Centro comercial Uganda

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Por El Impopular
Twitter: @Nicolasrojas

Hasta la semana pasada yo me creí en el siglo XXI, pero la reciente tormenta de discriminación LGBTI me conmovió y, como muchos de ustedes, me tome esta noticia de dos sorbos ardientes.

Primero, ¿cómo es posible que se opriman los oprimidos? Como gran parte de las comunidades africanas, el pueblo ugandés es negro e históricamente explotado. Solo en 1961 Gran Bretaña les “hizo el favor” de concederle la autonomía como Estado-Nación. Es decir, apenas han cumplido 50 años de haberse liberado de siglos de malos tratos, explotación y humillación racial, por lo que uno pensaría que, dado su dolor histórico, en sus mentes nunca se les cruzaría hacerle lo mismo a alguien más. Pero todo lo contrario.

El Gobierno de Uganda recientemente promulgó una ley que castiga con la pena de muerte a todas aquellas personas que sean sorprendidas cometiendo o incitando actos o comportamientos homosexuales. La homosexualidad es considerada en ese país africano, así como en muchos otros lugares del mundo, como antinatural y pecaminosa, y lo peor, esta norma surge en parte porque Uganda es el décimo país del mundo con mayor presencia de VIH-SIDA. Consideran la medida como una solución. ¿Pero cómo se atreven a culpar a estas personas de este desastre? Como si los heterosexuales no pudiéramos ser fuente de transmisión.

Segundo, Uganda está lejos, y aunque me duele pensar en la realidad que deben vivir los LGBTI en ese país, no me aguanto lo que pasa en el mío. Resulta que la semana pasada se le ocurrió a unos señores de la seguridad de un centro comercial en Bogotá que un beso entre una pareja gay en el espacio público era algo indigno, antinatural y pecaminoso. Mejor dicho, ¡la personificación de la cultura medieval del procurador Ordóñez hecha guachimán!

Ahora bien, ¿quiénes son?, ¿de dónde vienen?, ¿desde cuándo existen? Me complace informales que exhaustivos estudios y profundos análisis de prestigiosas universidades han determinado, para desgracia del gobierno ugandés y de nuestro procurador general de la Nación, que los homosexuales son personas, son normales y, además, cuentan con un milenario historial como comunidad.

Entonces, ¿qué es lo que los hace tener esa condición tan incomprensible para esta gran parte de la humanidad? Mire, si en Colombia pensáramos como en Uganda, el presidente Barco habría tenido que matar a su propio hijo.

Pregúntese qué siente usted cuando conoce a una persona que tiene ideas políticas diferentes a las suyas, qué pasa cuando conoce a alguien que escucha un tipo de música distinta al suyo. El pueblo vallecaucano es un ejemplo para el mundo de que lo que cada quien quiera hacer con su vida privada, y más aún su vida sexual, es un asunto que no le compete a lo público. De pensar de manera retrograda, el Valle no se sentiría orgulloso de personajes abiertamente homosexuales como Gustavo Álvarez Gardeazábal, quien gobernó el departamento notablemente y es figura académica sobresaliente en el ámbito nacional; de escritores y hasta actores de televisión que no traeré a colación.

En Colombia la lucha LGTBI por adquirir ciertos derechos para parejas homosexuales ha tenido resultados positivos; por ejemplo, recordemos que no hace mucho se les dio la posibilidad de constituir sociedades de hecho con todos los beneficios que esto conlleva, entre ellos, tener la posibilidad de heredar una pensión de sobreviviente, acceder a servicios de salud, etc.

Por eso, si en Bogotá ya comenzaron con la ola discriminatoria, que se quede allá y que le cambien el nombre a ese lugar de compras: que en lugar de Avenida 72, le pongan Centro comercial Uganda, en honor a los más radicales. Pero aquí en Cali, gracias a Dios, tenemos un nivel de civismo mayor y nos complace mucho aceptar las diferencias y poder pasear por Chipichape o Unicentro, heterosexuales y homosexuales, como seres humanos normales con una vida privada que a nadie le importa.

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