Del valor personal, del valor civil, del civismo y de la ciudadanía

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Con ocasión del asesinato de Rafael Uribe Uribe, El Pueblo ha querido recoger uno de sus miles de textos acerca de la importancia del civismo y de los deberes y derechos de los ciudadanos. El texto que recogimos fue transcrito fiel a la copia original que apareció el 11 de mayo de 1911.

“El Liberal”

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DEL VALOR PERSONAL

del valor civil,

del civismo y de la ciudadanía

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Consejos á los liberales

I

La idea que comúnmente se tiene del valor es la disposición del individuo á obrar de un modo atrevido y difícil, en lucha contra los peligros y los obstáculos. Sin embargo, no se trata del amor al peligro ni de la continua solicitud de ocasiones arriesgadas donde demostrar arresto; se trata más bien de la energía moral ó fuerza de alma que hace soportar con constancia la desventura y el dolor; se trata de la sangre fría y de la posesión de sí mismo por parte del que lleva dentro motivo suficiente para afrontar los riesgos.

Al dar la naturaleza al hombre la inclinación á la lucha, rafael-uribe-uribeno le constituyó una facultad destructiva; la hizo proceder, al contrario, del primer principio de conservación, que es el instinto de la defensa de sí mismo, de su familia y de su propiedad. En efecto, la naturaleza no podía dejar expuesto al hombre á los ataques de los seres hostiles que lo rodean, sin dotarlo del instinto de defensa. Así es él una facultad común y general; pero cuando el órgano que le corresponde está muy desarrollado y es muy activo, el individuo ya no se contenta con defenderse sino que siente la irresistible necesidad de provocar y agredir; pero entonces ya eso no se llama valor sino temeridad. Opuestamente, el miedo no es, en último análisis, otra cosa que una enfermedad del órgano de la defensa.

El valor no es un instinto ciego, no es la manía de procurar lo que todo el mundo teme; es la ciencia de distinguir lo malo de lo que no lo es; de suerte que el valor sirve para conservar la cabeza serena y ocuparse seriamente en la propia conservación, sin prejuicio de someterse tranquilamente á lo irremediable; pero entendiendo bien que la resignación se pliega con masedumbre á la desgracia, mientras que el valor la combate.

El valor que resulta de la actividad del órgano de la propia defensa, es el del buen militar, porque va unido á la reflexión y á la circunspección.

Así, un general puede y debe distinguir entre ocasiones, evitando las mezquinas y reservándose para las altas, en que convenga pagar con su persona, no arriesgándola en la toma de un gallinero, pero sí en el caso grade de decidir la victoria en el momento oportuno ó evitar una derrota inminente con su presencia y su acción en medio de la refriega.

El verdadero valor debe ser honrado en las Repúblicas como la primera de las virtudes, puesto que es la que da el poder para practicarlas todas. Ay ¡de las naciones cuando, so pretexto de pacifismo y civilismo y acaso para excusar la propia timidez, se deprime á los hombre de coraje, motejándolos de macheteros y caudillos, y se ensalzan las ventajas del retraimiento en las horas críticas en que es preciso jugar el todo por el todo! A las sociedades que no sepan honrar el valor, les llegará la hora en que no tengan defensores cuando más lo necesiten. Es el valor ó la falta de  él lo que conserva ó deja perder los Estados, y lo que los levanta ó los abate. Cuando aparecen los apologistas de la cobardía, la Nación está en vísperas de sucumbir.

El civilismo es bueno y loable, no como contrapuesto al militarismo, sino cuando por él se entiende la defensa de la legalidad contra la arbitrariedad, ejérzanla hombre de espada ó togados, ya que de nuestro país se dijo:

En Colombia, que es la tierra

De las cosas singulares,

Dan la paz los militares

       Y los civiles <dan guerra.>

 

Ni se le olvide que el General Santander es el único gobernante en nuestra historia que haya merecido ser llamado El hombre de las leyes,  y que el General López es una de las más apacibles figuras de repúblico de nuestra galería nacional.

