Doña Gladys

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Por Santiago Jimenez Quijano

@santiagojq

Lo primero que dije, ¿qué otra cosa podría decir?, es que se trataba de una mala idea. Pésima. Eso último lo pensé, pero lo que dije no lo debí haber dicho. Ya sabía yo cómo era Deyanira. Pero la noticia me tomó por sorpresa y fue un acto reflejo. Además, estaba el hecho de que se trataba de un absurdo y que el tono desenfadado con que Deyanira me había contado sus intenciones de que su mamá se viniera a vivir con nosotros una temporada, así, como si me estuviera diciendo que el almuerzo estaba listo o que había que pagar la cuenta del teléfono, me habían hecho reaccionar intempestivamente. Es lógico pensar que ella sabría cuál sería mi reacción y que, en consecuencia, hubiera actuado de esa manera siendo plenamente consciente de lo que hacía. De esta manera pondría las cosas a su favor y sería muy difícil convencerla de que yo no era un monstruo de otra forma que no fuera seguir sus caprichos. Es conveniente que el lector sepa que este proceder hacía parte de un comportamiento sistemático de parte suya, que se había venido presentando en los últimos meses y que tenía por característica principal el empeñarse en hacer todo lo que yo alguna vez había expresado como algo que no estaba bien hacer, con la intención de darle el sentido absolutamente contrario. Es decir que, en el caso que nos compete, interpretó mi respuesta, que se trataba de una mala idea traer a su mamá a vivir con nosotros mientras asimilaba el abandono de su esposo, como la confirmación de que era algo deseable. Si yo le hubiera dicho que estaba bien, que sería un gusto compartir mi hogar casi desecho con doña Gladys, entonces se lo habría pensado dos veces y probablemente, al final de la noche, habría desistido de cometer semejante exabrupto.

El lector también debe saber que una buena parte de mi aprensión al respecto, si no toda, tenía que ver con que doña Gladys me odiaba. A sus ojos siempre había sido un inadaptado, un ser echado a perder. Como todas las mujeres pobres, doña Gladys soñaba con que su hija se casara con un doctor, que en el lenguaje de los estratos bajos no significa alguien que ha estudiado medicina o que se ha doctorado, sino, básicamente, alguien que trabaja ocho horas al día y se pone corbata. A veces también un abogado. Así que siempre que íbamos a su casa, es decir cada maldito domingo del año, doña Gladys tenía disponible un buen arsenal de cosas poco agradables para decir de mí. Su hobbie parecía consistir en compararme con los esposos de sus vecinas, hombres trabajadores y decentes, según ella, y a los que yo veía como unos desgraciados esclavos que no merecían de mi parte nada diferente a una profunda compasión. Pobres seres mediocres que llevaban existencias miserables, enredados en un sistema que los vaciaba por dentro y al que le debían, como se dice, esta vida y la otra. Pero cada vez que salía de la casa de doña Gladys, luego de oír sus inacabables alabanzas a esos hombres abnegados y virtuosos, casi que sentía envidia por ellos y sus sueldos fijos, por sus compras a treinta y seis meses de todo lo que el capitalismo tiene para ofrecer, desde un carro hasta el último celular, y entonces las dudas que siempre me habían perseguido desde que había decidido llevar el tipo de vida que llevo ahora, abriéndome camino con mi propio talento y creatividad, sin pertenecerle a nadie, y por lo tanto lleno de afugias económicas y sitiado por la incomprensión general, se acrecentaban y me carcomían el cerebro.

Pero había sido esta decisión la que, al principio de nuestra relación, como ocurre siempre en estos casos, había llevado a que Deyanira se enamorara de mí hasta el punto de la idolatría. Cuando sus amigos preguntaban, no sin picardía, por mi sueldo, ella respondía con un orgullo que le hacía brillar los iris, que yo era muy inteligente, muy culto. Todo lo que yo escribía ella lo leía y le fascinaba, así se tratara de las cosas que yo descartaba porque no alcanzaban la calidad que pretendía y que, en esos tiempos, podían llegar a representar el noventa y nueve por ciento de lo que ponía en el papel. Pero eso a ella no le importaba. Vivía alardeando de mí con su familia y con sus amigos, cosa que me hacía sonrojar, y no escatimaba en demostrar el amor que sentía por mí. Yo, por mi parte, estaba encantado con Deyanira. Pero no respondía a su locura con la misma pasión. Le decía que no fuera tan escandalosa, pero en el fondo disfrutaba la admiración que profesaba por mí. Debe saber el lector que en esta forma de vida la confianza lo es todo. Y que, por lo general, es muy difícil encontrarla en uno mismo, a riesgo de convertirse en un escritor tipo Paulo Cohello. Así que hay que encontrarla donde sea. Por eso había desistido de encontrar a alguien como yo. Deyanira era perfecta porque estaba en las antípodas del mundo por el que yo caminaba. Para ella no había nada con qué comparar lo que yo hacía, nada que valiera la pena, quiero decir, porque ahí estaban sus novelas del mediodía y sus narconovelas de por la noche, que no le daban a los tobillos a lo que yo hacía y eso era algo tan evidente que hasta ella podía entenderlo.

Como el lector podrá inferir, esta situación, el amor de Deyanira, no podía extenderse demasiado en el tiempo. Llegó el momento en que la falta de reconocimiento a mi trabajo por parte de alguien externo a nuestra relación ―así como la escasez de dinero que venía con esa indiferencia―, empezó a abrir pequeñas grietas en nuestra relación que, con el tiempo, y ante un evento que irrumpiera con la suficiente fuerza en nuestras vidas, terminarían por derrumbar la estructura completa. Y ese cataclismo, finalmente, se había materializado: era doña Gladys viniendo a vivir en nuestra casa porque don Ananías se había hartado y la había abandonado por una mujer de la edad de Deyanira y de la que tenía un hijo de dos años, del que ella no sabía nada.

Tal vez fuera esta desafortunada situación, esta humillación pública que había sufrido doña Gladys, la que la volvió humilde y alejó de su personalidad esa altanería con la que trataba a todo el mundo. Así fue como un día, cuando ya llevaba viviendo con nosotros varias semanas en las que su comportamiento había sido ejemplar, la verdad es que su presencia apenas se notaba, nos encontramos almorzando solos en la casa como todas las tardes entre semana ―Deyanira era la única con un trabajo estable―, y me confesó que yo era el hombre más valiente que había conocido por haber escogido llevar esta vida y que ella siempre me había admirado. Entonces acercó su rostro al mío, peligrosamente. Doña Gladys era una de esas mujeres obsesionada con su cuerpo y que, a pesar de los años, se mantenía en muy buena forma. Deyanira la regañaba por querer vestirse como ella y, en no pocas oportunidades, de una forma aún más provocativa. Pero, a pesar de que Deyanira hacía varios meses no se me acercaba, acostarme con su versión veinte años mayor no solucionaría mis carencias en el rubro sexual. La aparté de inmediato y ella volteó el rostro y se quedó mirando hacia otra parte. Abandoné la carne con ensalada roja y salí a caminar por la calle, tratando de asimilar lo que había ocurrido. Cuando volví, muy tarde en la noche, Deyanira me esperaba en la sala. Me invitó a sentarme. Me dijo, en pocas palabras, que no quería volver a verme. Fui a mi cuarto a recoger algo de ropa para irme a un hotel. Cuando pasé por el estudio, vi a doña Gladys doblando la ropa que acababa de planchar. A pesar del ruido de mis pasos en el viejo piso de madera, no volteó a mirarme.

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