De Medellín a Salzburgo y de Europa a Cali, Yepes es el tipo de músico vocacional

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De Medellín a Salzburgo y de Europa a Cali, Yepes es el tipo de músico vocacional

“Los críticos no han sido benevolentes con esta obra que, a fin de cuentas, es de todos los vallecaucanos”

 Cuando por haber ganado el segundo año de primaria en la bolivariana de Medellín, Gustavo Yepes obtuvo una promesa de premio por parte de su padre, se vio ante la primera gran decisión de su vida: debía elegir entre una bicicleta y un tocadiscos.

El muchachito de siete años optó por el segundo, sin presentir que ese aparato iba a ser la baseFoto 1 de su trayectoria artística.

Pocos días después de haber recibido lo prometido, llegó a su casa el periodista antioqueño Gabriel “Mono” Villa, y el niño le contó el problema que le había traído el regalo: “Mire, ‘mono’, cómo es mi papá: me regala u tocadiscos, pero no me da ni un solo disco para ponerlo a funcionar…”. Villa, que apreciaba mucho a la familia Yepes, escuchó la queja y al día siguiente regresó con cuatro o cinco discos de música clásica y le dijo a Gustavo: “Te regalo éstos que encontré en mi casa. Escúchalos…”. Y el niño, que apenas empezaba a mudar sus dientes de leche, tuvo su primer contacto con los clásicos y comenzó a pasar largas horas al lado del RCA escuchando una y otra vez los discos obsequiados.

No mucho tiempo después, Gustavo se sintió atraído por el viejo piano del siglo pasado que guardaban en su casa como reliquia familiar. Era un Playel que su bisabuelo había importado de Francia, y que por dos generaciones había permanecido allí, quieto, silencioso, sin ser tocado por ninguno de sus descendientes. Empezó a tomar clases privadas de piano con una profesora y se convirtió en asiduo asistente a los conciertos de la Sinfónica de Antioquia.

Ingeniería, oboe y flauta

Luego, cuando se encontraba en la universidad, alternó sus estudios de ingeniería con los de oboe y flauta dulce, y además cantaba en la Coral Victoria, que dirigía el maestro Rodolfo Pérez. Un día pensó que no existía relación alguna entre trazar una carretera y dirigir una sinfonía de Beethoven; esa vez tuvo que escoger entre un caso de ingeniero y una batuta. Se quedó pasa siempre con la batuta.

Ya del maestro Pérez había aprendido muchos secretos de la conducción, y creó un coro de cámara: el Amor Musicae. No contento con esto, en 1974 aprovechó una oportunidad que le ofreció el Instituto Colombo-Alemán y viajó a Salzburgo, Austria, para recibir la primera y hasta ahora única educación formal en la rama elegida. Entre cuarenta aspirantes que se presentaron al curso, él fue seleccionado con otros once para quedar entre los seis mejores, a los que se les permitió dirigir el concierto de clausura.

Cuando regresó a Medellín, fue llamado a dirigir la Sinfónica de Antioquia y con ella estuvo hasta 1989, año en que, buscando nuevas oportunidades y experiencias, viajó a Cali, donde en esos momentos un grupo de melómanos discutía la necesidad que tenía la ciudad de una orquesta sinfónica.

Por iniciativa de María Antonia Garcés se reunió la junta fundadora de la Orquesta sinfónica del Valle y después de barajar nombres se llegó a una conclusión: Gustavo Yepes debía ser el director. Él aceptó. Se quedó aquí, luchando brazo partido por sacar adelante el sueño vallecaucano.

Sin antesala, sin pretensiones inmodestas y sin fondo musical alguno, Gustavo Yepes nos recibió en su apartamento del sur de Cali. Tiene 36años, que no aparenta, está casado con su crítica más imparcial y fuma un cigarrillo tras otro.

En Colombia no hay escuelas

Foto 4Un poco incrédulos con la historia de su iniciación en el arte de la conducción orquestal, le preguntamos si era posible ser, sin escuela, un buen director de orquesta: “Es posible”, nos dijo, “pero es una hazaña. En Colombia existen muy pocos lugares que pueden brindar una buena educación en ese sentido”.

Poniendo cara de niño bueno recién salido del Seminario Mayor de Medellín, el maestro Yepes expresa que es preocupante la situación de la gente de provincia, pues quien aspire a ser director de orquesta debe radicarse en Bogotá o en Medellín. La Universidad Nacional y el Conservatorio de la Universidad de Antioquia son los únicos lugares que brindan una formación medianamente completa.