II

Hay una forma del valor, por desgracia más escasa que el valor guerrero, y es el valor civil, que ya no viene del instinto de la propia defensa, sino que tiene su fuente original en la firmeza de carácter, de que se da muestra en el ejercicio de las funciones públicas y aun en ciertos actos de la vida privada. El valor civil es la resolución incontrastable que nos induce á confesar en alta voz y á sostener, cueste lo que costare, lo que pensamos y lo que creemos. Los hombres que poseen el valor civil son inquebrantables en sus opiniones; todo lo sacrifican, la vida inclusive, antes que plegarse á lo que consideran indebida exigencia ó imposición de voluntad ajena. Son de los que jamás se consideran vencidos, totalmente vencidos, porque están de continuo apelando de ahora para más tarde, y nunca desesperan.

Yerran también los que contraponen ó sobreponen el valor foto 22civil á la bravura militar, puesto que, en definitiva, son dos hermosas cualidades humanas derivadas de una misma nobleza de alma, y de ningún modo incompatibles. Difieren sí, porque es raro encontrarlas reunidas. La experiencia demuestra que, en general, le es más fácil al hombre el valor guerrero que el civil; en el combate se presenta todo propicio para inspirar coraje; pero mostrar carácter en la adversidad es más heroico, y así nada debe admirarse tanto como la intrepidez del hombre que sabe ser desgraciado con dignidad. A un Custine, que desafió el peligro en veinte batallas y palideció ante el cadalso, habrá siempre que preferir un Bailly, aquel sabio, Alcalde de Paris, que en cumplimiento de su deber proclamó la ley marcial é hizo disparar sobre las turbas amotinadas; condenado á muerte, mártir de la legalidad; explicó á los que lo torturaban y lo veían temblar, que tiritaba de frío, no de miedo.

Del valor civil nace el civismo, virtud política que es elemento vital de las democracias, y sentimiento que forma en el corazón de los buenos ciudadanos la adhesión á la causa de la República y los impulsa á abnegarse por el bien de sus connacionales. El civismo es patriotismo, pero difiere de él  en que se produce y manifiesta sobre todo en los negocios internos del país, mientras que el patriotismo es el amor de la patria, en general, y el deseo de verla feliz y gloriosa ante las demás naciones. Así, el patriotismo ha sido de todos los países y de todos los tiempos, en tanto que el civismo corresponde á una época moderna en que se ha generalizado el concepto de que cada ciudadano debe consagrar sus esfuerzos al bién público.

Anisemos para Colombia la difusión del civismo y la posesión de numerosos ciudadanos que tengan á la vez el valor civil y el militar. El día en que eso suceda, seremos dueños del porvenir.

III

Civis sum romanus, soy ciudadano romano, era la fórmula con la cual un hijo de Roma reclamaba, enhiesto y lleno de orgullo, las prerrogativa anexas á su calidad de ciudadano, como el inglés de nuestros tiempos cree haberlo dicho todo cuando exige el derecho de habeas corpus.

Al pronunciar esa fórmula, el poder tan absoluto de los pretores y procónsules se detenía, lleno de respeto.

¿Quién no recuerda haber leído aquella elocuente acusación fulminada por Cicerón contra Verres, prototipo de crueldad y de codicia? Cuneta la historia que lo que más indignó al pueblo que escuchaba al grande orador, fue el relato del suplicio de Gavio, ciudadano romano torturado y crucificado por el procónsul de Sicilia:

<Jueces, exclamaba Cicerón, un ciudadano romano ha sido apaleado en medio del foro de Mesina; ningún gemido se escapó de su garganta; entre tántos dolores y golpes, una sola preferían sus labios: Civis sum romanus, lo que a su parecer bastaba para suspender los tormentos y desarmar a sus verdugos. Pero nó: mientras proclamaba sin cesar ese título augusto y santo, una cruz, sí, una cruz le preparaban al infortunado! ¡Atreverse á crucificar á un ciudadano romano!

