Desde el resguardo indígena al municipio minero

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NUEVA FOTO CierPor Hernando Uribe Castro
Centro Interdisciplinario de Estudios de la Región Pacífico Colombiana, CIER
Universidad Autónoma de Occidente

En diciembre de 2013 tuve la oportunidad de visitar dos lugares que, perteneciendo al mismo departamento de Caldas, evidencian dos realidades diferentes: por un lado, el resguardo indígena Cañamomo Lomaprieta, en Riosucio, y por otro, el municipio minero de Marmato. La observación de campo y el diálogo con los actores comunitarios en sus propios lugares de vida y las discusiones dadas, muestran diferentes formas de apropiación, construcción, significación, uso y defensa del territorio.

En el resguardo indígena se evidencia que la cosmogonía ancestral, a pesar de su resistencia sociocultural, ha sido filtrada por algunos procesos modernizadores tanto del orden familiar y doméstico, como en el orden productivo y comunitario. Se destaca en esta comunidad el alto valor simbólico por la tierra, agua, aire y el espíritu. El mundo físico está en contacto con sus creencias mágicas y religiosas. Una comunidad que vio perder su territorio, a principios del siglo XX, frente a colonos y terratenientes que lo destruyeron con la dedicación a la actividad ganadera, pero que con la lucha comunitaria organizada y el empoderamiento de los grupos indígenas, se logró recuperar. Hoy es un territorio en el que se respeta el conocimiento de los adultos mayores y se ha logrado recuperar el valor por la diversidad natural, el valor simbólico por la tierra y la implementación de acciones productivas sostenibles para el aprovechamiento y sostenimiento de la comunidad. Todo, en el marco de la autodeterminación de los indígenas.

Diferente es lo que sucede en el municipio de Marmato, donde existe una hibridación cultural afrodescendiente, indígena y mestiza. Un lugar donde los elementos de la naturaleza se convierten en recursos para su aprovechamiento y destrucción, privilegiando la ganancia económica por la extracción del oro. Toneladas de roca y tierra que desangran y derriten las laderas del cerro El Guamo, que poco a poco se convierte en una montaña sin piel, desangrada desde sus profundidades, por la búsqueda constante del metal precioso. En Marmato, la presencia del oro llama la atención de inversionistas extranjeros y compañías multinacionales que pretenden borrar de la cartografía colombiana al municipio para realizar minería a cielo abierto.

Una montaña de oro que no es coherente con las condiciones de vida que tienen sus habitantes, en materia de progreso y justicia social. La comunidad marmateña se ha organizado no para acabar con la actividad de extracción de oro que tanto impacto tiene sobre la vida social y ambiental, sino para defenderse de las grandes multinacionales para que no lleguen y los expulsen, y para poder continuar con sus actividades de minería artesanal. En Marmato, lo mágico y religioso no está en los elementales de la naturaleza, sino en las historias de fantasía y mitos de terror y miedo para el control social, como la bruja y el duende.

Esta es Colombia, un país de distintas realidades, donde el Estado brilla por su ausencia, para dejar gran espacio a la acción del mercado, que aplica al máximo el modelo extractivista y devastador, que como sucede en Marmato, tiene enormes efectos ambientales, a lo que se suma la posibilidad de que una multinacional acabe con el patrimonio histórico y cultural; del mismo modo, una Colombia que da la espalda a las comunidades tradicionales y ancestrales que hacen apuestas por cambios sociales, por resistir a las demandas del mercado y por tratar de mantenerse y conservar lo máximo posible algunas de sus tradiciones y costumbres, siempre en la idea de defender la naturaleza, es un país que deviene sin un proyecto claro de desarrollo armónico entre los seres humanos y la naturaleza.

Considero, finalmente, que se debe atender y conocer más profundamente la propuesta de las comunidades indígenas que en su trasfondo impulsan las alternativas comunitarias al modelo de desarrollo capitalista, a partir de un conjunto de actividades prácticas que empujan hacia la solidaridad, la confianza, el trabajo mancomunado, el conocimiento y el respeto por las dignidades humana y ambiental. Se debe continuar el diálogo con los pobladores en Marmato, no solo para apoyar su lucha y defensa contra las multinacionales, sino para trabajar con ellos en términos de una mejor comprensión de los impactos que sus actividades mineras tienen sobre el territorio. Entre todos, exigir por un Estado con mayor presencia y responsabilidad socioambiental.

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