Camperolandia

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leo quinteroPor Leo Quintero

Periodista de Caracol Radio

Más parecería un aviso o promoción de una compraventa de cuatro por cuatro, que cualquiera otra cosa.


Pero es que Cali se convirtió en la ciudad de los camperos y la informalidad en el transporte en los lugares hasta donde el MIO aún no aterriza y por lo cual los usuarios deben moverse a física caminata o buscando la colaboración de los piratas, que ya se han extendido por los cuatro costados de la ciudad.

Pero donde termina la ciudad llega la loma y ese es terreno para los camperos, que se adueñaron de varias comunas de Cali. Sitios en los cuales, según los voceros de la única empresa legalizada merced de un permiso del gobierno de Cali, solo pueden operar camperos reformados, actualizados y reformulados con la mecánica nacional. Les adaptan los sistemas de suspensión, chasis, y para ello estiran a viejas carcachas, Carpatty, Willyx, Nissan y otros tiestos, hasta convertirlos en carros que tiene motor Nissan, caja Chevrolet, chasis made in Comuna 18, frenos de camión… y luego ¡échese la bendición! si se trata de un usuario que no está acostumbrado a las lomas empinadas de las comunas 1,2,18 y 20 de sur, oeste y parte del norte de Cali.


Los camperos, que hoy en día ascienden esas laderas para buscar pasajeros, se adentraron en el resto de la ciudad. Hay recorridos por plena calle quinta, la avenida Rooselvelt, el norte de Cali, la loma de San Antonio, Bellavista… y otros puntos que el Tránsito de Cali hace rato debe conocer y estar estudiando, porque tampoco hay nadie en Cali que le diga a la comunidad con certeza cuántos son los camperos, cuál es su estado, cuántos pasajeros se movilizan a diario en ellos, pese a que todos en la loma saben que son muchos y que van uno encima del otro cuando es hora pico y más cuando está el operativo del Transito montado en los tradicionales lugares, que ellos conocen más que nadie.

Afirman los que saben que convertir una cancana, una chatarra en una hermosa guala apta para circular por las lomas de las laderas de Cali vale entre 25 y 30 millones de pesos, y que cada una de ellas produce de 35 mil pesos en adelante, según el propietario. Pero también conocen que hay dueños de tres y hasta de diez gualas, como ocurre con las del sur de Cali, en donde hay patrones que se ha metido en el negocio tras salir de las rutas urbanas de Cali.

Mejor dicho, chatarrizaron sus busetas y compraron gualas, porque saben de la rentabilidad del negocio.

Ellos piensan en el negocio, en lo productivo que es, no en el usuario, en quien debe y trata de movilizarse en estos «último modelo» para llegar a cualquier otro rincón de Cali. No hay nadie que determine las condiciones del vehículo o al menos quien supervise que los pasajeros no deban ir montados sobre los cilindros de gas, cómo están empotradas las sillas de los camperos, gualas, porque en su gran mayoría se movilizan con gas natural comprimido.

Pero es que además, la estructura de estos camperos fue hecha como un carro de trabajo –campero viene de campo– no de pasajeros, pero hasta ahora quienes los abordan deben padecer las consecuencias porque no ha habido alguien que haya levantado la mano y afirmado que el municipio promoverá otra clase de equipos para llevarlos, al menos en mejores condiciones que las actuales.

Hasta la fecha y a pesar de los anuncios, no hay nada definido sobre la integración de los camperos, gualas, al Sistema de Transporte Masivo, a no ser que consigan un socio inversionista que tenga el músculo financiero y sea capaz de comprar estos carros y reemplazarlos por vehículos con mejores condiciones técnicas e incorporar a quienes actualmente tienen la experiencia y han hecho rutas a pulso, aun atravesándosele al secretario de Transito de turno.

Las gualas, este campero rústico, un vehículo transformado por mecánicos de las comunas 18 y 20, del suroriente de Cali, seguirá imperando en la ciudad mientras no haya nada diferente. Antaño colonizaron Terrón Colorado, después pasaron a Siloé, Lleras, la Calle del Muerto y ahora se extienden como solución al transporte en otras comunas de ladera, hasta donde el MIO no ha llegado y, por lo visto, se demorará mucho tiempo en hacerlo, si es que hay voluntad política para que las «iguanitas y los padrones» puedan llegar hasta este pasajero que hoy en día sigue ‘patoniando’ o abordando un transporte informal.

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