¿Diálogos de paz o compromisos para superar el conflicto?

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Por Germán Ayala Osorio

Comunicador social y politólogo

 Ahora que vuelve el país a confiar en un proceso de diálogo en aras de poner fin al eterno conflicto social, político y armado, resulta clave revisar el sentido con el que se han dado las anteriores negociaciones. Para ello, propongo esta tesis: se ha dialogado con las guerrillas, pero realmente no se ha trabajado para generar espacios de paz.

Separo, entonces, los escenarios de diálogo y la consecuencia esperada: la consecución de la paz. Con diversos resultados, positivos y negativos, los pasados procesos de pre y de negociación son expuestos como fallidos en tanto la paz, como objetivo final, no se logró en cada uno de los esfuerzos hechos por sucesivos gobiernos y las eternas guerrillas colombianas.

Es claro que un proceso de diálogo entre fuerzas enfrentadas, que no termine en la firma de la paz, debe considerarse como fallido. Pero el punto de quiebre que propongo está en que hay que advertir y reconocer, por lo menos, dos tipos de ideas de paz.

Una primera idea deviene sujeta a los diálogos de paz establecidos y  cobra vida por la existencia de la guerra, del enfrentamiento bélico entre unas fuerzas subversivas y otras que tienen el carácter estatal que las legitima de forma natural; y  otra idea de paz deviene de las circunstancias histórico-contextuales que hay que cambiar para allanar un camino amplio de reconciliación y de negociación. Allí estamos ante concepto de paz amplio, sistémico y generoso, que guarda estrecha relación con la aceptación política y social de que efectivamente existe un conflicto que no solo es armado.

Las diferencias no son semánticas. Se trata de dos perspectivas distintas de concebir la paz y los diálogos. Cuando la paz se concibe casi de manera exclusiva como un estadio de llegada en el que se dan desmovilizaciones, se crean partidos políticos y se entregan curules para los excombatientes, entre otras circunstancias, entonces, lo negociado no busca superar el conflicto armado interno, sino poner fin a la guerra, es decir, al enfrentamiento entre una o más fuerzas que  desafían política y militarmente al Estado.

Ese fue el talante de las negociaciones de paz que se dieron, por ejemplo, con el M-19 y con las Farc, en un momento específico. Para el primer grupo armado ilegal se logró la dejación de armas y su participación política en la Asamblea Nacional Constituyente, donde tuvieron asiento sus principales líderes. La idea de paz de ese momento se circunscribió a esas circunstancias, más cercanas a la finalización de los enfrentamientos armados entre esa guerrilla y las fuerzas del Estado, pero alejadas de la idea de recoger las razones que justificaron el levantamiento del M-19, con las que demandaban y buscaban que la nación rectificara ese camino de exclusión política y social, en aras de ampliar y profundizar la democracia a través de la consolidación de un verdadero Estado soberano y moderno.

 En la Asamblea Nacional Constituyente se recogieron esas demandas de los entonces combatientes del M-19, pero las condiciones contextuales no cambiaron, no se modificaron hasta el punto de que la Carta Política de 1991, como pacto de paz, no trajo o no logró la superación del conflicto, aunque sí permitió el avance en materia de ofrecimientos de garantías para el goce de los derechos humanos. Y no se superó el conflicto porque se mantuviera la presencia armada de las Farc y del Eln. No. El conflicto existe hoy en día porque la idea de paz que trascendió a la sociedad iba sujeta a la finalización de los enfrentamientos y a los hechos de guerra y no a la modificación del sistema y el régimen económico y político existentes y vigentes en el país.

Para el caso de los diálogos de paz entre el gobierno de Belisario Betancur Cuartas y las Farc, la creación de la Unión Patriótica (UP), como su brazo político, sirvió para confirmar las complejas circunstancias histórico-contextuales en las que ha sido posible hacer política y participar de la vida pública del país. Es decir, un contexto violento en el que a la izquierda se le persigue y se le asesina, y a quienes piensan diferente y exigen cambios a las fuerzas del Establecimiento se les estigmatiza y se les cierran espacios de expresión. El genocidio de la UP es una muestra clara de ese complejo contexto político de un país con una larga tradición de violencia política que está asociada a un proyecto económico neoliberal.

