Dora Bruder

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 Por Patricia Suárez

 El escritor Patrick Mondiano, en filigrana verbal de conmovedora sencillez,   nos ubica en la Francia Ocupada. Su precisión narrativa, reflexión y preguntas en busca de Dora Bruder, adolescente de 15 años fugada del internado de monjas, alberge al que no regresó,es   vital sumergirse   en la memoria del París de entonces y trasegar el actual que en la dinámica labor de la pesquisa emerge como personaje en su cotidiano palpitar de laberintos y pasajes, de calles e insondables… de historias y cafés, iglesias y muros, luz y sombra, archivos y registros y el nombre de Dora entre-miles-de-niños- silenciados por los nazis.

 Aventura moral de un escritor que revisando periódicos viejos   encontró, en el París-Soir del 31 de diciembre de 1941,   el anuncio de unos padres que buscaban a su hija de 15 años.   Nueve meses después aparece el nombre de la adolescente en una lista de deportados al campo de concentración de Auschwitz.

 Direcciones, fechas de nacimientos, edificios vacíos, barrotes oxidados, riatas corredizas, seguridad electrónica, objetos metálicos, guardianes y empleados, lugares no encontrados, búsqueda entre la gris y repulsiva burocracia, nombre, oficio, nacionalidad y las preguntas a llenar en una reductora reglamentación informativa.

 “(…) quizá encuentre la partida de nacimiento de Ernest Bruder en el registro civil de la comunidad israelita de la ciudad (…) la calle del Prater con sus cafés y su teatro, en los que actuaban los budapesters. Y el puente de Suecia. Y el patio de la Bolsa de Comercio (…) tras las primeras derrotas del ejercito austríaco, decenas de miles de refugiados (…) Una ciudad a la deriva, arrancada a un imperio que ya no existía.”

 La   búsqueda de Dora Bruder es también encuentro y correlación de pinceladas; de legionarios, alemanes, austríacos, rusos, rumanos; de los cuarteles que   van hacia La pacificación de los territorios sublevados   y los combatientes que llevan sus banderas.

 La denuncia de facto que narra Modiano en su libro tiene la fuerza centrífuga de la verdad explosiva de los grandes narradores e impulsa, desde la historia y ficción, su sensibilidad comprometida a lectores respetuosos.

 Sobresaliente intento   de saber la verdad   de seres que padecieron el dolor y   el sufrimiento y las ordenanzas del nazismo: portar la estrella amarilla para hacer fácil reconocer a los perseguidos que morirían en los hornos crematorios, en las cámaras de gas, en los campos de concentración o en otras de las incontables formas en que perdieron la vida millones de personas bajo el fascismo.

Aquí el párrafo final:

“Nunca sabré como pasaba los días, dónde se escondía, en compañía de quién estuvo durante los primeros meses de su primera fuga y durante las semanas de primavera en que se escapó de nuevo. Es un secreto. Un modesto y precioso secreto que los verdugos, las ordenanzas, las autoridades llamadas de ocupación, la prisión preventiva, la historia, el tiempo –todo lo que nos ensucia y destruye- no pudieron robarle”.

 

La memoria ha de ser el faro de nuestro devenir para jamás aceptar ser cómplices del horror fascista.

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