¿Dejación, desarme o proceso de paz?

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Sigifredo López, exdiputado de la Asamblea del Valle del Cauca

Por Sigifredo López

Twitter: @sigifredolopez

Se acerca la hora cero para el inicio de las negociaciones en La Habana entre el Gobierno y las Farc. La sociedad colombiana y el mundo están a la espera y con la ilusión de que en esta oportunidad se logre un acuerdo que le devuelva la anhelada paz a esta patria que ha sido azotada por la violencia durante el último medio siglo.

Pero además de la ilusión, son demasiadas las dudas que genera este proceso, que es sano evaluarlas y aclararlas para que no se creen falsas expectativas, sobre todo porque quienes conocemos y hemos sufrido la guerra sabemos que en esa mesa están hablando en lenguajes distintos e inentendibles entre ellos. Los negociadores del Gobierno no conocen a sus interlocutores de las Farc, no saben cómo piensan, no conocen los principios y códigos que los rigen. Puede que estos negociadores sean muy inteligentes y puede que tengan doctorados en negociación de conflictos en las mejores universidades del mundo, pero seguramente no saben qué piensa un guerrillero o, peor aún, un dirigente de las Farc sobre la vida, la muerte, el tiempo, la familia, la sociedad, la justicia, el amor, la amistad, la felicidad, lo que significa para ellos Dios, un fusil, la coca, el dinero, el éxito, el fracaso, etc.

Ninguno de los que están allí sentados en representación del Gobierno ha perdido un hijo en la guerra o ha estado secuestrado, y con excepción de los generales que son combatientes –al igual que los combatientes de las Farc–, ninguno de ellos ha vivido o conoce el dolor de viudas, huérfanos, desplazados y, en general, ignoran casi toda la realidad de las víctimas y de la guerra que se han sentado a solucionar. Sencillamente no conocen a sus interlocutores, y en medio de tanto desconocimiento sustancial va a resultar más difícil aún alcanzar el objetivo de la negociación.

Por eso, lo primero que debemos tratar de establecer es la naturaleza de estas negociaciones y, más concretamente, definir si estamos frente a un verdadero proceso de paz, un desarme o una simple dejación de armas. Las diferencias son abismales. Lo primero que debemos tener en cuenta es que las Farc históricamente (y así  también lo repitieron en Oslo) siempre han hablado de  “dejación de las armas”, y esto en castellano, sin eufemismos y  también en el lenguaje de las Farc, no significa otra cosa que guardar ellos mismos las armas (nunca han considerado entregárselas a nadie) y reservarse el derecho a volver a usarlas cuando lo consideren necesario, y que el día que consideren que los acuerdos no han sido cumplidos se levanten nuevamente en armas contra el Estado y la sociedad por la que dicen luchar. La pregunta inevitable es ¿la sociedad colombiana está dispuesta a aceptar esto?

Por su parte, en un proceso de desarme, el grupo armado ilegal entrega sus armas al Estado y se somete a la institucionalidad, a cambio de unos beneficios jurídicos, sociales y políticos que pueden ser similares a los que se otorgan en una dejación de armas o en un proceso de paz. El ejemplo más reciente de un desarme o desmovilización es lo ocurrido con las autodefensas o paramilitares en Santa Fe de Ralito durante el gobierno anterior. El interrogante que surge frente a esta alternativa es simple: ¿la sociedad está dispuesta a repetir un modelo fallido que terminó aumentando la criminalidad y la inseguridad en las ciudades por la incapacidad y falta de compromiso de nuestro sector productivo para insertar al mercado laboral a los 36 mil desmovilizados de las AUC, y que por ello terminaron integrando bandas criminales, que hoy se dedican a la extorsión, el secuestro, el narcotráfico y el sicariato? Y otra más: ¿si nuestro sector productivo no fue capaz de ofrecerle trabajo a los desmovilizados de las AUC, y a nuestros buenos muchachos egresados del Sena y las universidades, tiene la capacidad para insertar laboralmente a los próximos 15 mil desmovilizados de  las Farc para evitar la inminente ‘bacrimización’ de la guerrilla y la repetición del fallido modelo de Santa Fe de Ralito?

A diferencia de los anteriores procesos de paz, uno verdadero busca ante todo solucionar las causas que originaron el conflicto y que lo alimentan. En este caso se trataría de encontrar soluciones a la desigualdad, al narcotráfico, a la corrupción y a la impunidad, que nos han convertido en una de las sociedades más violentas y desiguales del planeta. Pero el modelo económico no está en discusión, ha dicho con razón el vocero del Gobierno. Y desde la sociedad civil sabemos, y así lo gritamos, que las reformas sociales que se requieren para construir una nueva sociedad no se discuten con terroristas sino con el pleno de la sociedad y en el marco de la institucionalidad que democráticamente nos hemos dado.

¿Cuál sería, entonces, la naturaleza del proceso y la negociación que debe adelantarse? De esto vamos a seguir hablando semanalmente.

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