El amargo sabor de la traición a Galán en el Valle

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De nuestro especial del 25 aniversario del asesinato de Luis Carlos Galán

El legado del  líder liberal, asesinado hace 25 años, tuvo una de sus mayores  frustraciones en el Valle del Cauca. Hablaba a borbotones como si presintiera que tenía poco tiempo, su batalla por depurar la política aún sigue sin ganarse

Parecía predestinado. Su irrupción fue precoz. Solo tenía 27 años cuando fue designado Ministro de Educación. La leyenda dice que incluso debió firmar su propio diploma que lo acreditaba como abogado de la Universidad Javeriana de Bogotá, porque hacía solo unos días había completado los requisitos para optar por el título. Hacía seis años, con solo 21, había llegado a trabajar al periódico El Tiempo. Fue un primero de Mayo, el mismo día que llegaron Enrique Santos Calderón y Daniel Samper Pizano, con quienes compartió una oficina en el edificio de la Avenida Jiménez con Séptima de Bogotá en la calzada de enfrente de donde el 9 de Abril de 1948 fue asesinado Jorge Eliecer Gaitán, uno de los decenas de miles de asesinatos políticos que  ha soportado Colombia a lo largo de su historia, uno de los pocos que ha cambiado la historia.

Luego de su fugaz paso por el Ministerio y de un par de años en la embajada de Colombia en el Vaticano se dedicó a la política bajo la orientación de Carlos Lleras Restrepo, uno de los presidentes mejor reputados del siglo XX, quien dirigía una facción del Partido Liberal. En 1976, Galán se hizo elegir concejal de Oiba, un municipio de Santander, que recorrió hablando con la gente durante más de un año sin parar.

Archivo particular
Archivo particular

En 1978, acompañó a Lleras en el primer intento de  elegir democráticamente el candidato del Partido Liberal, a través del mecanismo del Consenso de San Carlos, que dejó en manos de los congresistas la designación del candidato y fue ungido Julio César Turbay Ayala.

Ese día emprendió una de sus más importantes batallas: introducir mecanismos democráticos en la organización de los partidos políticos en Colombia. Esa lucha solo terminó unas semanas antes de su asesinato, en Julio de 1989, en la Convención Liberal de Cartagena en la que se adoptó la consulta popular como el mecanismo de escogencia del candidato presidencial de ese partido. Con esa regla aprobada regresó al liberalismo, luego de haber fundado el Nuevo Liberalismo, con el que recorrió el país, fue candidato presidencial en 1982, ganó las elecciones locales en Bogotá, barrió en decenas de municipios, enfrentó a los narcotraficantes, conformó y encabezó una disciplinada bancada parlamentaria, participó en el Gobierno de Belisario Betancur a través del Ministerio de Justicia, desde el que su grupo político decretó la guerra a las mafias y desde donde perdió a uno de sus más importantes compañeros: Rodrigo Lara Bonilla, asesinado por el cartel de Medellín en una calle de Bogotá.

Hablaba de cosas de las que nadie más hablaba: la explotación responsable de los recursos mineros y la equitativa distribución de la renta minera. En esa época todos se concentraban en la protección de la industria y solo él parecía avizorar que el primer renglón de la economía colombiana solo dos décadas después sería la minería.

Advertía, cuando solo era un fenómeno naciente, el peligro para la organización social y política colombiana del poder creciente del narcotráfico. Repetía, lo que 25 años después todavía los gobiernos repiten sin que se logren avances significativos, que la educación es la única esperanza de desarrollo y de equidad social.

Desde siempre hablaba de cosas que a sus contertulios les parecían extrañas. Cuenta Gloria, su esposa, que al final de los años 60, cuando trabajaba en el diario El Tiempo, en las tertulias de compañeros a la hora del almuerzo, mientras ellos hablaban de cosas insignificantes él estaba obsesionado por la llegada del hombre a la luna que finalmente se produjo el 20 de Julio de 1969.

