ruizPor: Ana María Ruiz Perea

Twitter: @anaruizpe

La franja de Gaza es un pequeño territorio de 360 kilómetros cuadrados (para hacernos a una idea, Popayán tiene 512 kilómetros cuadrados), con un millón y medio de habitantes confinados, cercados y ahora, bombardeados sin clemencia durante las últimas tres semanas de escalada bélica. Cuando escribo esta columna, datos oficiales dan cuenta de 820 palestinos muertos, al menos 120 de ellos niños. Una masacre que ocurre frente a los ojos impávidos de los poderosos del mundo y que retuerce el alma a millones de inermes que sentimos cómo esa barbarie degrada la condición humana.

Por estos días en las calles y en las redes sociales, miles de personas se manifiestan para clamar por el cese a la masacre, piden firmas, sacan pancartas, comparten imágenes desgarradoras de la muerte en Gaza. Esto nada tiene que ver con hostilidad frente al pueblo judío, ni con antisionismo. Que no nos vengan otra vez a decir, como desde hace más de 60 años, que asumir posturas críticas frente a Israel es odiar al pueblo judío y apoyar a Hamas. Lo que sucede es que el argumento de la legítima defensa, que ha amparado desde su creación la expansión del territorio israelí, no cabe en la cabeza frente a semejante asimetría.

Esta semana hubo una manifestación gigantesca de 150 mil judíos neoyorquinos, que protestaron para que su pueblo cese el bombardeo. ¿Qué diferencia a un judío de Brooklin con un israelí en Tel Aviv? Si no es su Dios, ni es su raza, ¿por qué unos claman a la distancia que cese la guerra, mientras otros en la colina Sderot se van de parche a ver caer cohetes encima de los palestinos, como quien se divierte jugando risk con el pellejo ajeno?

Podemos salir a las calles de cada ciudad de Colombia o del mundo a protestar, que eso en nada va a afectar el curso de los misiles. Tengo la certeza de que la única manera de decirle al régimen de Israel que lo que hace es inaceptable, es vetándolo. Pero no el veto al pueblo de Israel, con lo cual no se haría nada diferente a lo que sus gobiernos hacen, vetar al pueblo palestino, vetar el mundo árabe que lo rodea. No. Se trata de vetar al gobierno de Israel, y hacerle saber que el mundo no está dispuesto a soportar más su postura de matón de barrio en ese rincón del mundo que los aloja.

Boicot comercial. Boicot intelectual, como el que hace Stephen Hawking entre otros científicos y académicos del mundo. Boicot cultural como el que han declarado artistas como Roger Waters o Elvis Costello que han excluido a ese país de sus giras. Incluso boicot institucional como el que hace Suráfrica, que no permite a sus ministros visitar Israel.

Justamente hablando de Suráfrica, ¿no fue acaso el boicot del mundo al gobierno surafricano lo que forzó a acabar con el ignominioso régimen del apartheid, que se justificó por décadas como un asunto de seguridad nacional?

La lógica del boicot, por supuesto, afecta a civiles posiblemente sensatos, que quieren escuchar un concierto, aprender de un maestro o vender maquinaria pesada. Puede afectar a los seguidores israelíes de Cristiano Ronaldo, quien este año al finalizar el partido Portugal – Israel en las eliminatorias del mundial, se negó a intercambiar su camiseta diciendo “me niego a portar la bandera de un estado asesino”. Duro, si. Pero si los propios habitantes de esa nación no asumen por la evidencia humanitaria que las medidas de guerra de su gobierno son inaceptables, lo tendrán que aceptar al sentirse cercados y aislados del acontecer del mundo.

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