Café, sociedad y sostenibilidad

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Por: Álvaro Guzmán Barney

Director del Centro Interdisciplinario de Estudios de la Región Pacífico Colombiana, CIER

Universidad Autónoma de Occidente

Como país, atravesamos por una coyuntura que combina esperanza y pesimismo. Es mucho lo que se ha avanzado en la implementación del Acuerdo de Paz, por ejemplo, con la entrega de armas a las Naciones Unidas. Este es un hecho indudable para tener esperanza en un país sin violencia política, más incluyente y con mayor bienestar. Pero al mismo tiempo produce desgano y pesimismo saber que la corrupción está incrustada en las más altas esferas de la sociedad y del Estado. En este contexto de sentimientos paradójicos, parece pertinente tener en cuenta el Congreso Nacional Cafetero que acaba de realizarse para resaltar el papel de la economía cafetera en la construcción de la Nación colombiana y en la consolidación de un país más próspero. Por un momento, es oportuno dejar la esquizofrenia que producen los eventos puramente coyunturales para pensar en trayectorias históricas que han sido positivas para el país.

Por más de un siglo, en Colombia prosperó el cultivo del café. Desde un inicio, lo agenciaron, tanto “empresarios agrícolas”, nacionales y extranjeros, como “campesinos parceleros”, empujados ambos por un proceso de colonización en las cordilleras andinas. Las grandes haciendas cafeteras se radicaron prioritariamente en ciertos municipios y departamentos, como Caldas y Cundinamarca, mientras que la colonización campesina prosperó en otras, como los Santanderes, el Quindío y zonas de Antioquia. Ambas formas de economía capitalista convivieron, la de la gran propiedad vinculada con formas más elitistas y autoritarias de sociedad y aquella de la pequeña propiedad con formas más democráticas. Es cierto que el conflicto y la violencia estuvieron presentes, especialmente a mediados del siglo XX en las zonas cafeteras en donde la prosperidad económica fue ostensible. En la segunda mitad del siglo XX, además de prosperidad económica, se puede afirmar que hubo mayor bienestar social relativo en estas zonas. Se puede sostener que las zonas cafeteras más campesinas, como el Quindío, ganaron en inclusión y democracia, de manera comparativa con otras regiones del país. La contribución de la economía cafetera a la formación de la nación colombiana es inestimable. La pregunta que se mantiene es: ¿cuál fue el papel del Estado y de manera más particular cual fue el papel de la organización gremial de los cafeteros, grandes, medianos y pequeños en una Federación de Cafeteros. Esta agremiación reemplazó en buena medida al Estado, con mayor legitimidad, fijando precios que hicieron posible el comercio internacional del grano, prestando servicios a los productores y manejando una flota mercante.

Muchas cosas han pasado desde la “época de oro” de la Federación de Cafeteros que comenzó a desmontarse con la terminación del “Pacto del  Café” y la liberación del mercado internacional que bajó los precios a los productores y aumentó las ganancias de las comercializadoras internacionales. El ámbito de acción de la Federación se acotó y se precisó el papel que le corresponde al Estado y a sus subsidios. La economía cafetera hoy sigue siendo importante y lo será más. Todo indica que la demanda del producto va en una tendencia de aumento sostenido y la pregunta que la Federación se ha hecho y que una vez más es relevante para la nación, es cómo hacer esta actividad posible en el mundo globalizado de hoy, de manera sostenible. Es muy sigbnificativo que el Congreso de los cafeteros colombianos haya invitado a delegados de más de 40 países, productores y consumidores y que dos de sus conferencistas sean el expresidente Bill Clinton y el profesor de la Universidad de Columbia, experto en el tema de Cambio Climático, Jeffrey Sachs.

Lo que debe sostenerse y mejorarse es una forma de economía que sea  más incluyente de pequeños, medianos y grandes productores. Se presentan enormes retos técnicos para los cultivos y de comercialización que deberían tener como garantía un “precio justo”, de acuerdo con los precios que están dispuestos a pagar los consumidores. Buena parte de la utilidad no puede quedarse en los tostadores y la comercialización. Pero es necesario combinar la sostenibilidad económica con la ambiental y con los retos del cambio climático. La inestabilidad en la producción en los diferentes países está determinada por los cambios de clima y sus efectos en las cosechas. Hay que encarar los retos del cambio climático hoy, asunto que ciertamente no es un problema solo de los cafeteros. Pero ellos pueden ser ejemplo de una agricultura sostenible que debería expandirse en Colombia. El profesor Sachs insiste en la que la sostenibilidad es también política y de “gobernanza”. De allí la importancia de precisar los roles del Estado y de la Federación en una meta que se puede sintetizar en la “sosteniblidad social”, es decir, del conjunto de la sociedad. Los cafeteros, en esta oportunidad, contribuyen a fijar un norte deseable para la nación, en medio de un país atribulado.

 

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