Así las cosas, negociar la paz  sin proponer y asegurar un cambio cultural, modificar las relaciones de poder y exigir que la élite privilegiada ceda en sus privilegios y en sus pretensiones, sólo servirá para matizar el conflicto y, de pronto, para avanzar en la desmovilización de fuerzas guerrilleras que en un momento histórico decidan avanzar hacia una idea de paz alejada de la posibilidad de superar un conflicto que no solo es armado.

 Por lo anterior, resulta clave que conceptualmente haya acuerdos entre las partes sentadas en la mesa de diálogo, alrededor de nomenclaturas como conflicto político, armado y social, paz, guerra y postconflicto, desde la perspectiva de aceptar que históricamente diversos actores políticos, sociales y económicos vienen sosteniendo un régimen político inviable, indigno, ilegítimo y profundamente excluyente y violento.

En ese sentido y ante la urgente necesidad de iniciar diálogos de paz sobre la base de un consenso discursivo alrededor de categorías y conceptos fundamentales para hablar todos el mismo lenguaje, recojo algunas ideas registradas por varios medios masivos colombianos el 18 de octubre de 2012, día en el que tanto voceros de las Farc como del gobierno de Santos anunciaron al mundo la iniciación de los diálogos de paz.

El negociador del gobierno de Santos, Humberto de la Calle señaló: «Esperamos que al final podamos anunciar la dejación de las armas, aunque estamos conscientes de que esta no será la paz, será su antesala». 

Entre tanto, ELTIEMPO.com  reprodujo lo siguiente: “…la finalización del conflicto no es en sí misma la consecución inmediata de la paz. La fase 3 es el escenario para las transformaciones necesarias que serán el verdadero motor de la paz. El gobierno ha puesto en marcha una agenda audaz para introducir cambios sociales profundos en nuestra sociedad.  Tiene una agenda progresista y ha reconocido  la inequidad y la desigualdad existente en Colombia”.

La idea destacada puede indicar que el vocero del Gobierno tiene una idea de paz que no se circunscribe a la existencia de la guerra, su terminación y la dejación de armas como punto final. Y por ello, a renglón seguido, señala que Santos viene preparando el país para hacer las transformaciones sociales y políticas que lleven a la edificación de escenarios de paz y de posconflicto.

De la Calle parece convencido de que de verdad el país se está transformando para superar la inequidad y la desigualdad. Pero la verdad es que la actual reforma tributaria contradice el discurso y las ideas planteadas por el exvicepresidente de Colombia. Otro ejemplo que pone en duda aquello de las transformaciones de las que habla el vocero del gobierno de Santos es la forma como viene operando la locomotora minera, que viaja sin controles ambientales, políticos y sociales. Santos, sin duda, viene gobernando para el gran capital nacional y transnacional, y por ese camino, se está profundizando el conflicto colombiano.

Las transformaciones que requiere este país no se agotan en marcos jurídicos para la paz o para la restitución de tierras y la entrega de subsidios (Familias en Acción). Hay que modificar el modelo económico, consolidar un Estado social de derecho, establecer una política ambiental de claro beneficio nacional, tocar los intereses de grandes latifundistas, empresarios y banqueros y ponerle límites a la inversión extranjera.

 El Estado debe, además, ser capaz de hacerse al monopolio de las armas y de imponer gravámenes a los más ricos. Por lo anterior, para superar el conflicto social, político, económico y armado de Colombia es urgente que las negociaciones se hagan con el Estado y no de manera exclusiva con el gobierno de Santos; y además,  se logre la dejación de armas y se asegure el futuro económico y político de todos los combatientes de las Farc y no solo el de la cúpula que hoy dialoga.

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