Diez artistas vallecaucanos

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A principios de los ochentas Miguel González hace un recorrido por el arte de la ciudad y nos hace una pequeña caracterización de estos autores que marcaron a muchos de los actuales artistas.

Ever Astudillo 1Estos artistas han significado a lo largo de varias décadas las referencias inmediatas del mejor arte en el Valle del Cauca. Aunque no son los únicos, sí representan al grupo profesional más calificado para señalar caminos contrastados en la práctica artística. Cuando nos enfrentamos a productos diversos provocados por autores que ejemplifican cuatro décadas es muy difícil un conjunto coherente la línea de acción que mantenga el interés necesario para que el grupo no desfallezca. Esta reunión aspira no solamente a juntar nombres sino trabajos, que por su propuesta oportuna signifiquen el sorteo de un problema o problemas de interés general dentro de los sucesos de nuestro arte.

Muchas de las obras aquí exhibidas han acaparado la atención crítica en los momentos que se expusieron por primera vez y han sido valoradas en otras oportunidades en que se han mostrado en exposiciones retrospectivas, de tal manera que no sobra remirarlas para comprobar que sus efectos sugestivos y/o de aportes al arte colombiano de los últimos tiempos.

En la década del 50 fueron frecuentes las exhibiciones individuales de Lucy Tejada, Omar Rayo y Hernando Tejada quienes aquí representan esa generación, aunque sus estilos solamente pudieron consolidarse a partir del primer lustro de la década siguiente. Así la pintura de Lucy Tejada ya consiguiera penetrar con acierto el terreno del interés, en obras como Mujeres sin hacer nada (1955), cuadro que mereció reconocimiento en un Salón Nacional y ahora está presente. Esta figuración suya fue buscando el lirismo como argumento a trabajar; para procesarlo buscó toda suerte de combinaciones infrecuentes como el collage, los accidentes controlados, la preparación de superficies estratégicamente adobadas. Ejemplos que los trabajos Como Rosa (1968), Macondo (1970), Muro de infamia (1973) y Jardinero prohibido (1977) pueden suministrar, al tiempo que facilitan el seguimiento de un dibujo al servicio de lo pictórico donde se ha gestado toda su personalidad.

Omar Rayo Escultura
Escultura de Omar Rayo

En 1963, luego de varias exhibiciones en México y Estados Unidos, Omar Rayo vuelve a Colombia con una muestra donde su pintura decide problematizar su determinación geométrica, acusando la búsqueda de nuevas dimensiones formales y consiguiendo lienzos de formas irregulares y adosando cilindros y otras figuras a sus pinturas de bordes duros y sombras sugestivas. Ilustran esta aventura formal pinturas como Trip to Rio (1963), A Cali junto (1966), Arrebol (1969), Catío y Embera (1970), las cuales también señalan una sintonía de lo óptico y el nuevo uso de la geometría en nuestro medio. Rayo al tiempo estaría produciendo los intaglios blancos y con colores preciosos, también dándole un amplio prestigio y señalando el camino para un auge gráfico sólido.

Desde 1965 la obra de Hernando Tejada se deja seducir por la madera; los relieves iniciales van dando paso a esculturas muebles que son frecuentes en su producción a partir de Rosario la mujer Armario (1968) que sirvió de base para una serie que incluye trabajos como Sacramento la Mujer asiento y Berta la Mujer Puerta (1970), presentes en esta exhibición, para indicar el proceso de un trabajo que opcionó con sus motivaciones y ajustes la incorporación de las más claras tradiciones populares, fusionándose con las sofisticadas líneas del Pop y sus irónicos lúdicos objetos. Hernando Tejada, con una perspectiva de buen humor inocente y optimista, entrega una de sus últimas producciones, El Organillero (1982-1983), donde se enfrenta a su propio auto-retrato, refiriéndose en un aparato mecánico reproductor de sonidos.

