Efecto placebo

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Por Ana María Ruiz
Twitter: @anaruizpe

Semanasantear es un verbo payanés que significa vivir la experiencia de las procesiones, las exposiciones y los conciertos en inmersión profunda. Se puede semanasantear o no estando en Popayán por estos días, nada obliga a hacer una u otra cosa, pero lo cierto es que nada mejor que dejarse ver semanasanteando para quedar divinamente con el electorado más católico y tradicional.

Lo saben bien Santos y Zuluaga, que aterrizaron con sus caravanas a “pedir pichón”, toda una tradición electoral tan antigua como la República. Como ser carguero en Popayán no es cosa que se le asigne así no más a cualquiera, los candidatos presidenciales pasan cada cuatro años a pedir pichón, y Popayán se los concede. Pichón ha habido para las águilas más sagaces, para los cóndores emplumados y hasta para los buitres carroñeros. En política bien sabemos que de todo hay, y “el pichón y un vaso de agua no se le niegan a nadie”, dicen por ahí.

Pasar por Popayán en gira de campaña sirve para que en los medios muestren que el candidato amagó echarse a hombros un peso, que estuvo muy ‘de voto’ y que se hizo el humilde debajo la nube de flashes. Después de los tamales de pipián y las palmaditas en el hombro, el candidato sigue su gira cargando niños pobres y posando de local en todas partes.

Estos candidatos nada se llevan de Popayán en este viaje, más que los votos pichoneados apuntados en la libreta de cuentas del jefe de campaña. Les dirá a sus huestes que se sientan orgullosas de tener esa ciudad espléndida, solemne, orgullosa de sus calles limpias y blancas, como una novia a la que todos cortejan. Y su gente lo aplaude, y le agradece tan exaltadas palabras. Como si esa ciudad de la que se regodean realmente existiera.

El Lunes de Pascua, como por arte de magia, desaparecerá el encanto. Cuando se pasa el efecto placebo de las procesiones, desaparece el orgullo colectivo de vivir en una ciudad amable, limpia, pavimentada, de puertas abiertas, y regresa la realidad con el tráfico infernal, los huecos insondables en las calles, los negocios estancados, la inercia de la mediocridad administrativa, de la corrupción establecida, de la indolencia frente a la salud pública, de la degradación en la calidad de vida.

En sus 458 años de tradición ininterrumpida, Popayán ha tomado juiciosamente las goticas de placebo que las procesiones le suministran, ese efecto que le hace creer que puede mantenerse ordenada, planeada y grata, porque si en Semana Santa la ciudad funciona, ¿por qué no se va a poder durante el año? Pero llamándonos a la verdad, la ciudad ha constatado también que, lejos de mantener la hidalguía que en Semana Santa profesa, cada vez al caer el telón deja ver una peor cara.

Me pregunto si, parodiando a García Márquez, en Popayán habitan estirpes condenadas a otros cien años de placebo; si nada ha cambiado ni cambiará. O si, por el contrario, hay capacidad y ganas de torcerle el cuello a la resignación y buscar caminos de cambio efectivo para la ciudad. Encontrar la fórmula para inyectarse un antídoto contra el placebo, que permita dejar de soñar durante 358 días con el brillo fatuo de los 7 días de paréntesis de realidad.

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