Dimisión del Estado, masculinidad y poder

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Por Elizabeth Gómez Etayo

Integrante del Centro Interdisciplinario de Estudios de la Región Pacífico Colombiana, CIER

Universidad Autónoma de Occidente

Las renuncias del Defensor del Pueblo, Jorge Armando Otálora, del Viceministro del Interior, Carlos Ferro, y del Director General de la Policía, Rodolfo Palomino en el último mes, por razones asociadas al ejercicio de su sexualidad, es un tema interesante de abordar desde la perspectiva de los estudios de género y de las masculinidades. Importante destacar que luego de verse estos tres personajes envueltos en escándalos de tipo sexual, finalmente renunciaron por la presión mediática.

Hilando más delgado sobre la construcción social de una cierta masculinidad asociada al uso de la dominación, vale la pena reflexionar sobre lo que estos sujetos masculinos han hecho, bien sea para lograr que sus subordinados accedan a sus deseos, o para lucrarse personalmente. En el caso del dimitido Defensor del Pueblo, se generaron todo tipo de comentarios polémicos respecto de si en efecto sostenía una relación de pareja con la abogada Elena Cristancho, quien fungía como su secretaria privada.

Al respecto, algunas consideraciones: si bien no son pocos los hombres que en la intimidad de la vida marital ejercen dominación sobre sus parejas a fin de obtener placer, lo que claramente está tipificado hoy en día como violencia conyugal, un hombre con tal investidura estatal, la de defender los derechos de la población colombiana, no puede olvidar nunca la función que representa y él, más que los otros, debe evitar incurrir en tales prácticas de abuso. No puede defender el pueblo, quien desconozca los derechos de las mujeres.

No obstante, a juzgar por los informes periodísticos, que dígase de paso son cuestionables en la forma que vulneraron la intimidad de Otálora, pues publicar las fotos no agregaba valor al ejercicio investigativo y debieron quedar como reserva del sumario, Otálora es un hombre común y corriente, hijo de esta cultura machista, es decir, un hombre que en lo más íntimo de su ser refleja varios aspectos asociados a lo que los sujetos masculinos hacen para contener a su mujer cuando las estrategias afectivas se han agotado.

Por otro lado, para el caso de Ferro, en el video donde conversa con un Capitán –oficial subalterno de la Policía- sobre sus actividades sexuales, se evidencia una práctica bisexual que expresa una doble vida: la pública y la secreta. En la pública es un hombre heterosexual, casado y con dos hijas, en la secreta es un hombre que, al parecer, le gusta tener sexo con otros hombres. Esto es muy común hoy en día, y desde siempre en la historia de la humanidad, a muchos varones. El detalle que agrava la situación de Ferro es que se trata de un funcionario del Estado, del alto gobierno y que según los informes periodísticos, para acceder a tales hombres que satisfacen su placer sexual, ha habido tráfico de influencias y de dinero, lo que se constituye un uso indebido del poder.

Finalmente, el caso más sonado y controversial, es el del Director General de la Policía, Rodolfo Palomino, a quien se le investiga por hacer parte de la llamada “Comunidad del anillo”, una suerte de práctica proxeneta al interior de la Policía nacional, en la cual los superiores promovían el ascenso de militares a través del tráfico sexual; intercambio asociado al pago de importantes sumas. De nuevo, como en los casos anteriores, esta también es una práctica común a muchos hombres, que se agrava por la función pública que este hombre representa.

Frente a los tres casos mencionados, vale la pena pensar en la condición humana que revelan estas prácticas masculinas de funcionarios públicos. No se cuestiona el libre ejercicio de su sexualidad, lo cuestionable es el uso del poder y de la dominación para obtener beneficio personal, como también el abuso de la investidura pública para los mismos fines. Este es un ejemplo más de como el concepto de Estado y la institucionalidad se desdibuja en personajes de altos rangos, de forma que la condición del bien público se empieza a personalizar a través de éstas y otras prácticas. Las prácticas de estos tres funcionarios indican mal manejo de lo público, en los dos últimos casos más grave que en el primero, porque comprometen recursos estatales.

Estos tres hombres son tan comunes y corrientes que no logran separar su vida privada e íntima, y pasan el límite de lo público y de la investidura que representan para satisfacer sus deseos. Son un buen ejemplo de toda la tarea que nos queda por hacer en aras de construir una nueva masculinidad que pueda ejercer el poder de forma transparente, donde el ejercicio de la sexualidad no comprometa la vida gubernamental.

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