Boquitas pintadas

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Ana María Ruiz P.

@anaruizpe

ana maria ruiz bandaEn el imaginario masculino tradicional, persiste la idea de que las mujeres nos adornamos para seducir, como si a diario quisiéramos cometer provocación. Mentira. Delinear con precisión una sombra en el ojo, o rellenar los labios con brillo y color, es un acto cotidiano que algunas mujeres hacemos frente al espejo básicamente por que nos gusta lo que el reflejo nos ofrece; ese color en el rostro es, de alguna manera, una afirmación.

En algún entresijo de la historia se perdió para la cultura occidental la costumbre del maquillaje en los hombres. Para halagar a los dioses o llenarse de fuerza en la cacería o en la guerra, la pintura corporal fue un símbolo de status masculino. Pero hoy a muchos machos la idea de maquillarse les produce franca repulsión.

Esta semana la actriz Alejandra Borrero llevó la campaña “Ni con el pétalo de una rosa” a la plenaria del Senado y, labial rojo en mano, invitó a los parlamentarios a romper con esa repulsión, dejándose pintar los labios.

Casi todos siguieron el juego de Alejandra, por las razones que fuera. El temor al ridículo fue superado y uno a uno se dejaron poner los labios rojos, como representación del compromiso, que ojalá se materializara al menos en la ley, de penalizar el feminicidio y endurecer las penas por ataques con ácido. Hasta Gerlein, homofóbico declarado y sectario irredento contra los derechos sexuales, se dejó poner color en los labios. Todos menos el del ubérrimo, el mismo que se ufana de no haber usado jamás un blue jean ni haber vuelto a cine desde que era niño. Hay gente así, cómo no, a la que el pánico a sí mismo les impide abrir la mente. Lo grave no es que así sean, sino que la gente los vote. Que las mujeres los voten.

Para meter el voto en la urna, como para elegir el compañero de vida –o de parte de ella, las mujeres tendríamos que aprender a mirar más allá del slogan y percibir qué tanto carga el elegido de la violencia que en nuestra contra se campea cotidiana, sutil, culturalmente aceptada.

Desde los piropos obscenos hasta el menor salario, desde el chantaje económico hasta ser el saco de boxeo del marido o del amante. Si usamos minifalda, somos putas; si nos violan, quién nos manda. En el campo y en la ciudad el acecho es igual; y en medio de la guerra, peor.

El martes pasado, un grupo de mujeres del Norte del Cauca llegó hasta el Ministerio del Interior para exigir una solución al gravísimo problema de la minería ilegal en sus territorios, donde la minería artesanal ha sido su oficio desde la colonia. Exigen que salgan las retros de los mineros ilegales, que se deroguen los títulos otorgados sin que se realizaran consultas previas y que se les brinde protección por, entre otros hechos, la violencia sexual a la que están expuestas por los campamentos de mineros ilegales.

La protesta en Bogotá de estas valientes mujeres de Suárez, para exigir respeto por su cuerpo, por su tradición y por su tierra, es una evidencia más de la dimensión de la tarea pendiente para eliminar todas las formas de violencia contra las mujeres, como nos lo recuerdan cada año el 25 de noviembre.

Una gran parte de la violencia cometida contra mujeres tiene una razón o una motivación de género, perceptible acaso por la víctima, e invisible por completo para las autoridades y la justicia. Falta pintar mucha boca de rojo, para que se revierta la dinámica de vulnerabilidad que nos toca aguantar a las mujeres, por el sólo hecho de serlo.

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