¿Cali: un desierto cultural? (II)

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 Por Jaír Villano

@VillanoJair

El jueves 23 de abril el circunspecto Horacio Benavidez estuvo hablando de los versos del poeta Omar Ortíz. En un discurso que muchos estimaron confuso, lo más efusivo fueron las palabras con las que terminó sus apreciaciones sobre el libro “Diario de los seres anónimos” (de Omar); “¡qué envidia!”, exclamó Horacio, y uno que ha leído sus versos piensa en que debe ser muy gratificante que una pluma de esas tenga ese tipo de consideraciones. En ese mismo recinto –casi lo olvido, auditorio Jorge Isaacs de la Biblioteca Departamental– el escritor Fabio Martínez habló de su estudio “Los viajes de la música”, un ensayo para escuchar y desmantelar mitos que hay en torno a los orígenes de algunos géneros musicales. Ya habrá tiempo de hablar de la influencia africana en la música, por lo pronto, me resulta conveniente sacar a colación un comentario que hizo Fabio en relación a los libros, en un mal parafraseo: “los libros son como hijos, al principio hay que cuidarlos, luego ellos se empujan solos”.

Dijo eso Fabio y me acordé que tácitamente el periodista de la Alcaldía Municipal, Ismael Nieto, concluye que si bien es verdad el presupuesto que le asigna la Alcaldía a la literatura es bajo, también lo es que hay una falta de compromiso por parte de los actores que reclaman mayores recursos. “AI Plan Decenal de cultura fue muy poca gente, y es en esos espacios donde esas inconformidades que usted tiene se pueden expresar”, regañó Ismael. Es cierto: hace falta mayor congruencia con lo que se demanda. Pero esa ausencia no exime lo que dijimos hace una semana: el presupuesto para la literatura en Cali es vergonzante si se equipara con el que se asigna en ciudades como Bogotá y Medellín. (Ismael lo reconoce).

Diana Luz Correa, promotora de lectura en espacios no convencionales de la Secretaría de cultura, sostiene que la diferencia es que en esas ciudades la lectura es una política pública, “acá se han venido haciendo esfuerzos pero por diferentes razones se caen”. Pero ¿por qué se caen? Diana Luz quería ser cauta pero se le fue: “se necesita contar con más voluntades políticas. Nosotros aquí hacemos esfuerzos, pero ¿quiénes avalan las políticas públicas de lectura? ¿Quiénes están allí?”. Ah bueno, eso es otra cosa.

Correa dice que si nos ponemos a mirar los planes de gobierno de los candidatos a la alcaldía estos no contemplan la cultura como un sector importante. No me consta, pero le creo. Hasta ahora he escuchado propuestas de seguridad y economía, aun cuando es claro que la industria cultural es la mejor manera de robarle miembros a las pandillas. (Las escuelas de salsa, verbigracia).

Hace falta, entonces, mayor congruencia con los que demandan mejorías en la cultural del libro, hay que asistir a los eventos que convoca la Secretaría y ahí expresar las quejas que se tiene frente a la oferta cultural que ofrece esta ciudad. Pero también, es menester un compromiso por parte de las personas que tienen la potestad para cambiar las directrices de Cali.

Nieto dice que hay que crear espacios de sensibilización, de incentivación al libro. (¡Urgente se necesitan escritores!). Cali cuenta con la red de bibliotecas más grande del país (61 de estas en corregimientos y comunas) y muchos de sus plumas siguen con el reconocimiento de mamá.

Hay que hacer looby, hay que moverse, pero también hay que valorar el trabajo del hacedor, Roberto Caro, director del Bando Creativo, la agencia de publicidad que diseña libros, añade esta joya: “Infortunadamente le pedimos todo al autor. El autor es el creativo, el de la imaginación, el que escribe, el que suda para parir dos renglones”.

Es que Roberto sabe que escribir toma tiempo, por eso valora el ejercicio.

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