Dos días

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ana maria ruizPoco más de dos días con sus noches transcurrieron desde que fueron asesinados Manuel Tumiñá y Daniel Coicué, miembros de la guardia indígena Nasa, hasta que la misma guardia persiguió a los asesinos, los cercó, los capturó y organizó un juicio que está próximo a realizarse, o que posiblemente se realiza en este justo momento, si usted está leyendo esto el domingo 9 de noviembre, o en adelante.

Según se recoge de la información publicada, los hechos sucedieron el miércoles pasado cuando un grupo de guerrilleros de las Farc discutió con los miembros de la guardia indígena en el municipio de Toribío quienes descolgaron unas vallas de las Farc con propaganda conmemorativa del tercer aniversario de la muerte de Alfonso Cano. Diferentes publicaciones parecen coincidir en que fue uno solo de los guerrilleros del grupo involucrado en el altercado, el que les disparó a quemarropa. Y entre todos los demás se encubrieron la huida.

Supongo, como si lo hubiera visto, que al tronar de los disparos esa mañana en Toribío, cada uno de los 400 miembros de la guardia dispersos por el municipio alertó sus sentidos y organizó con precisión el “barrido”, o como llaman en el argot, la “operación rastrillo” que les permitiría inspeccionar el territorio hasta ubicar y detener a los siete guerrilleros acusados de estar implicados en el asesinato de Tumiñá y Coicué.

Así, poco más de 48 horas después de ocurridos los hechos, el pueblo Nasa había surtido completo el proceso que en nuestro sistema toma meses, hasta años: perseguir, capturar, enjuiciar, hasta situarse en el instante anterior al inicio de un juicio de responsabilidades.

No es la primera vez que esto sucede, ya antes algunos casos de juicio indígena a guerrilleros han tenido despliegue mediático. Pero en este caso, adquiere la relevancia de realizarse cuando en La Habana se discute justamente el punto relativo a las víctimas. El asesinato de los líderes de la guardia, que se da en el marco de la exigencia al grupo armado de respeto por la neutralidad del pueblo Nasa, pone en la discusión la evidencia de que, al hablar de víctimas en Colombia, no solamente toca remover las cenizas de los muertos de hace 60 años, sino responder por los que se siguen sumando a la lista de caídos por la intolerancia, la arrogancia y la demencia bélica de los “gatillos locos” de la guerrilla.

No sé qué suceda en este juicio, pero por el momento en que se da, creo que va a ser histórico: el pueblo Nasa tiene la oportunidad de poner un gran megáfono dirigido a La Habana, para mostrar cómo se hace justicia con los criminales capturados en flagrancia. ¿Que los asesinos eran de las Farc y no delincuentes comunes? De malas. El castigo que el pueblo Nasa decida en asamblea aplicar, puede ir desde una “paliza”, el cepo, someterlos a trabajos forzados en el territorio, hasta el destierro, y la pena en una cárcel del sistema penitenciario colombiano, donde el que disparó podría pagar una condena de hasta 40 años, tal como ha ocurrido en otros casos en el pasado.

Así como en otros momentos los indígenas han expulsado de su territorio a la fuerza pública, en esta ocasión los cabildos tienen la oportunidad de decirle en su cara a las Farc que con su exigencia de neutralidad no se juega. Si los medios en Colombia fueran serios, ninguna noticia debería ser más importante en este momento que cubrir ampliamente este juicio. Por que no hay lado más válido para informar de este tema, que pararse del lado de las víctimas.

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