Conflicto urbano por el agua

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Por Álvaro Guzmán Barney

Director del Centro Interdisciplinario de Estudios de la Región Pacífico Colombiana, CIER

Universidad Autónoma de Occidente

Pasan los años, pasan las administraciones y no se avanza en la solución de un problema estructural de Cali: el abastecimiento de agua para la ciudad. Este tema lo he mencionado en varios artículos, pero incluso la semana pasada se informó que, finalmente, se tenía una solución para Cali que dependía de traer agua por tubería desde antes de Salvajina, pasando por Timba y por Jamundí. Esta solución hace muchos años estaba planteada e incluso estudiada; lo que no se sabe es si, después de tanto tiempo, se ha podido avanzar algo en la propuesta, no sólo en la parte técnica como, ante todo, en la parte  jurídica y ambiental, más allá de la financiera. En efecto, la propuesta puede afectar comunidades urbanas y rurales y definitivamente, utiliza agua que también es de interés de otras poblaciones, en otro Departamento, que carecen del preciado líquido. La opinión pública no conoce un plan o una ruta clara y evaluable, de la Alcaldía y de la C.V.C., para ir resolviendo los distintos problemas y para poder decidir si se hace la obra, en qué términos y con qué beneficiarios. Es posible que la semana pasada hayamos tenido una noticia más, para calmar los ánimos y para aplazar aún más la solución. Esto es grave puesto que el problema del desabastecimiento del agua es real y hay límites en la resistencia ciudadana, a los cortes, al mal servicio, a los costos exagerados del agua, al mal manejo de las entidades públicas.

Seguramente se requiere combinar varias soluciones, entre ellas, la sugerida por Cinara que implica pozos profundos cerca al lecho del río. También volver a pensar en los ríos tutelares y en los Farallones. Pero todas las soluciones están supeditadas a que se tenga en cuenta las poblaciones afectadas por las obras y el impacto ambiental de las mismas. De lo que se trata no es de tomar el recurso agua a secas. Se requiere contribuir a mantener los sistemas naturales de producción del líquido y a distribuirla con equidad, según las necesidades de la población. En el campo de la defensa de los recursos naturales, estamos en pañales ya que la costumbre nos ha llevado a pensar durante mucho tiempo en un recurso ilimitado. En el tema de la distribución, tampoco tenemos experiencias de reparto  equitativo. La historia reciente nos ha hecho caer en la realidad de un recurso muy escaso sobre el cual van a girar parte de los conflictos del siglo XXI.

Recientemente, los medios han difundido la idea cierta de que el turismo en Colombia ha aumentado notablemente y puede seguir aumentando con un país en paz. A partir de esta idea se ha planteado, por un lado, la posibilidad de desarrollar el turismo en la zona de páramos, pensando en los beneficios económicos de corto plazo y en el empleo. Por el otro, se ha planteado la necesidad de mantener estas reservas naturales sin afectarlas. Se puede pensar en alguna alternativa intermedia, como sucede en otros países donde los Parques naturales nacionales se conservan, pero no están absolutamente vetados a un turismo que está estrictamente reglamentado. Valdría la pena volver sobre estas experiencias, desde la academia y como un aporte al debate nacional.  El hecho es que hay que preservar los santuarios de producción de agua que son los páramos.

Pero también es posible reciclar el agua que ha sido utilizada, especialmente en el medio urbano. Significa sistemas de tratamiento, sobre esto hay una serie de alternativas, pero la idea importante es devolver el líquido no contaminado a los ríos. En el fondo, lo que necesitamos es agua y ríos limpios, desde el principio hasta el final, como un gran proyecto nacional. Hay que asumir el reto que nos plantea el etno-botánico Wade Davis dentro del posconflicto para “limpiar el río Magdalena”, insignia nacional, de manera que por allí prospere la fauna y la flora y pueda ser disfrutado por la población. Que no baje ni un cuerpo más sin vida como consecuencia del conflicto armado. Que tampoco sea el río adonde aparecen todos los desechos materiales que producimos y que no queremos ver ni oler en nuestros lugares de residencia.

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