Como iniciar a la juventud en la lectura

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20-21 brujasnetPor Nabor Vásquez Montero

Nuestros jóvenes adolescentes leen poco y mal. Varias son las causas. La primera es el desacierto en la elección de los libros. Los que aburren y cansan terminan haciendo odiar toda la clase de lectura. Pero, ¿qué hacer para leer más y mejor? He ahí el problema.

Las recientes campañas publicitarias en pro de la lectura con llamativos eslóganes :”Si quieres aventura, lánzate a la lectura”, “Vive leyendo!, “Vivir juntos, leer juntos”… -editados en las cuatro lenguas hispánicas- están sirviendo de estímulos más a las personas mayores que a los pequeños.

Y para hacer personas lectoras hay que empezar por la base, que son los niños. Y los niños deberían comenzar sus lecturas en el momento en que dominen el mecanismo lector, o sea, entre los seis y los siete años. El hábito por la lectura deberá comenzar en la escuela. ¿Quién si no más preparado para esa tarea que el profesor? A nadie se le oculta el hecho de que en muchos hogares todavía escasean o están ausentes libros para niños y para mayores. Pero, por otra parte, los actuales textos de Lengua incluyen páginas amenas para desarrollar en el niño la “comprensión lectora” conforme exigen las normas de orientación metodológica de las programaciones oficiales.

Pero también el hogar (luego volveremos a la Escuela) deberá contribuir, en la medida de lo posible, al fomento de la lectura. No se olvide que no hay verdadera información de niños y adolescentes sin una perfecta conjunción simbiótica entre hogar y colegio. Pero el problema está en la elección de libros adecuados para cada edad, y fácilmente se puede correr el riesgo de obligar a leer libros que aburren, cansan o contribuyen a que el incipiente lector termine por odiar a toda clase de lectura.

Los sistemas nefastos

Diego de Torres y Villarroel comenta así los primeros inicios de su aprendizaje: “A los cinco años me pusieron mis padres la cartilla en la mano, y con ella me clavaron en el corazón el miedo al maestro, el horror a la escuela, en susto continuado a los azotes –era a finales del siglo XVII- y las demás angustias que la buena crianza tiene establecidas contra los inocentes muchachos”. Y continúa: “Pagué con las nalgas el saber leer y con muchos sopapos y palmetas el saber escribir. Ni los halagos del maestro, ni las amenazas, ni los castigos, ni la costumbre de ir y volver a la escuela pudieron engendrar en mi espíritu la más leve afición a las letras y las panas”. Seguidamente escribe con bastante exageración: “Aseguro que habiendo sido mi nacimiento, mi crianza y toda la ocupación de m vida entre los libros, jamás tomé alguno en la mano deseoso de entretenimiento y la enseñanza que me podían comunicar sus hojas”. Y apuntilla con cierto descaro: “El miedo al ocio, la necesidad y la obediencia a mis padres me dieron en el estudio”. Pero a continuación recomienda un moderado contacto con los libros: “Los libros gordos, los magros, los chicos y los grandes son unas alhajas que me entretienen y sirven en el comercio de los hombres. El que los cree vive dichoso y entretenido; el que los trata mucho está muy cerca de ser loco; EL QUE NO LOS USA ES DEL TODO NECIO”.

Como en todas las facetas educativas, tiene el hogar una innegable importancia. Y en aquellos hogares en los que hay libros adecuados y un buen clima ambiental a favor de la lectura el número de niños lectores es más elevado.

El niño tiende a actuar por mimetismo, y lo que empieza realizando por este mecanismo termina haciéndolo como hábito.

El buen contagio

Pero volvamos a la lectura en la Escuela. Más allá de las páginas reducidas de los textos, seleccionados con desiguales aciertos, existen hoy abundantes variados libros infantiles y juveniles, muy bien escritos literariamente y con gran poder potenciador de la imaginación y la sensibilidad. Estas dos facultades son el eje propulsor que más empuja al niño hacia la lectura. Para iniciar al niño en la lectura y aficionarle a la misma hay que proporcionarle libros amenos y adecuados a su edad. Para ello es necesario disponer de una buena Biblioteca infantil y que todo el Centro Docente deberá poseer. Pero, además de la Biblioteca general, son muy aconsejables –yo diría que necesarias- las Bibliotecas y Aulas, que ya empiezan a funcionar en algunos Colegios, y que deberán comprender variadas obras de carácter narrativo, descriptivo, de aventuras, de ciencia ficción y también didácticas.

A los alumnos de cada aula se les puede estimular para que traigan de sus hogares aquellos libros que, una vez leídos, les hayan gustado más, y entre ellos se procederá a un intercambio o servicio de préstamo, con un control de fichas previo dirigido por el Profesor. Muchos niños se inician en la lectura “por contagio”, y su interés por el libro que ya ha leído algún compañero suyo, atrae mucho más su interés que cualquier otro que le recomienden sus padres o profesores. Evidentemente éstos serán siempre los controlados en la selección previa. Cada biblioteca de Aula deberá contar con su fichero propio y un registro de entradas y salidas con los correspondientes datos. A partir de aquí el niño se irá predisponiendo para una mayor formación que le llevará, poco a poco, a la lectura de libros más serios y trascendentales, tanto en su casa como en la Biblioteca General del Centro. De buenos lectores han nacido todos los grandes escritores. Y aunque el recién iniciado en la lectura no sea todavía capaz de abrigar sueños de futuras creaciones personales, podrá –además de ir moldeando su espíritu. Despertar a nuevos intereses e inquietudes con el consiguiente deleite espiritual, y ¿por qué no? Incitándose, en muchos, sus posibilidades creadoras, para llegar a ellos mismos a ser lectura, como soñaba Unamuno de sí mismo al escribir:

Leer, leer, leer, vivir la vida

Que otros soñaron.

Leer, leer, leer, el alma olvida las cosas

Que pasaron.                                              

Leer, leer, leer, ¿seré lectura mañana también yo?

¿Seré mi creador, mi criatura, seré lo que pasó?

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