Desahogos en tono de improperio

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Por: Ana María Ruiz Perea

@anaruizpe

La dinámica es más o menos así: usted se levanta cada día a frentear la vida con la mejor actitud posible, intenta sonreírle con el primer café, verla bonita, pero apenas prende el radio o se conecta a las redes se da cuenta de que sus propios problemas cotidianos son apenas un asomo frente lo que pasa, aquí cerquita o allá lejos, porque alguien se encargó de hacer de éste, un mundo peor.

Desde milicianos somalíes islamistas, hasta gringos chafarotes enclosetados, guerreristas de todos los pelambres salpican muerte desde la pantalla, y la sangre le hierve cuando escucha a ex presidentes delirantes, a ministros obtusos, a alcaldes corruptos. Cuando usted amanece viendo el lado oscuro de la vida, comprueba que el espectro de la estupidez humana es inconmensurable.

Aunque las redes muestren la indignaditis colectiva con vituperios de todo cuño, a usted eso no le alcanza para expresar ese corrientazo de ira que retuerce las tripas, oprime el pecho, calienta las neuronas y, de ahí rápido, salta a la boca bajo la forma de la expresión universal del oprobio ¡Ese es mucho hijo de puta! o ¡hijueputa!, como quiera. Para rematar el insulto, o a cambio de él, las expresiones más populares para calificar al oprobioso son malparido o malnacido.

Dice mucho de la cultura machista que en la gama de los insultos, los más poderosos sean los que hacen alusión a la madre; no apuntan al personaje a deshonrar, sino a la mujer que carga con la culpa de traerlo al mundo. Eso no es justo, ni coherente. ¿Cuál es entonces la palabra de más grueso calibre para insultar a alguien por lo que es, sin meterse con la madre que lo parió que nada tiene que ver en el asunto?

Por ejemplo, a Omar Mateen el asesino de Pulse, ¿qué calificativo le cabe? ¿cuál le sienta bien al comandante de los milicianos que asesinó a 148 estudiantes en Kenia? ¿cómo se adjetiva al padrastro violador de la bebé de seis meses? ¿al asesino de Rosa Elvira Cely? ¿al funcionario que se roba la plata de la alimentación escolar? ¿al que ordeña los recursos de la salud? ¿al que mata ríos y seca páramos?

Las respuestas, para bien de nuestra pródiga lengua castellana, son abundantes. Un pequeño sondeo en Facebook me recordó muchas de ellas. Algunos insultos aluden a temas sexuales, como gonorrea, cabrón o carechimba. Otros recurren al reino animal, como bestia, lamprea, batracio o rata. Los muy políticamente incorrectos, a condiciones físicas como oligofrénico, tarupido (unión de tarado y estúpido), lamesobaco, o bobo cagado. Bazofia o basura relacionan al humano con los peores desechos, y pelafustán o lumpen, con una condición de clase.

Como en Baracunatana (garulla retrechera abeja bergaja fulera guaricha garosa morronga farisea gorzobia) no es más que usted pregunte, y cada quien le puede cantar su tabla que, según la región, incluye pirobo, garbimba, imbécil, gurrupleta, crápula, pichurria, tripanosoma, zamacuco, cruzapia, petardo, poquito. Cada una de ellas disponible con los prefijos triple, tetra o catre.

El problema es que en una cultura de intolerancia y llena de apariencias como la nuestra, las palabras que se utilizan para insultar son rápidamente entendidas a un llamado a la guerra, a los golpes, al machete o a la bala. Siendo como son, palabras, los insultos son una descarga emocional mediante nuestra arma más inteligente y afinada, la lengua. Las palabras soeces filtran la rabia y permiten el desahogo sin llegar a la violencia física. Si no me cree, pruebe el alivio que se siente al decirle a los hampones que salen en las noticias, sean asesinos, ladrones o corruptos, ¡bellaco, cafre, bribón, cretino, cheque chimbo, me limpio el culo contigo y me queda sucio! Con eso le garantizo que no va a poner en la cárcel al hampón, pero usted va a dormir mejor porque no tragó entero, ni rompió el televisor de la piedra que le dio seguir constatando cómo hay gente que se empeña en hacer de éste un mundo peor.

A pesar de la abundancia de insultos, de su sonoridad y de la enjundia que se ponga para soltarlos, pareciera que lo único que se compara con el efecto del llamado materno es soltar no uno, sino una sarta de adjetivos descalificativos. En idioma castellano, el asunto está documentado desde el deslenguado Don Quijote cuando insulta a Sancho Panza: Traidor, descompuesto, villano, infacundo, deslenguado, atrevido, desdichado, maldiciente, canalla, rústico, patán, malmirado, bellaco, socarrón, mentecato y hediondo.

Siempre es mejor debatir que insultar. Pero una cosa es insultar y otra amenazar o asesinar. Califiquemos como se nos venga en gana, descarguemos serotonina con palabras, pero no con balas. Tal vez, en este país de muerte aprender a insultar sea un camino para empezar a reconciliarnos, para dejar de matarnos.

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