<Más si tú mismo, Verres, te encontrases entre los persas, ó en la India, próximo á ser llevado al suplicio, ¿qué grito lanzarías? Civis sum romanus, y ese grito te salvaría la vida entre pueblo s bárbaros de quienes serías desconocido, porque el nombre glorioso y temido de Roma te serviría de talismán en cualquiera nación, aun de las relegadas á los límites del mundo. Y sin embargo, el hombre á quien arrastraste á la muerte oprobiosa de la cruz, se dijo ciudadano romano, y ese título que invocó no pudo obtener de ti la vida ni el aplazamiento de la muerte!>

Quien no recuerda también que cuando San Pablo fue detenido en Jerusalén, á causa de la nueva doctrina que predicaba, el Tributo lo hizo conducir á una fortaleza y ordenó que lo flagelaran, pero desnudo ya y  atado al poste, San Pablo le dijo al centurión que presenciaba la escena:

            -Te atreverás a flagelar á un hombre que es ciudadano romano y que no ha sido condenado en juicio?

Oyendo esto el centurión suspendió el castigo, se acercó al Tribuno y le dijo:

-Ese hombre asegura que es ciudadano romano.

En el acto, el Tribuno vino á San Pablo y le preguntó:

-¿Cierto que eres ciudadano romano?

-Lo soy.

-Compre ese título á alto precio, manifestó el Tribuno.

-Y yo lo tengo por nacimiento, replicó San Pablo, no sin ufanía.

Incontinenti, el tribuno lo mandó soltar y se le excusó rendidamente, como temeroso de la pena que podría sobrevenirle, sólo por haber mandado atar á un ciudadano romano, aun ignorando lo que fuera.

Veinte siglos han pasado, el cristianismo y la civilización nos han hechos á todos algo más que ciudadanos roanos, ciudadanos del universo, ciudadanos de la humanidad, iguales ante las leyes, que deben ser protectoras de todos, sin distinción. Y sin embargo, hay ahora sobre la tierra , un país bárbaro, de esos al que se refería  Cicerón, en que sistemáticamente se abruma a una porción de sus habitadores con las cargas de la ciudadanía, pero al propio tiempo se les priva de las prerrogativas que deberían serle anexas, un país en los que algunos de los que se dicen discípulos  de San Pablo predican el exterminio de una parte de sus hermanos y su reducción a la servidumbre política y civil;  un país al que se recluta a la fuerza a los hijos del pueblo y donde hasta hace poco, se les flagelaba en cuarteles; y un país donde no ha sido raro mandar los ciudadanos al tormento y a la muerte sin juzgamiento legal previo.

¿Cuándo los hombres de ese país podremos proclamar con altivez: foto 6ciudadano colombiano soy, como título de hora, resumen de sus deberes pero también de sus derechos resueltos a cumplir aquellos, pero también a defender a estos, como miembros de una sociedad civilizada libre y responsable?

¿Cuándo, la sola enunciación de ciudadanía servirá, como en la Roma de hace más de dos mil años, para detener al funcionario abusador y obligarlo a inclinarse ante la voluntad del derecho? ¿Cuándo aquí donde no hay castas ni grados nobiliarios se considerará el título de ciudadano como paladión de la dignidad individual, y cuando los ataques dirigidos contra un ciudadano serán sentidos por el pueblo entero, celoso de sus inmunidades?

IV

Pasó la hora del valor militar en las luchas internas por el derecho en Colombia. Es la hora del valor civil. El ciudadano que por el egoísmo o por miedo se abstenga de concurrir a los comicios populares, desconoce el precio inestimable de la función del sufragio, quebranta las obligaciones que impone y carece de civismo, porque la prueba de indiferencia por la marcha de los negocios públicos.

Las juntas liberales de los municipios deben levantar el censo de los copartidarios que, pudiendo, no se inscribieron e inscritos  no votaron; Y de los que denegaron a contribuir para los gastos del partido: será el censo de los egoístas, de los cobardes y de los ahorros, víctimas de una triple atrofia: la del valor personal, la de la abnegación y la de la generosidad.