Al Valle llegaba, como lo hizo a casi todo el territorio colombiano en sus correrías políticas, con un entusiasmo, una irreverencia y una convicción de la que era imposible mantenerse ajeno. Al principio, solo lo esperaban unos pocos: Mauricio Guzmán, Ruben Olarte, Yolima Espinoza, Carlos Arcesio Paz, Marino y Federico Rengifo, Emilio Aljure y Fernando Corrales

Se reunía con universitarios en Cali. Se paraba en cualquier tienda a hablar con la gente. En los primero años Galán tomaba sus encuentros con la gente como el curso necesario para ser Presidente de Colombia.

Tenía un afán permanente por saber cómo transcurría la realidad nacional

La audiencia crecía. No se presentó a las elecciones presidenciales de 1986, pero en ese año encabezó la lista a la Asamblea del Valle. Era la época de la confrontación total con el oficialismo liberal que en el Valle representaba Gustavo Balcázar Monzón.

Se les señalaba porque el liberalismo había perdido las elecciones del 82 por causa de la división liderada por Galán. A los militantes del Nuevo Liberalismo se les vetaba de los espacios oficiales y en algunos casos se les perseguía en las oficinas públicas. Mientras tanto la audiencia crecía. Galán había sido el más destacado senador del período 82-86. Había liderado grandes debates y en el siguiente período protagonizó el duro enfrentamiento con el entonces senador Alberto Santofimio, un elocuente orador, condenado por su participación en el asesinato de Galán.

Las elecciones de 1990 eran el momento preciso para la llegada de Galán a la Presidencia. Había colaborado con el gobierno de Virgilio Barco. Los caciques liberales, como Balcázar Monzón, habían disminuido su confrontación y en Cartagena se había acordado la unión con la condición de hacer la consulta para escoger al candidato. Nadie dudaba que Galán fuera a arrasar en esa consulta y que fuera elegido Presidente, por eso él mismo y su familia sintieron que a partir de ese momento el peligro de ser asesinado era inminente.

La semilla que sembró Galán en el Valle se frustró porque Mauricio Guzmán, que era el más destacado líder del Nuevo Liberalismo en la región, que había llegado a ser Gobernador y Alcalde antes de cumplir 40 años, que estuvo a punto de ser elegido Contralor General de la República pero no lo logró por no tener la edad mínima exigida constitucionalmente, se dejó llevar por su ambición y traicionó el legado galanista de la peor manera: haciendo acuerdos con sectores vinculados al narcotráfico.

Guzmán fue condenado por haber recibido dineros del Cartel de Cali para financiar su campaña a la Alcaldía de Cali. Ya antes había hecho alianzas con políticos implicados después en la misma conducta en el marco del denominado proceso 8000: promovió a Manuel Francisco Becerra a la Contraloría y apoyó a Armando Holguín Sarria a la gobernación.

Compañeros de Guzmán de la época no duraron en afirmar que su traición ha sido el más duro golpe a la dirigencia política vallecaucana en los últimos años. Ese joven político que traicionó la herencia galanista era visto como el símbolo de la renovación y era tenido por diversos sectores de la sociedad caleña como un líder con proyección nacional al que muchos lo tenían incluso como presidenciable.

En Cali mucho más que en otras partes de Colombia si que se han sentido los efectos de las balas que asesinaron a Galán hace 25 años en una operación financiada y programada por el cartel de Medellín, realizada con la complicidad de agentes estatales y estimulada por políticos criminales. La influencia del narcotráfico que seguramente hubiera sido muy distinta si Galán llega a la Presidencia se siente aún hoy con todo rigor en la Capital del Valle.

Ese 18 de Agosto de 1989, en Soacha se produjo otro de los decenas de miles de asesinatos políticos de nuestra historia, pero ese como el de Gaitán cambiaría el rumbo de Colombia. Para bien o para mal este país no es el mismo desde entonces.

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