El Alcance

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ana maria ruizPor Ana María Ruiz Perea

@anaruizpe

 

No se cuál es la ortografía de la palabra, porque la Academia de la lengua todavía no la incorpora al diccionario. Aparece escrita indistintamente como postconflicto, posconflicto o post conflicto en documentos académicos, artículos de prensa o términos de referencia en contrataciones oficiales. El postconflicto es en este momento condición en todos los presupuestos y puntajes para cuanto concurso de méritos; supe de unos términos de referencia que para calificar la hoja de vida de un consultor, daban un puntaje extra por cada año de experiencia acreditada en situación de postconflicto en Colombia. En serio.

El postconflicto es ese cierto “estado de la nación” en el que el presidente en campaña nos matriculó, que produjo un legítimo escozor en quienes tenemos ejemplos de sobra para desconfiar de slogans de gobiernos de turno. Pero es también –hay que reconocerlo- una invitación a dar una oteada a ver si existe un futuro sin matarse, y un llamado para comenzar a tejer la inconmensurable cantidad de hilos rotos que dejan 50 años de guerra.

La Red Nacional de Bibliotecas Públicas de Colombia tiene 1404 bibliotecas públicas vinculadas, al menos una en cada uno de los municipios del país. En el Cauca hay 55 bibliotecas públicas y comunitarias, en el Valle 110.

No me cabe duda que entre los 1404 bibliotecarios y bibliotecarias del país habrá buenos, mediocres y malos resultados en ejecución, como en cualquier operación del aparato administrativo burocrático. Pero por malo que ese funcionario haya sido, el espacio físico dotado con colecciones, abierto para todo el mundo, está ahí para que la gente se lo tome. Para ensayar el baile. Para leer en voz alta. Para ver un video. Para leer un libro en la red. Para leer. Y leer.

De razón, bibliotecólogos de muchas partes reconocen y felicitan la obstinación de Colombia por el alcance de su red de bibliotecas. Es cierto que ahí donde no hay ni un cajero automático, ni una sala de cirugía, hay una biblioteca. Por supuesto que la Red Nacional de Bibliotecas Públicas puede y debe mejorar, pero solo que exista ya es motivo para mucho agradecer.

¿A cuántas personas impacta la biblioteca en un municipio, más allá de quienes leen usualmente sus libros? ¿Qué sucede en una lectura en voz alta? ¿Se puede llevar la biblioteca a las aulas de clase? Los bibliotecarios municipales saben que la dimensión de su impacto es mayor cuanto menor es la edad del usuario. Los niños en las bibliotecas conocen la dimensión de la mente en la lectura, un derecho que a nadie está dado vetar.

Como el de hacer música. La fundación Batuta por ejemplo, está presente en 95 municipios, y ha impactado a cerca de 40.000 niños, niñas y adolescentes y jóvenes en 23 años de funcionamiento. Niños que cuando examinan sus habilidades, las han entrenado y estrenado en la coordinación de violines con chelos y un trombón, en la dimensión sinfónica por la que jamás se colará el afán por cargar y disparar un arma.

La existencia de redes de bibliotecas públicas y nodos de escuelas de formación musical me hizo pensar esta semana que si realmente quisiéramos un país en paz, tendríamos que dedicar todo el esfuerzo humano y el presupuesto a reconstruir tejidos rotos. Y qué mejor camino que la música y la palabra para hacerlo.

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