“Cali no es sólo salsa”

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Luz Adriana BetancourtPor Luz Adriana Betancourth

Esto repiten muchas personas que se sienten molestas porque consideran que oficial y popularmente se le da más importancia a este género musical que a otras expresiones culturales de la ciudad.

En la vida real nada más equivocado.  Además del Festival Mundial de Salsa que acaba de terminar y de la Feria de Cali con el festival de orquestas y  el Salsódromo, el resto del año la salsa se defiende casi sola, mientras la música clásica tiene un proceso continuo de más de 70 años en Cali con el conservatorio Antonio María Valencia, con el departamento de música de la Universidad del Valle y con la Orquesta Filarmónica de Cali.

Algo parecido ocurre con el ballet clásico, si tenemos en cuenta que hace 63 años se creó la escuela de danza de Bellas Artes y luego Incolballet, lo que ha logrado mantener un alto nivel de formación de miles de bailarines profesionales que hoy se despliegan por el mundo y llevan en alto el nombre de Cali.

El gran nivel de docentes y directores que han formado a los músicos y bailarines clásicos en Cali, y la inversión del Estado para sostener estas escuelas durante más de 60 años continuos en cada caso, son evidencia de que oficialmente la formación profesional en las llamadas “bellas artes” tiene más importancia para los gobiernos que la formación de los bailarines y orquestas de salsa, tal vez por tratarse de expresiones aparentemente muy comerciales o porque sus artistas no han buscado la formación que pula su talento.  Esto no pretende desconocer que los presupuestos asignados son insuficientes y que si no fuera por el tesón de Gloria Castro, por un lado, de Proartes, por otro, y por la gestión de algunos rectores de Bellas Artes, estas escuelas y la Orquesta Filarmónica no estarían vigentes con los excelentes resultados de sus alumnos en Colombia y el mundo entero.

En Cali, la salsa no ha tenido universidad y ni siquiera instituto. Muchos músicos que integran las mejores orquestas han estudiado música como carrera profesional y eso se nota. Pero la mayoría de bailarines lo hacen empíricamente, enseñan pasos y acrobacias de un bailarín a otro, sin que haya una educación integral que los prepare para tomarse el mundo.  El Mulato, con más de 30 años de aprendizaje en la calle, en la pista, en las artes escénicas y en congresos internacionales de salsa, es hoy en día ejemplo de creatividad y de emprendimiento. Pero es uno en medio de cinco mil bailarines. Otros “le siguen el paso” y hacen lo suyo con estrategias algo diferentes, pero aún sin llegar a los niveles que todos en Cali quisiéramos. No hablo de la calidad de baile, porque “tenemos con qué”. Hablo del nivel de organización que los lleve a ser algo más que “bailarín” y dar el paso a ser “artista” y tal vez empresario cultural.

Eso se aprende con años de dedicación, con profesores de gran nivel, con investigación y combinando varias fuentes de conocimiento. Se debe saber de artes escénicas, de música, de escritura y creación de obras, habilidades psicomotrices, historia de la danza, estética, comunicación, planimetría y tantas otras materias que deben hacer parte de la formación de un bailarín.

Si bailar salsa se queda en el nivel empírico en Cali, se verá amenazada por otros géneros musicales que igualmente sobresalen por la fuerza de la dinámica comercial: reggaetón y bachata pululan en escenarios, fiestas, casas, emisoras, y hasta en oficinas. Si los bailarines de salsa no demuestran que son más que baile rápido y acrobacias arriesgadas, el público puede cansarse de ciertos elementos repetitivos en una coreografía y otra. Para que Cali sea la capital mundial, o por lo menos nacional, de la salsa debe integrar elementos cada vez más técnicos y creativos que solo pueden dar la disciplina, la investigación y la formación integral.

Cali no es solo salsa y nadie quiere que así sea, pero en lugar de centrarnos en una discusión bizantina, deberíamos notar que otros géneros con menos identidad caleña, como el reguetón, el despecho y el vallenato, ganan terreno en emisoras, fiestas, calles, y hasta en oficinas. Se llenan los conciertos de despecho y vallenato, mientras se cancelan conciertos de salsa. A pesar de que  la mezcla de licor con la música orientada al golpe, la puñalada, la traición, el abandono, el dolor y la venganza dejaron varios heridos este año en un concierto en la plaza de toros de Cali, el público masivo responde más a esas convocatorias. Y me tomo la atribución de decir que en los conciertos de salsa, “la clave de son”, la armonía, los timbales, el bongó y otras características, invitan más a bailar que a desangrarse el corazón.  Por lo tanto, deberían ser preferidos.

La salsa, vuelvo al tema central, no es la más protegida de Cali. Y sabemos bien que no es originaria de esta ciudad, como tampoco lo es la música clásica, pese a la tradición que ya mencionamos, ni el jazz (pero nos gusta el Festival Ajazzgo), ni la música romántica de los tríos (aunque nos guste este tipo de romanticismo).

Visto desde las entrañas de la administración pública, es cierto que el presupuesto estatal no daría abasto para financiar la totalidad de los procesos, pero las políticas públicas sí podrían orientarse a elevar el nivel de las expresiones culturales que nos identifican como la salsa, tomando como referencia uno de los aportes que nos trajo este año Gerard Salazar, jurado calificador del Festival Mundial de Salsa, quien  mencionó que en su país, primero es obligatorio estudiar a nivel profesional para ser coreógrafo, pues la responsabilidad de cada movimiento en el baile –más cuando hay acrobacias– requiere preparación académica y técnica. En segundo lugar, alterar las revoluciones de la música que se baila, afecta los derechos de autor porque modifica la composición original. Y tercero, todos los bailarines deben formarse para otras opciones laborales una vez su edad no les permita seguir viviendo de lentejuelas y pasos rápidos.

Nos queda mucho trabajo para proteger a cien escuelas de salsa en Cali, que en realidad deben llamarse fundaciones, porque les falta mucho para honrar el título de “escuela”. El primer paso es tener una oferta educativa como la tiene el Instituto Popular de cultura para las danzas folclóricas o Incoballet para la danza clásica y la contemporánea.  Lo segundo es la conciencia de los bailarines, coreógrafos y directores, de que además de ensayar, hay que estudiar y seguir estudiando toda la vida. Y tercero, se requieren empresarios o formación empresarial para que se creen compañías artísticas capaces de ofrecer espectáculos de calidad que ojalá integren toda la diversidad de talentos que tiene Cali, incluida la salsa.

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