Carlos Gaviria Díaz

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Ana María Ruiz Perea

@anaruizpe

 “Una baja más en las menguadas filas de la dignidad política”. Juan Manuela Roca

 Mucho se ha dicho de él desde el martes 31 de marzo cuando emprendió su viaje sin retorno, y mucho se seguirá diciendo porque su vida fue un pozo profundo para quien quiera acercarse a la historia del pensamiento en Colombia. Desde la filosofía y las leyes, las ideas políticas, la historia y las garantías constitucionales, Carlos Gaviria Díaz deja un legado amplio como pocos, lleno de honestidad intelectual, coherencia política y claridad que afianzará, con el tiempo, la certeza de que Colombia tuvo entre los suyos a un gran maestro.

 En las aulas de la universidad pública llevó a miles de estudiantes por las preguntas sobre los fundamentos de la justicia; y para bien de todos, pudo trascender el espacio académico para dejar en fallos, en ponencias y en discursos buena parte de las ideas que es necesario conocer para sacudir las polillas mentales y las taras culturales que todavía nos agobian.

 En los días oscuros de los ochenta, Carlos Gaviria Díaz se asiló en Argentina. Después del asesinato de su amigo el médico Héctor Abad Gómez, y de enterrar a otros tantos amigos más, resultaba evidente que la orden a los sicarios era acabar con una generación formada en múltiples disciplinas para pensar la respuesta a una pregunta básica, cómo se rompe con la iniquidad en el país.

 Los cambios del 91 convirtieron al profesor exiliado de la Universidad de Antioquia en magistrado de la Corte Constitucional, en los tiempos en que solo las mentes más brillantes del derecho alcanzaban el honor y la responsabilidad de fallar la constitucionalidad de las leyes y de las actuaciones del Estado. Tiempos en los que confiábamos en el carácter de país que los magistrados de la más alta Corte nos delineaban.

 Carlos Gaviria Díaz defendió sin tregua la dignidad de los pueblos indígenas, la libertad de expresión, el derecho a la autonomía de las personas para decidir sobre su propia vida, para reproducirse, para morir, para casarse. Lo que no falló durante el tiempo en la Corte, nos lo contó cuando acabó su magistratura y la política le abrió las puertas.

 Después de una campaña muy corta al Senado, resultó premiado con una curul y el reconocimiento amplio de su liderazgo político, desde donde avanzó en el sueño de un partido de unidad de la izquierda. Opositor absoluto de la violencia armada, hizo lo que en sus manos tuvo para que en Colombia se reconozca la legitimidad de pensar con el corazón en la izquierda, sin el estigma de pertenecer o auspiciar a la guerrilla, una lápida que aun pende sobre las cabezas de tantos muertos.

 Era cascarrabias por naturaleza, y el único que mandaba sobre él era su tiempo. Lo descomponían los cambios de planes de último momento, las llamadas de la radio que despiertan cuando aun es madrugada, y el desorden en el manejo de sus horas. En campaña discutía hasta último momento por no poder quedarse al menos un domingo leyendo en su apartamento. Lo suyo con la lectura no era una necedad, era una necesidad.

 Recorrió el territorio de norte a sur y de oriente a occidente en las elecciones presidenciales del 2006. Seducía a las plazas colmadas de amarillo con una pequeña clase de filosofía política, que en su voz serena y aterciopelada de profesor curtido, reventaba aplausos llenos de emoción, de confianza y de esperanza. El suyo era un discurso político sin populismo, sin promesas, propiciador de preguntas más que respuestas. “Si llegamos al poder”, decía, “no es que vayan a correr ríos de leche y miel. Ahí apenas empieza la tarea”.

 Con un libro de poesía del Siglo de Oro en el bolsillo, y la dignidad que le daba el don de su palabra, enfrentó limpiamente a su alumno de Filosofía del Derecho, un Goliat que estrenaba la reelección. Más de 2 millones y medio de votos lo consolidaron como la figura política viva de más alta envergadura que había tenido la izquierda en Colombia.

 Carlos Gaviria Díaz no tenía miedos. Nada le entusiasmaba más que tener un contendor en debate, maestro en el diálogo y demócrata como era, practicaba el valor del argumento, y esperaba recibir lo mismo. Pero en la tozudez del quehacer político, más que las razones gobiernan las más bajas pasiones.

 En un partido con vocación de poder, y en un país sensato, Carlos Gaviria Díaz no tendría que haberse desgastado en peleas internas y habría tenido 4 años para construir la plataforma política y el programa de gobierno a presentar en las elecciones de 2010. Pero como presidente del Polo tuvo que vivir las mezquindades de muchos alacranes que hicieron del acto de demeritar de su grandeza, un discurso político permanente; saboteadores expertos que rompieron el sueño de unidad atacándolo a él; gente que cree que ser progresista incluye dividir, y querer reinar.

 Que hoy domingo de resurrección de las ideas de este hombre sabio, libertario, agnóstico, y de fundados pensamientos transgresores, sirva para recordar que en la memoria de Carlos Gaviria Díaz hay un pozo de conocimiento para quien quiera pensar en un mejor país.

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