Crisis humana-ambiental

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Por: Germán Ayala Osorio

Comunicador social y politólogo. Integrante del Centro Interdisciplinario de Estudios de la Región Pacífico Colombiana, CIER

Universidad Autónoma de Occidente

Es un error intentar comprender la compleja realidad humana desde la frágil trinchera de una profesión u oficio.

Este pretendido “análisis”, llega tarde, aunque haya escuchado varias veces el discurso que lo inspira. Digamos que se trata una deuda que tenía conmigo mismo y que hoy logro saldar, sin que ello signifique que jamás volveré a escuchar un discurso confrontador, doloroso y que en doble vía, me hace pensar en que no hay nada qué hacer, al tiempo que anima a tratar de plantear salidas a las encrucijadas esbozadas por el responsable de esa disertación: Pepe Mujica.

Pepe Mujica es un político, sin duda, pero deviene distinto a la gran mayoría de operadores políticos  en el mundo, que usan el poder solo para dar rienda suelta a sus arañados,  maltratados o problemáticos egos, o para saciar la avidez  por el dinero.

En su discurso, en el encuentro mundial de Río + 20, y en su calidad de Presidente de la República del Uruguay, Mujica puso varios puntos en una discusión política y ambiental que las grandes potencias económicas y militares no se han atrevido a dar, a pesar de los compromisos adquiridos para mitigar en algo el daño que el actual modelo de desarrollo genera en el medio ambiente, en el Planeta mismo y por supuesto, en la indescifrable condición humana.

En sus primeras palabras, Mujica señaló: “muchas gracias a la buena fe que, seguramente, han manifestado todos los oradores que me precedieron. Expresamos la íntima voluntad como gobernantes de acompañar todos los acuerdos que, esta, nuestra pobre humanidad, pueda suscribir. Sin embargo, permítasenos hacer algunas preguntas en voz alta. Toda la tarde se ha hablado del desarrollo sustentable. De sacar las inmensas masas de la pobreza”.

Mujica comprende, como pocos, que a pesar de todos sus avances técnicos, científicos y los grados medibles de “progreso” y quizás de “civilización”, la condición humana sigue siendo frágil, llena de incertidumbres y miedos y atormentada por su finitud. Cuando el ex presidente uruguayo habla de “nuestra pobre humanidad”, quizás nos esté invitando a una reflexión mayor que supera las preocupaciones ambientales que infortunadamente rondan a muy pocos millones de habitantes en el mundo. Reflexión que bien podría iniciarse si aceptamos que al olvidarnos de nuestra propia  fragilidad  como  seres  humanos,  e  ignorar la de  los  ecosistemas  naturales,  nosconvertimos en una especie peligrosa para nosotros mismos y para las otras que comparten un mismo entorno natural.

Y al avanzar en su inolvidable discurso, pero insuficiente ante la poderosa inercia que genera el “proyecto humano universal” que acompaña a la idea del desarrollo, Mujica se preguntó: “¿Qué es lo que aletea en nuestras cabezas? ¿El modelo de desarrollo y de consumo, que es el actual de las sociedades ricas? Me hago esta pregunta: ¿qué le pasaría a este planeta si los hindúes tuvieran la misma proporción de autos por familia que tienen los alemanes? ¿Cuánto oxígeno nos quedaría para poder respirar? Más claro: ¿Tiene el mundo hoy los elementos materiales como para hacer posible que 7 mil u 8 mil millones de personas puedan tener el mismo grado de consumo y de despilfarro que tienen las más opulentas sociedades occidentales? ¿Será eso posible? ¿O tendremos que darnos algún día, otro tipo de discusión? Porque hemos creado esta civilización en la que estamos: hija del mercado, hija de la competencia y que ha deparado un progreso material portentoso y explosivo. Pero la economía de mercado ha creado sociedades de mercado. Y nos ha deparado esta globalización, que significa mirar por todo el planeta”.

Por supuesto que estos llamados de atención resultan molestos, fastidiosos, pero al final, inocuos ante las fuerzas demoledoras del mercado global y la inconsciente reproducción humana, aupada por Iglesias y otras instituciones humanas que promueven la ocupación del planeta, de la mano de dioses y de discursos “humanistas” soportados en un oprobioso antropocentrismo y alejados, consecuentemente, de cualquier intención ambiental de frenar, mitigar o evitar daños en los ecosistemas socio-naturales.

Mujica tocó, en su ya referido discurso, asuntos que atraviesan la compleja condición humana, de la que él intentó escapar en su búsqueda por ser coherente entre lo que piensa y hace: Mujica no tuvo hijos, vive en una pequeña finca, sin lujos, un viejo auto y una vida ascética que,  por supuesto, no es modelo a seguir, porque cientos de millones de habitantes en el planeta están detrás de la consecución de más y más dinero; empobrecedora carrera que cierra la posibilidad de mirarnos como una especie más y de entender que nuestra fragilidad jamás será superada, así concentremos la mayor riqueza material posible.

Vuelve Mujica preguntarse: “¿Estamos gobernando la globalización o la globalización nos gobierna a nosotros? ¿Es posible hablar de solidaridad y de que “estamos todos juntos” en una economía basada en la competencia despiadada? ¿Hasta dónde llega nuestra fraternidad?”. No digo  nada de esto para negar la importancia de este evento. Por el contrario: el desafío que tenemos por delante es de una magnitud de carácter colosal y la gran crisis no es ecológica, es política”.

Y aquí vale la pena detenernos para tratar de descifrar lo que parece evidente, pero que es de una enorme trascendencia. Si le damos la razón al político latinoamericano, la crisis política a la que alude, arrastra variopintas crisis de un ser humano que jamás supo qué hacer con la vida y con el arma que mayor riesgo genera: el Poder. Y es así, porque individualmente nos vamos sumando a proyectos y a asuntos colectivos sin la mayor discusión. El poder de la tradición, por ejemplo, nos arrastra a repetir un modelo de vida humano con el que nos hacemos daño y del que se derivan efectos negativos en la Naturaleza.

 

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