Decisiones electorales

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Camila ZuluagaEl presidente Juan Manuel Santos, lo quiera o no, durante estos meses previos a la elección presidencial está ligado y condicionado a su campaña reeleccionista. Así quiera pintar sus decisiones de jurídicas y estadistas, estas ni lo son ni lo serán, pues están impregnadas por su intención de seguir en el poder por cuatro años más.  De esa realidad no se escapó la opción que tomó de no acoger las medidas cautelares solicitadas por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos en el caso del alcalde de Bogotá, Gustavo Petro.

El doloroso episodio político que ha vivido la ciudad, pero igualmente el país, tristemente llegó a su final con una decisión que también obedeció a un cálculo electoral.  No podía ser distinto. Cualquier paso en falso del presidente, a pesar de tener casi lista su reelección, puede afectar el buen curso de la directriz que se trazó desde que llegó a la Casa de Nariño.  Podrán argumentar que la asesoría jurídica que tuvo el mandatario fue numerosa. No me cabe duda, las consultas a expertos internacionalistas y litigantes fue sesuda. Sin embargo esos argumentos no fueron los que más pesaron. Lo que inclinó la balanza en la decisión fueron definitivamente las tendencias electorales de la ciudad.

En diciembre y enero, días cercanos al anuncio de la excesiva sanción impuesta por el Procurador, la tendencia de opinión de la ciudadanía fue de rechazo hacia el ministerio público y de respaldo al alcalde, no en vano por primera vez Gustavo Petro registró por esos tiempos un 60 % de favorabilidad en las encuestas. Conforme fueron pasando los días, la maraña jurídica en que se fue convirtiendo el caso, la falta de decisión de las autoridades, la confusión reinante y el constante ataque de diferentes sectores hacia la administración de Bogotá fue minando ese respaldo hacía el alcalde y la tendencia fue revirtiéndose.  Eso lo notaron inmediatamente dentro de la campaña presidencial y el primer indicio de ello se evidenció con las declaraciones del candidato a vicepresidente Germán Vargas Lleras, anunciando que votaría a favor de la revocatoria del alcalde. Los cálculos estaban más que hechos, la casa de Nariño sabía que electoralmente ya empezaba a serle más favorable sentar una posición en contra del burgomaestre. Lo que no se imaginaban era que la encrucijada que se venía.

El día tan esperado llegó esta semana que hoy termina. Carrusel de emociones y definiciones para el país político que nos llevó a ver afuera al alcalde de la ciudad en la  mañana del miércoles después del anuncio del Consejo de Estado,  y a verlo de nuevo en su puesto esa misma noche, gracias a las medidas cautelares de la CIDH. Entrando la tarde del jueves, ese carrusel de emociones aumentó mucho más después del rápido anuncio del presidente: no se acataría la solicitud del organismo internacional al que pertenecemos, Petro se iba de su cargo y ya el remplazo temporal estaba nombrado.

La sorpresa no fue poca, Santos se ha caracterizado por intentar quedar bien con todos, y su decisión en esta oportunidad fue rápida y sin titubeos, los análisis no fueron tan profundos ese día pues ya se habían hecho y los números eran claros, sus asesores y estrategas políticos en Miami probablemente dijeron: hay que sacar a Petro.

Las consecuencias de toda esta historia, que sin duda deja una huella nefasta para nuestra democracia,  más allá de centrarnos en el nombre de un político, están en  el mensaje que se nos envía. Si bien el presidente ha tenido una intención loable  y necesaria para el país, como lo es el proceso de paz con las Farc en La Habana, con lo sucedido en Bogotá, no deja de generar inquietud el sentido que los diálogos puedan tener, si finalmente el Estado está  siendo reiterativo en las prácticas  institucionales que otrora causaron el conflicto que hoy se está  tratando de solucionar.

Es doloroso ver a Colombia intentando salir de un hoyo en el que se encuentra desde hace más de cincuenta años, como lo es todo lo relacionado con las FARC. Pero así mismo da tristeza y genera desesperanza ver cómo aquellas conductas que han generado violencia en el país siguen vigentes hoy más que nunca. Por eso lo sucedido en Bogotá va más allá de Petro, va más allá de un partido o una ideología, es la demostración para una generación de que son pocas cosas las que han cambiado y que tener esperanza de generar transformaciones políticas fuera del status quo es  casi que imposible.

Una cosa más: Me disculparán los lectores de EL PUEBLO en el Valle del Cauca por centrar mis opiniones en Bogotá, pero la coyuntura lo amerita.  Ahora, permítanme atreverme a expresar una cosa más, y es que ojalá no nos vayamos a creer el cuento de que Rafael Pardo es “Superman”.

La sorpresa no fue poca, Santos se ha caracterizado por intentar quedar bien con todos, y su decisión en esta oportunidad fue rápida y sin titubeos.

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