En los años sesentas realizaron sus primeras exhibiciones individuales y comenzaron a ganar posiciones los trabajos arrogantes y dramáticos de Leonel Góngora y Pedro Alcántara, cuyas versiones terribles de la condición humana fueron acertadas ilustraciones de la violencia como una condición cotidiana en el territorio nacional. Hoy que se repite el contexto social y el interés por las formas ampulosas y estridentes, sus agudas observaciones sobre el terror, la muerte y lo inconfesable, a la vez que los maniqueos desórdenes en áreas de los cuadros, otra vez convulsos y acalorados, los intentos y logros de Pedro Alcántara 1Góngora y Alcántara son referencias obligadas y sus personalidades crecen como sustentaciones en las cuales es oportuno hallar lo profético. Góngora se decidió por los colores incompatibles, el dibujo nervioso apto para engendrar figuras inicuas y vituperadas. Alcántara dio su versión acudiendo al color negro como un generador de contrastes y acusador de formas viscerales tan repugnantes como heroicas. La derrota y el desprecio a un orden de equilibrio alimentaron sus argumentos, hoy proyectados nuevamente en grandes zonas como en su anterior dibujo de 1966, El Martirio Agiganta a los Hombres-Raíces que parece reencarnar en un rito tribal protagonizado por Los Ancestros de hoy.

De 1966 es la serie Ángeles  que María Thereza Negreiros logró producir y exhibir en ese momento y que constituye uno de los momentos más acertados de su producción por cuanto consigue metamorfosear los juguetes populares de trapo a inquisitivas formas densas y sugestivas, donde el barroco colonial y monstruosismo caricaturesco se daba cita en el trabajo cuya validez hoy resulta iluminadora; dispuesto a plantear el color arrogante y las figuras recortadas y expresivas en superficies erizadas por una topografía exaltante y rica, tanto en lecturas como en advertencias.

En los años setenta Ever Astudillo y Oscar Muñoz se plegaron a una investigación de la arquitectura ciudadana, sus formas y su poética. Eligieron el fotorrealismo como el acertado camino por donde han transitado hasta hoy, inspeccionando los accidentes informales y consiguiendo resultados que aparentemente se presentan similares pero que realmente son disímiles. Así la mirada de Astudillo va dirigida hacia la ciudad y el barrio, como un suceso general capturable en la mañana temprano o a las últimas horas de un crepúsculo absorbente y misterioso, donde se dejan ver las gebas y los camajanes departiendo en las “barras” callejeras. En otra dirección, los dibujos sobre papel o lienzo de Oscar Muñoz, van penetrando en los corredores, de las habitaciones y el espacio cerrado e íntimo del hombre anónimo.

Allí no solamente se captura su condición con los respectivos objetos denunciantes, sino la luz, manchas y accidentes que su habilidad técnica sabe valorar, y con los cuales arma trabajos que han ido creciendo en múltiples direcciones.

Alicia Barney concentra en sus investigaciones el ardor multidisciplinario Alicia Barney 1en que se ha edificado su obra, trabajos como Los Músicos (1977), Yumbo (1980), o los últimos aparatos en hierro, lona y diversas materiales de 1984, ahora presentes en esta exhibición, y a través de los cuales es efectivo encontrar las pautas que han animado su trabajo alimentado por la ecología y los problemas plásticos que esa poética reclama.

El arte de Alicia Barney ha ido concentrando su poder y destreza en la manipulación inteligente de los elementos que usa y en la reflexión que es capaz de generar; su trabajo busca insistentemente problematizar y cada obra replantea conflictos que se van presentando sujetos al giro argumental, desatendiendo la idea del estilo y acudiendo a diversos métodos y procedimientos; por eso cada obra suya ilumina un nuevo sendero donde nada es superficial o fácilmente decorativo.

Si bien Alicia Barney representa la práctica brillante de un arte de procesos por la vía de materializaciones disímiles, los grandes dibujos pictóricos de Rodolfo Vélez muestran la nueva sensibilidad ilustrada en trabajos neo-expresionistas, irónicos y sarcásticos, donde las superficies son trabajadas con diversos procedimientos logrando efectividad en las imágenes estratégicamente desarticuladas. Este grupo de cuatro generaciones, actuantes y con sus obras en diversas fases de renovación, constituyen las mejores referencias de artistas que viven o han nacido dentro del territorio señalado, logrando que el producto de sus trabajos determinen la apreciación de las ideas y formas que han sustentado el arte por espacio de varias décadas.

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