Colección de Poemas

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Hoy dos poemas de Anabel Torres, quien  recibió el Premio Nacional de Poesía en 1974, organizado por la Universidad de Nariño, y el Premio Nacional de Poesía, 1980, organizado por la Universidad de Antioquia. Ha publicado dos o tres libros. El más reciente: La mujer del esquimal. Anabel Torres, antioqueña, vivió en Bogotá. Vivió alejada de los medios de prensa y sostiene que ella no es intelectual ni nada parecido.

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La Emboscada

Por Anabel Torres

 

Las heridas del amor,

Heridas gozosas que abren una ampolla en el paladar

O en la lengua,

heridas cubriendo el cuerpo

tumbado junto a la ventana

de una indolora lluvia de astillas…

aquellas otras heridas

del absurdo del amor,

aspas del amor planeando sobre el alma,

rebanando las manos

y las bocas,

ávidas de la vida.

 

Tropiezos de amor

Donde la lucha cesa

Y el amor se convierte en

la emboscada:

altas piedras de amor

donde el cuerpo quedó atado, amordazado

embestido,

sobrevolado de buitres

sediento.

 

Un Animal también oscuro

Por Anabel Torres

 

Cuando la noche es un largo vaho y estás sola,

oyendo cómo tropieza

contra cosas oscuras, árboles,

un animal, también oscuro;

cuando la bestia noche no te adormece

y reblujas

en el armario del ser

alguna hilacha de recuerdo o beso

con la cual cubrir el hueco en la ventana

y por la ventana

asoma su trompa por un instante contra los vidrios

aquel animal extraño

meciéndose sin cesar de lado a otro

como un oso huérfano

como si llevara en vilo tu corazón

y éste viviera sólo

hasta de ti.

 

Entonces

tu mano se aferra

a la correa de este trolley fantástico

todo noche, luciérnagas,

pavor cayendo de cabeza.

 

Y resulta

que la manija

te aquieta los vaivenes

y te adormece.

 

Y resulta

que la manija

es esta vida de adentro

que crece y crece.

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El poema de los regresos

Germán Andel Naranjo

 

Alguien piensa que no sé

de dónde surgen los regresos,

que no palpo los vastos silencios

y me opongo a mis viejas cicatrices.

 

Pero yo sé

que estoy cósmicamente solo

volviendo de un hermoso viaje

alrededor de un bosque sin árboles,

emergiendo como un fantasma

de ojos desgarrados

de un tiempo poblado de rumores confusos.

 

He vuelto

para sentir la tibieza

de estar en mi propia compañía

donde afirmo amaneceres

y deshago atardecientes melancolías.

 

Aún soy

lo que elaboran savias vitales

y alientan unas manos y unos ojos.

 

Sé de memoria viejos caminos

en cuyo tránsito

muchos hombres

han arruinado

sus pasos y sus días.

 

Siento sobre mi piel

desde azules distancias

la huella de un beso inolvidable.

Gozo ahora desbaratando mentiras

Y rescatando verdades sencillas.

 

Alguien no mira

al fondo de mis cenizas

y sigue teniendo ojos llenos de solidaria dulzura.

 

Alguien no oye mis palabras

y sigue oyendo el crepitar de su propia llama.

 

Alguien está volviendo para acompañarme

y regresando

para saberse fuerte en su periplo.

 

Vengo desnudo de mis hondos regresos.

Frente a la última ausencia

ya no tendré el temblor de los vencidos.

 

Alguien volverá a llamar desde una esquina de su vida;

no será necesario,

mi puerta sigue abierta.

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