¿Cali: un desierto cultural? (I)

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Por Jaír Villano

@VillanoJair

Que 38 años después del suicidio de Andrés Caicedo se siga hablando de la importancia de su literatura en la ciudad dice mucho: por un lado, que su obra no es tan mala como piensan algunos, y por otra parte, que Cali, como dijo Carlos Patiño, es un desierto cultural. (Ojo, no al cine, a nivel literario).

Umberto Valverde dice que él es un referente inevitable, y eso también resulta preocupante: de una parte, la vanidad excesiva (ay dios), y en otra dirección, que es cierto: al hablar de escritores caleños, de novela urbana, se hace necesario pasar por Bomba Camará, El Mar, Pablo Baal y los hombres invisibles y otras novelas que ignorábamos, pero que Óscar Perdomo Gamboa se permite referenciar.

A propósito de Valverde, arguye que hace poco fue jurado del premio Jorge Isaacs de cuento–el único medianamente serio en el departamento– y que le preocupó la ausencia de calidad estética. Lo cual lleva a la necesaria pregunta: ¿en Cali hay carencia de escritores o más bien de buenos escritores?

Con Juan David Patrón, Andrés Aristizábal y Daniel Sánchez nos pusimos la tarea de salir a hablar con gente que presumimos sabe del tema, todo en función de encontrar causas. Somos lectores de literatura y, como tal, nos entristece que nuestra ciudad parezca ser víctima de un rezago a nivel literario. Es que mientras en Medellín y Bogotá proliferan escritores (solo por decir algo, Romero Silva, Santiago Gamboa, Tomás González, Piedad Bonnet), en Cali… en Cali seguimos hablando de Caicedo. Evidentemente, no solo es Caicedo, solo por decir algo, Fabio Martínez, Harold Kremer, Julio César Londoño, Humberto Jarrín. Pero a diferencia de los literatos bogotanos y antioqueños, estos no gozan de la difusión masiva y el reconocimiento de las gentes. Otra vez la necesaria pregunta: ¿será falta de difusión o será que, a decir verdad, no hay buenas plumas?

Pontificar qué es bueno y qué no, es tarea de los guardianes de cementerios, de los que hablaba Sartre, o de los que no pueden hacer arte, como prefería Flaubert: los críticos. Pero como sostiene Jarrín: la crítica en Colombia no existe. Arcadia hace esfuerzos, el Malpensante también, Harold Alvarado Tenorio dispara cuando puede, pero critica seria –entendiendo por esta un análisis de la anatomía literaria de una obra con todo y sus particularidades – no, no, no hay. Y si la hay no es masiva. Y si no es masiva –así nos duela– no existe.

Hablando del relativo éxito de escritores de otras ciudades Jarrín se atrevió a decir que lo que sucede es que en esas ciudades el libro se contempla en tanto objeto comercial, por eso se hacen premios cuyos ganadores se conocen con antelación, y más que critica lo que hay son encomios disfrazados de reflexivas glosas. El yo te elogio tú me elogias, para que vean que no solo es de la altas Cortes.

Lo otro son las editoriales. ¿Cuáles? Cabría preguntarse. En Feriva, la empresa que diseña e imprime libros en Cali, nos dijeron que quisieron incursionar como editorial, pero el resultado no fue bueno. Tuvieron, por consiguiente, que seguir siendo la empresa que imprime y diseña los libros a autores que solo los conocen en casa.

No hay demanda de libros. No hay lectores. No es cierto, los hay pero colindan en espacios muy reducidos.

¿A qué obedece eso? Fabio Martínez asevera –con entendible visceralidad– que una de las razones es la falta de incentivación a la lectura por parte de los organismos culturales, añade que el presupuesto de la Secretaría de Cultura para la literatura es ínfimo en comparación con el presupuesto de otras ciudades del país, cito: “aquí la Universidad del Valle programó durante varios años la Feria del libro, solamente con el apoyo financiero de la Universidad y eso en un momento dado se cayó. Y Se cayó porque a la Secretaría de cultura y las diferentes administraciones parece que nos les interesara el mundo del libro“.

Hasta ahora todos los entrevistados coinciden en que hay literatura, mas no espacios para difundir la misma. Valverde le llama la atención a la academia, ¿qué están haciendo? Se pregunta. Patiño dice que nunca antes en Cali había habido tanto taller de poesía en la ciudad, “Lo que yo me pregunto es dónde está la poesía que corresponde a tantos poetas. ¿Dónde está?, ¿por qué no se publica?, ¿por qué no circula? ¿Dónde están los novelistas vallecaucanos? ¿Dónde están? ¿Qué están escribiendo?, ¿cuáles son los asuntos que los ocupan?”.

Quedan varias cosas por fuera. Pero esta semana estaremos en la Secretaría de Cultura, de suerte que, por lo pronto, dejemos hasta aquí.

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