Caza de libros en la FILBO

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Por Jaír Villano

@VillanoJair

Es lamentable que el éxito en asistencia que tuvo esta feria del libro de Bogotá se desmantele por el hurto de la impar edición de Cien años de soledad. En la Fiscalía dicen que de ser hallado el ladrón podría pagar entre cuatro y seis años de prisión. (¡Ay dios mío!: y yo que pensaba que por robar libros no metían a la cárcel…).

La feria estuvo atestada de gente. La romería en los pasillos y en los stands de las editoriales hacían pensar que este es un país en el que la gente lee, daba mucho entusiasmo ver a niños y jóvenes hurgando libros. La feria fue una fiesta en la que autores y lectores pudimos intercambiar ideas en torno a los escritos, estando en esta comprendí muchas cosas de la novela que tuve el placer de presentar el primero de mayo en la sala María Mercedes Carranza. (Tal parece que resulté más sartriano de lo que pensaba, ¡ay esta gente mamerta!).

Aprovecho este espacio para agradecer a Pablo Pardo, director de Caza de libros, por darme la oportunidad de hacer parte de su listado de escritores; entre estos se destacan autores consagrados como Fernando Soto Aparicio, Carlos Orlando Pardo, Jorge Eliécer Pardo (todos ellos hermanos), Jota Mario Arbeláez, Fabio Martínez, y –qué gusto decirlo– mi amigo Óscar Perdomo Gamboa, quien ha tenido un merecido reconocimiento del público por su novela De cómo perdió las vidas el gato (así haya gente que se resista a creerlo).

Pablo Pardo es un cazador de escritores que no han tenido la oportunidad de publicar en las grandes empresas editoriales; autores, dicho sea de paso, que no necesariamente carecen de virtudes estéticas; claro, una cosa es decir Hideputa y llevar el apellido Vallejo y otra muy distinta si lo dice un tal Porras, ¿Porras? A ese no lo conoce nadie.

Caza de libros le apuesta a la novela, la poesía, el cuento; a los grandes géneros literarios. Lo hace de una manera desafiante: publicando ediciones que las editoriales del establecimiento no osan hacer. Una editorial independiente que nació hace más de dos decenios en Ibagué y que ahora tiene sede en Bogotá, y muy pronto en Cali. Le dije a Pablo que el mercado editorial en esta ciudad está pulpito, que hay mucha pluma pero no empresas que le apuesten a publicar sus escritos. Creo que en otra columna conté que hace unos años Feriva incursionó como empresa editorial, pero que como resultó una apuesta en réditos comerciales estéril, siguió dedicándose a diseñar e imprimir libros, la misma labor que el Bando Creativo, en hora buena entonces Pablo.

Una paradoja. Caminando en la fiesta de libro –fiesta, porque se podía tomar cerveza– conocí a muchos escritores que han quedado bajo la estela de las estrellas del establishment, es curioso: ahora que llego a Cali me acabo de dar cuenta que aterricé con muchos libros, pero que solo leeré unos pocos. Es muy posible que dada la ausencia de tiempo sea los que compré: Proust, Borges, Auster, Grossman, Millás; los reconocidos. Al igual que Tomás González me gusta ir a la fija, y en mi opinión esa actitud desde un punto de vista estético no está mal: baste con leer a los clásicos. Pero desde la congruencia, y es que ahora también soy autor, debería abrirle espacio a otras vertientes literarias, a lo sumo así pensarán las grandes editoriales: en ir a la fija por el dinero, y en mi caso, por aprender de los maestros.

Por fortuna, hay gente como Pablo y su equipo de Caza de libros, aquellos que se toman la molestia de leer eso que, por prejuicios vacuos (me incluyo, claro), algunos rechazan. Pero Borges lo dijo mejor y hace rato: “Un tipógrafo que compone bien esta página que tal vez no le agrada”.

Gracias Pablo.

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