¿Cuántos parques necesita un joven?

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Elizabeth GómezPor Elizabeth Gómez Etayo
Centro Interdisciplinario de Estudios de la Región Pacífico Colombiana, CIER
Universidad Autónoma de Occidente

Hace 37 años el historiador colombiano Jorge Orlando Melo se preguntaba cuánta tierra necesitaba un indio para sobrevivir, haciendo alusión a que la tierra para los pueblos indígenas es como el agua para los peces. No existe cálculo occidental que pueda resolver esta pregunta; la tierra, elemento físico y simbólico de la naturaleza y de la vida, constituye el valor fundamental para los pueblos indígenas, no tiene precio, no tiene medida, es connatural a su esencia, no se mide por hectáreas -a no ser que sea para recuperarlas- y sin ella, mueren. Me valgo de esta metáfora para preguntar cuántos parques necesitan hoy los jóvenes para ser jóvenes, cuánta zona verde, cuántos espacios deportivos, cuántos espacios artísticos, lúdicos, culturales, recreativos, para ser joven. A juzgar por su precariedad o ausencia, se puede decir que en la ladera o en el oriente de la ciudad de Cali, es casi imposible ser joven.

Esta reflexión viene a tono dado que de nuevo se prenden las alarmas por la violencia juvenil en Cali. Según el informe más reciente de la Defensoría del Pueblo, 132 pandillas juveniles afectan la seguridad ciudadana en las zonas más pobres de la ciudad y 250.000 personas de la Comuna 21 están en vilo por las acciones de las bandas criminales. Por lo menos ya se enuncia que detrás del accionar juvenil hay estructuras delincuenciales de adultos y que los jóvenes terminan siendo el último eslabón de una cadena criminal, cuyos orígenes difícilmente se identifican, aunque –paradójicamente– los informes judiciales indiquen que se trata de una estructura criminal mayor.

Alcaldía, Iglesia y organizaciones sociales se debaten entre una y otra opción de intervención social, para identificar qué hacer con estos jóvenes que deliberadamente o por diversas presiones, terminan haciendo parte de estructuras criminales. Tomando un poco de distancia de esta angustiante realidad social, es pertinente comprender cuál es el contexto social, económico, cultural y ambiental en el que estos niños y jóvenes han nacido, se han criado y viven hoy en día.

Un rápido paseo por el Oriente de Cali, al igual que por las laderas, en compañía de una necesaria agudeza sociovisual, da para pensar que en estos contextos empobrecidos y marginalizados, todas las condiciones socioambientales, socioculturales y socioeconómicas están dadas para que buena parte de los jóvenes no puedan vivir y ser jóvenes, viéndose abocados al ejercicio delincuencial.

Crecer en medio de la precariedad material es la negación total o casi total de todos los derechos. Los niños y jóvenes de las zonas más pobres de Cali, que son la mayoría, han crecido en barrios marginales, llamados invasiones o asentamientos humanos de desarrollo incompleto, que a fuerza de urbanizadores piratas o institucionales, se van ordenando; sus padres y madres consiguen el sustento diario a través de actividades económicas informales, que van desde las ventas callejeras, el trabajo doméstico a destajo y la prostitución, hasta diversos tráficos ilegales, y no solamente de armas y drogas, sino de diferentes bienes y servicios. De niños son mandados a la escuela, donde muchos profesores son amenazados, para no ir con la regularidad que un proceso educativo ameritaría, luego, tienen que pasar a otro barrio a hacer el bachillerato, pero no pueden asistir porque las macabras fronteras invisibles se los impiden.

Y así, van creciendo, desertan de la escuela, y los actores criminales adultos les ofrecen la posibilidad de prestigio, poder y dinero a través de pequeños ‘mandados’, cuyos grados de dificultad irán aumentando al igual que sus ingresos, pero que se esfuman como agua entre las manos. Estos niños y jóvenes han crecido en la ausencia de un orden institucional y, por tanto, ese orden ausente es fácilmente reemplazado por un ethos criminal, que pasa a ser el referente de orden. En estas estructuras encuentran valores de lealtad y disciplina, que en otros contextos menos precarios social, cultural, económica y ambientalmente, insisto, hubieran tenido.

Sumado a este desorden social vivido desde tempranos años, los niños y jóvenes se encuentran en sus barrios, con que no hay parques, no hay zonas verdes, no hay espacios deportivos, recreativos, lúdicos y culturales suficientes y de calidad, que les proporcionen los ambientes propicios para ser jóvenes. Es una medida que, al igual que con los indígenas sobre la tierra, su cálculo racional excede la lógica del metro cuadrado. No existe espacio vital para ser joven en el oriente y en la ladera de Cali. Cuando esto sea reconocido y transformado por las instancias pertinentes, quizás las alarmas no se prendan tanto. ¿Cuántos parques necesitan los jóvenes para ser jóvenes? ¡Muchos más de los que actualmente existen en las márgenes de la ciudad![1]


[1] Franco, Leonardo. “Según la Oficina de Planeación Municipal: “las zonas que menos espacio público tienen por habitante son el centro de la ciudad, las comunas 18 y 20 (ladera) y las comunas 15 y 16 (oriente)” A su vez, el Informe de Evaluación de Calidad de Vida en Cali de 2010 expresa que en las Comunas 8,9, 14 y 18 poseen menos de 1M2/habitante, mientras que en tan sólo 3 comunas, 22, 17 y 3, cumplen con el indicador básico de 10M2/habitante.” En: Boletín Ethos Regional #5 del CIER (octubre-diciembre 2012), Universidad Autónoma de Occidente.

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