Colombia cada vez se percibe más corrupta

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Floro Hermes G.
Por Floro Hermes G.

En mi columna habitual de EL PUEBLO del 26 de enero de este año pregunté ¿Por qué el “tsunami” de la corrupción en Colombia? En ella expliqué que la corrupción se comporta como un “impuesto a la inversión”, que desincentiva las inversiones nacionales y extranjeras.

El pasado martes 9 de julio supimos, a las 00:00 horas, que el 56 % de los mil y un colombianos encuestados en dieciséis ciudades diferentes por el décimo Barómetro Global de la Corrupción de Transparency International perciben que la corrupción se ha incrementado en los dos últimos años en nuestro país, lo cual demuestra el fracaso en la lucha del Estado contra la corrupción.

¿Cómo explicar este fracaso? La respuesta la dio a varios medios de comunicación la señora ex fiscal general de la nación, doctora Viviane Morales, el domingo 7 de julio: “Porque los delincuentes de cuello blanco cuentan con solidaridades en todos los estamentos del poder, sean políticas, judiciales, económicas o periodísticas”.

La respuesta de la connotada, respetable y honesta dirigente liberal es coherente con otros resultados del Barómetro Global de la Corrupción, que muestran a los partidos políticos colombianos y al Congreso de la República como los más corruptos, cada uno con una calificación pésima de 4.3 sobre 5.0 (1.0, máxima transparencia; 5.0, máxima corrupción); seguidos por los funcionarios públicos, con 4.0; y el sector judicial, con 3.8. Los negocios del sector privado y los medios de comunicación también son señalados como corruptos, ocupan el octavo lugar con una calificación de 3.1.

Asimismo, la manera como nos miran desde afuera confirma esta terrible percepción de los colombianos: según el World Economic Forum, para 2012, en Colombia “la corrupción es, sin duda, el factor que más dificulta la realización de negocios, [la cual]no es sólo pública, sino también privada, [y se caracteriza el país por ser el primero con mayor]desviación de recursos públicos, [con mayores]pagos irregulares o sobornos, [con mayor]favoritismo en las decisiones de los empleados [y con el peor]comportamiento ético de las compañías privadas. [De igual forma, es el tercero con mayor] despilfarro del gasto gubernamental [y el cuarto con menor]transparencia en políticas públicas”.

En conclusión, no somos un país moderno o liberal, porque para muchos colombianos no hace parte de su convencimiento ni de su accionar el acatar, respetar y obedecer las leyes sino que hace parte del imaginario colectivo la idea de “¿quién puede hacerme la vuelta?”, que permite sustituir las relaciones jurídicas y políticas por vínculos clientelares que anulan las capacidades porque privilegian la influencia, acallan las conciencias porque se privilegian al vividor y exaltan el aprovechamiento porque el valor es la ventaja.

El resultado: las gentes de bien creen que la política convierte candidatos en ladrones, y no se percatan que es el voto irresponsable es el que convierte a un ladrón en político.

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