“Estas dos instituciones están tratando de salir del marasmo en que se hallan sumidas y, por supuesto, no están a la altura de las escuelas europeas”, quien afirma, y comenta que a esto se une la falta de incentivos monetarios ya que una sinfónica no es tan buen negocio como las orquestas de Rock o Salsa. “A los conciertos de la Sinfónica asiste poco público”. ¿Por qué?, preguntamos: “El público de Cali se divide en dos: el que no conoce nada de música culta y piensa que los conciertos son aburridores, y el que ha adquirido cultura musical a través de discos. Este último conoce mucho de compositores y de obras y cree que nuestra orquesta no es tan buena como la Filarmónica de Berlín o la Sinfónica de Londres”.

Moviendo sus manos, como cuando conduce la orquesta, Gustavo Yepes agrega: “Hay que insistir en que Cali necesita una Sinfónica. Y ahora que la tiene, los caleños deben apoyarla asistiendo a los conciertos que damos cada dos semanas, los martes, en el Teatro Municipal. Las entradas son tan económicas, que un boleto para anfiteatro cuesta lo mismo que una entrada a cine”.

La Sinfónica del Valle, tratando de atraer audiencia, celebra cada víspera de concierto un foro en La Tertulia, donde se discuten las obras que se van a interpretar, brindándose así una conciencia musical al pueblo caleño que no ha sabido aprovechar esta oportunidad: “los que asisten a los foros y a los conciertos siempre son los mismos con las mismas”, dice el director entre triste y rabioso mientras enciende otro cigarrillo, y comenta que además han tratado de llegar a la gente por diferentes vías, al brindar conciertos especiales para alumnos de primaria e introducir en su repertorio composiciones de autores nacionales: “Hemos montado Pedro y el lobo, de Drokofieff, con los títeres de Bellas artes, en tanto que un narrador va explicando didácticamente a los colegiales el desarrollo de la obra”.

Panorama sombrío

Pero la indiferencia del público no es el único problema que afronta la Sinfónica del Valle, pues a éste se suman el económico, la escasez de músicos y la carencia de una sede adecuada.

Las dos orquestas sinfónicas que tuvo Cali se desintegraron después de pasar por un sinfín de dificultades: la primera se disolvió en 1952 cuando murió su director, el maestro Antonio María Valencia; y la otra, por falta de recursos económicos. En ésta última, los profesores de cuerdas del conservatorio tocaban más por mística que por otra razón, pues no sólo no recibían sueldo alguno sino que tenían que pagar multas si llegaban retrasados a ensayos.

La Orquesta Sinfónica actual va por el mismo camino: la amenaza de una nueva desintegración se cierne sobre ella con el déficit de 12 millones de pesos que está previsto para este año. Y por esa crisis económica tiene limitaciones de tipo instrumental. Muchos instrumentos son inadecuados y no hay con qué reponerlos. Además los sueldos de los músicos no son los mejores del país y esto trae como consecuencia que las orquestas de Bogotá y Medellín se los lleven con jugosas ofertas. Y los pierden. “Eso nos causa un grave problema, porque para lograr una orquesta mínima completa debemos tener diez músicos más”.

Se necesita un director alterno y otros oboístas y flautistas, que de enfermarse no tendrían reemplazo, y la orquesta se vería obligada a traer a última hora a un reemplazante desde Bogotá que necesitaría tiempo para ensayar y acoplarse al grupo. Y, en el peor de los casos, la Sinfónica se hallaría en la penosa necesidad de cancelar el concierto programado.

El maestro Yepes se levanta y se dirige a una ventana, pero no está observando lo que desde allá se ve. Está allí para pensar en la suerte de la orquesta. De su orquesta, porque ha aprendido a amarla como parte de su vida. No en vano ha luchado por ella durante tres años.

La sede, una necesidad apremiante

¿Y la sede?, le preguntamos. “¿La sede?”, nos interroga distraídamente mientras hace un esfuerzo por volver al diálogo: “Esa es otra necesidad apremiante; se necesita un lugar permanente para ensayos y presentaciones”.

Realmente, ésta es una de las grandes barreras con que se enfrenta la orquesta, pues ahora ensayan en el Municipal pero no siempre en las más óptimas condiciones. Algunas veces hacen los ensayos en el escenario sin la concha acústica, y el sonido se pierde. Otras veces se ven precisados a ensayar en el foyer, donde por falta de aire acondicionado tienen que abrir las ventanas y el ruido automotor impide la concentración.

“La vida musical de una ciudad gira alrededor de la sinfónica, y por esa razón la nuestra merece una mejor situación que la que actualmente tiene”, dice el maestro Yepes en el momento de despedirnos.

Y ya en la calle, al meditar en las palabras de ese joven director que con orgullo más que lógico reconoce que la Orquesta Sinfónica del Valle y él han hecho a pesar de las limitaciones, pensamos que los críticos no han sido benevolentes con esta obra que a fin de cuentas es de todos los vallecaucanos.

 

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