Demian

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DemianPor Patricia Suárez

Emil Sinclair vive con sus padres. Es aún niño. Y allí, en la casa, el orden, el amor, la compasión, el calor y la paz a la atura de los sueños, y el devoto fervor a la familia dentro de la normatividad religiosa del creyente, es dogma.

Sinclair, en la monotonía del buen vivir, reflexiona y decide en el oculto de su hacer… Nadie le habló del caos que subyace a todo orden; intuitivo ante el límite del credo que inhibe y la luz angelical de la doctrina que lo aburre, la dialéctica pulsional de sus instintos precipita la transgresión. Su cuerpo, sus músculos, todo él, quieren vivir y experimentar otras sensaciones.

Sinclair inventa una historia; busca ser aceptado por un grupo de muchachos. Franz Kromer, maloso, escucha atento, duda de la veracidad de aquella historia. Le hace jurar a Emil que lo que acaba de contar es verdad; en ese instante comienza, para este, un penoso tormento: el chantaje de Kromer lo obliga a pagar por su silencio. De lo contrario, denunciará el robo.

 La suerte le tributa un compañero de escuela: Max Demian, quien marca su espiritualidad y lo protege de Kromer.

Libre de acoso, Emil recupera el tranquilo transcurrir en familia y, fascinado por la fuerza persuasiva de Demian, su vida comienza un debate interior de paradojas, creencias y absolutos.

 Demian habla a Sinclair sobre Caín y Abel; su defensa a Caín se apoya en la “superioridad” que, rectora, se impone: “Verdad y mentira en sentido ‘extramoral’”. La fe, práctica que viene de su hogar, mengua.

Bares, alcohol y apetitos. Sin embargo, pensamientos en ebullición lo centran, generan en su ser y en su cotidianidad transformaciones decisivas. Se obsesiona por Beatrice; dibuja, busca huir de sus demonios, sueña, pinta un rostro de mujer y este lo impresiona. La fuerza que irradia es imán que le compele, de ella se enamora: la madre de Demian es a quien ha dibujado. Encontrar el camino, hallar en los descubrimientos nuevos un sentido a la vida, cadenas invisibles que lo llevan, y el premonitorio de la fuerza que subyace en las no coincidencias y que él llama destino.

El libro termina cuando comienza la guerra. Demian es reclutado, Emile también. Al reencontrarse “saben que ellos tienen la señal de Caín”.

La “dualidad del equilibrio” entre el bien y el mal organiza realidades y define a cada quien. Camino de incertidumbre donde el valor y la voluntad son faro si la escala de valores hacia el entorno y los otros se aplica con responsabilidad constante; y en el hallazgo, en el acto creador que “me” hace libre y ante el imperativo del bien en el aquí y en el ahora, en la memoria, en el no olvido donde la fuerza de  la imaginación y el amor a la vida permiten soñar en libertad, intuitivos; pensar la tradición en el contexto histórico sería, para mí, la reflexión a la ficción de este libro.

 

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