De eso tan bueno no dan tanto

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Mabel Lara
Mabel Lara

Por Mabel Lara

En su piel se ven los vejámenes que ha padecido; en sus manos arrugadas quedan los vestigios de una historia dura de explotación, tortura psicológica y social; y en sus ojos, el retrato de un  pasado de engaños que esconden la culpa que siempre aparece acechando,  pasando la cuenta de cobro de lo que fue su vida hace más de treinta años cuando fue víctima de explotación sexual en Japón.

Marta es hoy una mujer de 56 años. Cuando tenía 27, atraída por el testimonio de una de sus amigas, decidió partir a Japón con su hermana de 20 años en la búsqueda de un futuro económico exitoso. Su travesía duró siete días, en los que recorrió la ruta pirata de la mafia japonesa: salió de Bogotá, pasó por Cali, Medellín, de allí llegó a Aruba y, finalmente, aterrizó en Japón.

Recién bajada del avión fue entregada a sus compradores y expuesta en un lugar de mala muerte ante decenas de japoneses que le solicitaban bailar con pocas prendas y ofrecer su cuerpo. Cada diez días cambiaba de dueño y de población. Trabajó en jornadas de ocho de la mañana a una de la madrugada; una y otra vez fue maltratada; no se le permitía hablar, pensar ni quejarse; la aislaron sin decirle dónde vivía; traducían todas sus conversaciones; le restringían el acceso a los alimentos; le prohibieron la atención médica;  no tenía derecho a descansar y fue  separada de su hermana para obligarla a realizar todo tipo de tareas sexuales y evitar sus marcadas intenciones de  fuga.

“Yo sabía a qué iba, pero nunca pensé que  iba a estar  presa, que me  iban a  vender como  un animal, como un objeto, y que mi peor verdugo iba a ser una como yo: colombiana”, confiesa Marta.

Este es uno de los muchos relatos que nuestras mujeres cuentan para exorcizar los demonios del pasado. Como Marta, en Colombia cientos de jóvenes salen del país clandestinamente, aumentando las estadísticas mundiales de lo que se ha denominado la esclavitud del siglo XXI.

Según la Organización Internacional del Trabajo, en un reciente estudio sobre la trata de personas,  la esclavitud moderna cobra unos 20,9 millones de víctimas cuyo porcentaje más alto está en la trata con fines de comercio sexual. En Colombia no existe un número definido que contextualice la problemática. Miles de casos pasan desapercibidos por la ausencia de denuncias ya sea por vergüenza social, miedo a los traficantes o total desconocimiento de la violación de sus derechos ante aquellas frases que pronuncian las autoridades: “¿Para qué se fueron?”, “¡Usted sabía a qué se exponía!”, entre otras.

Valle del Cauca, Antioquia, Risaralda, Bolívar y Atlántico son las regiones donde más se padece este flagelo; Asia y Europa, los destinos de mayor comercialización de nuestras mujeres, que por sus rasgos físicos y por el estereotipo de latina dulce y sometida logran atraer a un sinnúmero de clientes que alimentan el tercer negocio ilegal más lucrativo del mundo, luego del tráfico de estupefacientes y el de armas.

La tragedia es enorme y parece ir en aumento: chicas mayores de edad deciden regalar su futuro ante las promesas de muchas otras colombianas que trabajan para las redes de traficantes. Salen de barrios populares y universidades reconocidas del país con el sueño de conseguir dinero y futuro. Si bien muchas son engañadas, muchas otras son abusadas por culpa del silencio de madres y familias enteras que también se embarcan en las ofertas de dinero fácil.

El final de Marta en esta historia por fortuna es un buen final: su enfermedad fue el bálsamo de su tragedia. Luego de un fuerte dolor lumbar y daños en su columna por las extenuantes jornadas sexuales fue deportada a Colombia en compañía de su hermana. Tuvo suerte; muchas son asesinadas, se pierden en el camino o terminan desquiciadas. La conclusión de esta mujer es quizá la metáfora para muchas de las nuestras que hoy desean emprender la trágica ruta de la trata de personas: “Tenga cuidado. De eso tan bueno no dan tanto”.

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