Cuando arden las palmas

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Por Patricia Suárez

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Del escritor colombiano Iván E. Gutiérrez Visbal

La obra literaria debe entenderse de manera integral; un punto de vista que no se implica a sí mismo en la unidad de la cultura sería arbitrario e imposible de defender en su unidad propositiva.

Sin lugar a dudas Iván E. Gutiérrez Visbal, en su novela Cuando arden las palmas, integra a la fundamentación valorativa su pasión por la escritura y define, desde el comienzo hasta el final de la obra, en unidad intuitiva, la vida social, cultural, política e ideológica del pueblo El Silencio; desde lo anecdótico a través de las acciones y los acontecimientos cuya proporcionalidad, calidad, expresión y unidad semántica logran su cometido.

Narra la soledad de una población que ante la violencia y el crimen vive entre el miedo y el asombro; y en la ficción de lo “real-maravilloso” se expresa en personajes como Asunción, quien a través del olor logra definir el carácter y el devenir premonitorio que anuncia haciendo eco en la subjetividad de las gentes, o en la espuma y los renacuajos que salen de la boca de una niña sugiriendo una parodia de “realismo mágico” cuya caricatura, en instantáneos, no malogra la totalidad de una historia que denuncia el carácter subjetivo de una cultura donde la precariedad de la vida y el espíritu de sus gentes están determinados por el acontecer político que hace cuerpo entre contrastes. Pueblo obediente y transgresor, dualidad que reafirma lo pendular de su idiosincrasia dentro de los preceptos de la fe.

Los personajes que recrea la ficción de Gutiérrez Visbal se defienden de la provocación y el acecho, radicalizan posturas al emerger a la violencia. Y, ante las diversas patologías de sadismo, de crueldad que caracteriza la historia y memoria de la vida política en Colombia, insoslayables se definen en su dignidad comunitaria.

Fray Luis, de mano con el alcalde, figuras que tipifican la complicidad de los poderes pero que en el caso que nos ocupa, Cuando arden las palmas, son, como cualquier habitante de El Silencio, impotentes ante los acontecimientos.

En esta concatenación de hechos la superstición sostiene y nutre el imaginario de la gente que corre tras cada suceso y hace presencia en esa religiosidad gregaria que define a la naturaleza humana y, en su necesidad vital, defiende su integridad. Y así la creatividad toma lugar en personajes como Francisco, quien entrega a la comunidad ávida de posibles, la estatua de San Francisco de Asís, que se diluye bajo la lluvia suplicada por los habitantes al poder superior en su creencia y en su fe.

La muerte del Caudillo liberal Jorge Eliécer Gaitán, ocurrida cuatro años antes, es la razón primera que permite narrar la historia de El Silencio, concatenada con la aparición de la policía “Chulavita”; la división entre conservadores y liberales, ese consabido de rojos y azules donde la irracionalidad y los intereses de partidos son la memoria que rescata, con su narrador omnisciente, Gutiérrez Visbal.

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