Cuentas pendientes por la paz

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Por: Camila Zuluaga

Twitter: @zuluagacamila

Quisiera insistir a través de estas líneas en la importancia de la reconciliación de todos los sectores del país. Muchos de nosotros, evidentemente no todos, apoyamos y creemos en una salida negociada al conflicto, pero el verdadero final del enfrentamiento del país no se dará con una firma en La Habana, sino con el trabajo de todos para conciliar diferencias.

Quienes han tomado la vocería de defender los diálogos de paz en Cuba desde diferentes sectores, han caído tristemente también en un sectarismo poco favorable para el futuro desarrollo de Colombia como sociedad. Se han convertido en constante los ataques al movimiento, también fanático, de eso no podemos olvidarnos, del ex presidente Uribe. Tan evidentes han sido los pronunciamientos de rechazo hacia su colectividad política y a aquellos ciudadanos que los siguen, que en los medios de comunicación esta semana se destacaron titulares como: “Fue por lana y termino trasquilado” o “Victima de lo que hizo en el pasado” haciendo referencia a los carteles puestos por el Centro Democrático en el Congreso que expresaban: Soy opositor, no criminal.

Si bien es cierto que el uribismo está siendo víctima de su propio invento y hoy los sectores del poder están tomando actitudes similares a las que ellos tomaron mientras estuvieron en él, no puede ser esa una justificación para adoptar actitud similar. La grandeza de quienes tienen un pensamiento que va camino hacia el humanismo, radica en saber que la respuesta a quien ha actuado incorrectamente, no debe ser  pagar con la misma moneda. La ley de talión no puede seguir siendo la constante de una Colombia que por actuar así durante su historia, nos ha dejado un conflicto con innumerables muertos y victimas que hoy tratamos de reparar.

Creer de verdad en una solución a la guerra interna que hay en el país, en la posibilidad de construir una política social distinta y transformadora; tiene que estar  ligado a la aceptación entre aquellos sectores opuestos  para construir una verdadera democracia en dónde la solidez de las ideas determine la posibilidad de gobernar, y no los chanchullos, la persecución jurídica y las malas prácticas.

Lo sucedido esta semana en el Congreso cuando se intentaba elegir a los magistrados del Consejo Nacional Electoral fue el ejemplo claro de las marrullas utilizadas en la dinámica política del país que no nos dejarán llegar a la paz. A través de estrategias ramplonas el presidente del Senado y la Unidad Nacional al verse derrotada por su poca disciplina, recurrieron a levantar la plenaria para darse el tiempo necesario  de  ofrecer “mermelada” y así lograr acaparar ese tribunal electoral.

Si realmente queremos construir un país en paz debemos lograrlo intentando la inclusión de todos los sectores y aceptar los resultados cuando se pierde en franca lid. Debemos acabar con las denuncias post electorales de robos de votos como la que va a presentar el grupo Mira y en el pasado presentaron los partidos antiuribistas. Igualmente debemos intentar lograr lo que se cree conveniente, sin triquiñuelas típicas del control del poder.

Esto y mucho más es lo que tenemos que cambiar para poder lograr una reconciliación real, que no excluya a ningún sector, por mas contrario y retardatario que pueda ser. La nobleza de una sociedad está en permitir que aquel que no piensa como yo, por más descabellado y aterrador que parezca su pensamiento, también pueda tener cabida. Estamos negociando con la FARC, el verdugo de muchos, los de  la razón para otros, ¿Por qué no se puede dialogar y acordar con la oposición?

La idea de un país plural, deliberativo pero sobre todo en paz, pasa porque todas las corrientes de pensamiento tengan cabida, sin que sea pecado pertenecer a alguna de ellas. Pero sobre todo pasa porque todas estas se reconcilien y por más diferencias que permanezcan, todas estas luchen y trabajen por un mismo propósito: Colombia.

Una cosa más: La corrupción es un fenómeno que los colombianos quisiéramos erradicar. Sin embargo tendemos a concentrarnos en este tipo de actuaciones solamente mirando y escrutando al sector publico y nos olvidamos del sector privado, siendo este último muchas veces  el promotor de las practicas indebidas.

 

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