Del reality a la realidad

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Por Luz Adriana Betancourt @luzbeta

 

La telerrealidad se construye con la transmisión de episodios de televisión que se graban sobre lo que ocurre a personas reales y no a personajes ficticios creados para las telenovelas o las series. Esto no pasaría de ser un asunto del espectáculo si no fuera porque un reality show como Protagonistas de Nuestra Tele está marcando altos índices de audiencia y al mismo tiempo que en redes sociales y mediante comentarios de voz a voz se le hacen fuertes críticas a su contenido. Es decir, tenemos a millones de colombianos a favor del programa y otros millones disgustados porque la caja mágica se usa como caja boba.

Lo curioso de dedicarle tanta atención a este reality es que la vida real en Colombia tiene más emoción, complejidad y tensión que una casa estudio; y, sin embargo, hay quienes prefieren sufrir, enojarse o criticar a un grupo de jóvenes desocupados, en lugar de fijar su atención en la crisis del hospital universitario del Valle, por ejemplo, con las protestas de los médicos internos y residentes, las denuncias del sindicato sobre corrupción y la salida casi que a la fuerza de quien fue la directora del principal hospital del suroccidente de Colombia.

¿Por qué tantos colombianos se interesan más por un puñado de aspirantes a actores y actrices, en lugar de preocuparse por conocer cuáles son los proyectos de ley que se debaten en el Congreso? ¿Por qué los televidentes se desgastan pensando en salvar o hundir a un tal Óscar, y pocos de esos televidentes dedican tiempo a dramas reales como la detención de la senadora Dilian Francisca Toro?

“Porque buscan descanso y entretenimiento”, me responderá alguien; y otra persona pensará: “Es lo que nos toca ver porque es lo que ofrecen los canales nacionales”. Pues ni me parece el mejor entretenimiento y sí hay otras opciones para ver en la televisión nacional.

El canal estatal Señal Colombia tiene programas cuidadosamente elaborados con criterios de creatividad y respeto por el televidente. Y en la franja nocturna de Telepacífico podemos encontrar espacios como Noti5 y otras producciones regionales, cuyos protagonistas y temas están cerca de nuestra realidad.

No obstante, los espectadores sintonizan mayoritariamente RCN y CARACOL para ver cada noche en el horario triple A a quienes hacen trampa para ganar y se meten en la cama de los compañeros para lograr que el editor del programa seleccione las escenas donde aparecen. La frivolidad es un derecho, pero hay entretenimientos de buen gusto que no hacen daño a nadie; en cambio, esta distracción nos muestra modelos antiéticos, deteriorando así la autoestima de los Colombianos.

No faltará quien diga que “eso solo lo ven las clases populares, los estratos bajos, los desocupados”. Independientemente del nivel socioeconómico del público, es preocupante que el programa de televisión nacional más visto actualmente sea un reality en el que los jóvenes estén dispuestos a exhibir sus pasiones a cambio de fama o dinero, utilizando el llanto, el sexo, una fingida preocupación por el otro o apariencias religiosas para lograr la aprobación del público y ganar votos a la hora de decidir quién sale del juego y quién se queda.

Más allá de la discusión de si este es un discurso moralista pensemos en los efectos que trae para una sociedad validar que se usen atajos para el ascenso, en lugar del estudio y el esfuerzo. Mientras tanto, pasan desapercibidos, o con menos tiempo de exposición mediática, los deportistas colombianos que nos representan en los juegos olímpicos, que sí son personas reales que dedican sudor, disciplina y preparación no solo para triunfar y darnos orgullo patrio, sino para sobrevivir con sus familias en medio de penurias económicas.

No sé cuantos minutos han dedicado los canales privados a Rosibel García, Sandra Milena Lemus, o Yomara Hinestrosa, pero generalmente solo se muestran en los noticieros, con escasos minutos frente al tiempo que obtienen los Protagonistas de Novela.

Para Omar Rincón, director del centro de estudios de periodismo de la universidad de Los Andes, el problema no es el formato ni la existencia del programa, el problema es la doble moral de los directivos de los canales de televisión, que tratan de explotar el morbo de las situaciones para ganar rating y, por ende, cobrar sumas millonarias por la pauta publicitaria, mientras que responsabilizan a los concursantes de su mal comportamiento.

Incluso, dice Rincón en una entrevista publicada por la revista Semana, que los directivos de los canales nacionales critican a los narcos porque no reparan en los métodos para conseguir dinero, cuando ellos en un contexto de venta de contenidos tampoco están reparando en que podrían presentar una oferta más creativa y formadora aunque obtuviera menos ganancia por venta de publicidad.

Yo diría que los canales privados no solamente están pensando en el lucrativo negocio de poner a personas dentro de jaulas como hámsters y someterlos a pruebas de laboratorio a ver cómo se comportan según la droga que les inyecten, sino que me atrevo a creer que una distracción tan grande produce enajenación para evitar que muchos colombianos centren su atención en asuntos que aportan más desarrollo.

Si fuera válido el argumento de que el programa se ve mucho porque no hay más opciones, entonces programas periodísticos serían vistos a esa hora si los ofrecieran, ¡y esos sí que están llenos de realidad!

Si de humor y melodrama se trata, exijamos calidad como en otras temporadas cuando surgieron opciones como Betty, la fea, que hizo reír todas la noches rompiendo el paradigma de la belleza en la protagonista; o cuando Café exhibía paisajes cafeteros, con algunos visos de su cultura, o programas históricos como La Pola o de crítica como Zoociedad y Quack.

La solución, según Omar Rincón, sería tener más canales de televisión en Colombia; ¿pero si caen en la trampa de competir por lo bajo por conseguir sintonía sin importar el desarrollo social del país, de qué nos servirá tener tres o cuatro canales privados con cobertura nacional? Para eso tenemos por satélite oferta de mejor calidad.

Lo que necesitamos en que el público exija respeto a las empresas de televisión. Que nos vean como televidentes inteligentes en búsqueda de contenidos que nos lleven a reír, a relajarnos, a informarnos o a llorar, pero en un nivel en el cual no tengamos que sentir vergüenza ajena por los colombianos que ocupan la pantalla en el horario triple A.

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