¿Cómo será el nuevo gobierno de Donald Trump?

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Por: Luis Felipe Barrera Narvaez

Politólogo con estudios en filosofía política. Analista político. Caleño constructor y promotor de paz.

Twitter: @luisfebarrera

Por su personalidad, por la forma en que llegó al poder, por el staff que nombró y por la continuidad de su retórica, el populismo de campaña de Trump va a prolongarse en la fase de gobierno. No habrá moderación, quizás todo lo contrario, se agudizará su política ultraconservadora.

En el mundo político estadounidense es famosa la expresión “se hace política en verso, pero se gobierna en prosa”. Trump desvirtuó ese y casi todos los principios políticos más o menos establecidos. Él hizo campaña a punta de mentiras, insultos y gestos abiertamente intolerantes. Ahora administrará el poder con esa misma caja de herramientas, máxime cuando le resultaron efectivas y lo convirtieron en el hombre más poderoso del mundo.

Muchos analistas y pseudofilósofos hablan de la política de la postverdad, un eufemismo para referirse a la instrumentalización política de la mentira, algo tan viejo como los sofistas de la democracia ateniense o la propaganda de masas de los nazis y comunistas.

Pero lo hacen basados en Trump, quien ya se convirtió en un ejemplo inspirador para los políticos de extrema derecha en el mundo. Un modelo perverso, pero al fin y al cabo exitoso, que consiguió el poder enfrentado a los medios tradicionales, la clase política, los intelectuales, los líderes de opinión, la comunidad internacional y a un gobernante en ejercicio carismático y progresista.

Trump se convirtió en el hombre más poderoso del mundo derrumbando todo antecedente de corrección política, apelando al miedo, viralizando mentiras por Facebook y Twitter,  desafiando a la lógica y hasta con la ayuda de ciberataques rusos durante el proceso electoral. Su gobierno será una prolongación de su campaña, un gobierno digital, de anuncios por Twitter con un uso asertivo y demagógico de las redes.

Será un gobierno entregado al espectáculo, algo que está en el ADN de Trump, recuerden su participación en realitys o su cercanía a figuras de Hollywood como Silvestre Stalone, al que le ofreció un puesto en su administración. Pero sobre todo, por su habilidad que tiene el presidente electo de para ponerle la agenda a los medios y hacerlos repetir una mentira tantas veces, que se asiente en el imaginario colectivo y cuya fugaz refutación carezca de impacto.

Su directriz política será divertir al ciudadano-espectador,  satisfacer estereotipos y gobernar a partir de eslóganes, símbolos e imágenes demagógicas y no a partir de políticas públicas realistas, estructurales y necesarias.  En lo económico, lo está demostrando con las amenazas a fabricantes de autos como General Motors y Ford que construyen sus plantas en otros países para comercializarlos en Estados Unidos. Una clara obstrucción a la libertad económica, pero que recoge flores y aplausos en ese núcleo duro de electores blancos y de clase media que votaron a Trump.

No cabe duda que esa será la dinámica de su administración. Toda decisión política, toda acción de gobierno, todo anuncio importante, no estarán basados en el interés nacional o en una concepción política elaborada, coherente y responsable, sino sometida al voluntad populista de qué levanta más vítores y aplausos en la galería. Si Rousseau hablaba de la voluntad general, a Trump solo le importa la voluntad populista.

Las relaciones internacionales estarán sometidas a ese predicado, a la autoridad y la superioridad moral de los EEUU en el mundo, lo que generará conflictos y pone fin a la era del ‘soft power’ blando que implementó Obama. Trump está más cerca de la solución violenta de los conflictos que del uso racional de la diplomacia para resolverlos, y eso es un serio problema para la estabilidad del sistema internacional y la paz mundial.

Su gabinete está compuesto por guerreristas consumados, negacionistas del cambio climático y por multimillonarios como él con enormes conflictos de interés a la hora de gobernar, un coctel molotov del que estallarán seguramente cuestionamientos y escándalos de corrupción. Sus coequiperos son inexpertos, radicales y creyentes en la supremacía racial blanca, que ya han sentenciado que tendrán como prioridad borrar el legado social de Obama, incluyendo su programa de salud, el famoso ObamaCare.

Sin duda alguna, el gobierno de Trump tendrá una durísima oposición en los demócratas, los grandes medios, los librepensadores y sobre todo, en ese país diverso, progresista, multicultural y abierto que despidió Obama con un potente discurso en el que prescribió  que “por cada dos pasos adelante, a menudo se siente que damos un paso atrás, pero el largo alcance de Estados Unidos ha sido definido por el movimiento hacia adelante”. Lamentablemente para Obama, ninguna nación del mundo avanza indefinidamente hacia adelante y el riesgo es que con Trump, el gigante del norte termine dando más de dos zancadas en reversa, sin incluir los costalazos.

 

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