En cuanto a los otros, después de que a ciencia y paciencia de los poderes públicos, se les ha despojado por miles, con cinismo y audacia indecibles, de su derecho de voto, y después de que por miles se han inscrito en las listas a adversarios que carecen de calidades legales para figurar en ellas, ahora se pretende intimidarlos con la amenaza para que se retraigan en las urnas, forma de coacción moral precursora de la material.

Hay que revertirse de valor civil y personal para que ese cálculo artero no se realice. Hay que apelar al verdadero valor, en su forma de instinto de defensa para repeler el falso valor en su forma de prurito de ataque. Si al ir para las urnas, se les insulta de palabra, deben despreciar la ofensa, que solo es una celada para distraerlos de depositar su voto o producir adrede causales de nulidad donde se sienten perdidos. Si la agresión fuere de hecho, conviene ir prevenidos para repelerla. Donde los liberales sepan que hay disipación a atacarlos debe concurrir a la elección con la sonrisa en los labios… y el arma en el bolsillo.

Es una actitud muy bien definida por el artesano a quien un con centrista dijo en días pasados en una calle de esta capital:

– sepa que soy de los comisionados para dar garrote el día de las elecciones.

– ¿y no podías decirme desde ahora, -contesto el artesano- quienes son los comisionados para recibirlos?

Conocida en todas partes por los adversarios esa valerosa y serena  disposición de ánimo, se abstendrán de provocar y de agredir.

La garantía del orden y de la paz está en la preparación para la resistencia, esto es, para el ejercicio del derecho elemental y natural de la defensa. Todos hemos de esperarlo de nosotros mismos y no de una intervención de las autoridades, intervención que puede faltar o sernos adversa.

Es menester que se sepa que en este país ha llegado la hora de no seguir tolerando que una mínima parte de los ciudadanos oprima impunemente a una porción mayor, y que si el Estado es de paz, la ley debe regir, nó la violencia. La mejor contribución que los liberales podemos aportar á la conservación del orden es no permitir que se siga maltratando.

En ediciones anteriores de este diario y en la hoy mismo figuran noticias de cobardes atentados á liberales indefensos, por parte de conservadores armados y en pandilla. ¿No tiene así cumplida justificación a posteriori el apoyo que en forma pasiva, ó de silencio é inercia, prestamos al Quinquenio, en que cosas semejantes no acontecían?

Y si esto sigue así,¿Quién nos impedirá echar de menos el periodo de descanso que entonces tuvimos?

foto 3Carecemos hoy de garantías individuales y mientras no nos sean devueltas y castigados los detentadores, tenderemos dos derechos: el de acusar al Gobierno del presidente Restrepo de complicidad en lo que sucede, y el de confiar únicamente en nosotros mismos para nuestra seguridad personal y la práctica del sufragio.

Chócamos, humíllamos, duélenos profundamente la repetición de la noticia de que un copartidario inerme fue vejado, maltratado, herido ó muerto por una gavilla concentrista. Sabida la inclinación hostil de ellos, un liberal no debe andar solo ni desarmado, es necesario que todos estemos listos á defendernos, á impedir que se nos ofenda y á repeler toda intentona de menoscabar nuestro derecho. El testo de los telegramas que adelante esperamos recibir en casos tales es éste: “Vinieron a ofendernos y ultrajarnos, y llevaron su merecido.”

Tan hombres como lo que más lo sean, es imposible que nos coloquemos en una como permanente y consentida posición de inferioridad. Sólo cuando se sepan que quienes nos busquen nos encontrarán, habrá respeto y tranquilidad para todos en Colombia.

Las próximas elecciones pueden ser un certamen de cultura, únicamente para contar el guarismo de la mayoría y el de la minoría, ó pueden ser una exhibición de salvajismo. Todo depende del Gobierno y de los conservadores. Los liberales iremos tranquilos al debate, pero resuelto  a rechazar acometidas brutales.

RAFAEL URIBE URIBE

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