El balonazo de la paz

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wilches dosPor Gustavo Wilches-Chaux

@wilcheschaux

No me cabe duda de que una gran parte del país –dentro de la cual me incluyo- cruza los dedos para que los más pronto posible los diálogos de La Habana lleguen a unos acuerdos sólidos que comprometan a las partes a ponerle fin a esta guerra que desde hace por lo menos 60 años viene azotando al país.

Cuando eso ocurra (si ocurre), no va a comenzar realmente el post-conflicto, como se ha dado en llamar, sino una nueva etapa no sangrienta del conflicto entre “el establecimiento” y las FARC. Y ojalá suceda lo mismo con el ELN, antes o después.

Si bien la mayor parte de los territorios del país, unos con mayor intensidad que otros, han tenido que aguantar de manera persistente el balonazo de la guerra, esos mismos y otros territorios tendrán que prepararse para aguantar el balonazo de la paz.

Porque no solamente el conflicto entre los firmantes de los acuerdos para la paz va a continuar, ojalá, repito, con consecuencias no sangrientas, sino que continuarán los conflictos armados y no armados que por fuera de la guerra tienen lugar en el país. Y surgirán otros nuevos, muchos de ellos como resultado directo o indirecto de la paz.

Muchas veces ha venido a mi memoria en estos meses el libro de José María Gironella sobre la post-guerra civil española, titulado “Ha estallado la paz”.

¿Están preparados los territorios colombianos, de los cuales formamos parte, para el estallido de la paz?

Durante el VI Encuentro Nacional de Educación Ambiental convocado por el Ministerio de Ambiente, que se realizó en días pasados en Bucaramanga y que tuvo como anfitriona a la Corporación Autónoma Regional para la Meseta de esa ciudad, nos hicimos esa pregunta entre quienes participamos allí. No en vano el encuentro había sido convocado alrededor del tema “Estrategias para Construir Paz y Desarrollo Sostenible en Colombia”, y no en vano quienes de una u otra manera, con distintas camisetas y desde diversas orillas, nos hemos dedicado a la educación ambiental, hemos hecho de nuestras vidas una apuesta por la Vida y en consecuencia por la paz.

La educación ambiental, cuando se entiende y se ejerce así, como un compromiso de vida y no solo como una materia adicional en el pensum escolar, implica comprensión de las contradicciones, capacidad para transformar conflictos, decisión, conocimiento y acción para cuestionar todo aquello que se oponga a la vida en todas sus manifestaciones y en todas sus escalas.

En fin: la conclusión –no sorpresiva- de quienes nos reunimos ahí, es que no, que el país hoy no está suficientemente preparado para aguantar el balonazo de la paz.

Lo cual no se debe entender, ni mucho menos, como un llamado para que se aplace el inicio de ese proceso que más bien esperamos que no se demore en llegar, sino como una voz de alerta en el sentido de que existen una gran cantidad de factores complejos, unos objetivos y otros subjetivos pero todos igualmente válidos, que tendrán que ser abordados de manera cuidadosa e integral, para evitar que, como ha sucedido en otros países que han pasado por procesos similares, las comunidades en algún momento añoraban la guerra porque consideraban que las condiciones de riesgo para su vida cotidiana eran menos inciertas antes de que se firmara la paz.

Sería muy largo intentar siquiera listar esos factores aquí, por lo cual me limitaré a un par de ejemplos de los desafíos que toca asumir:

Será necesario garantizar que la llegada a un territorio de quienes antes vivían en la guerra y de la guerra, signifique una oportunidad tangible para que los habitantes de ese territorio que no pertenecían a ningún grupo armado, mejoren objetivamente su calidad de vida y sus oportunidades de crecimiento humano integral. Así por ejemplo, si va a haber créditos sin intereses para los reinsertados, es muy importante que también se ofrezcan créditos en las mismas condiciones para quienes los reciben en su comunidad.

Que con la firma de los acuerdos lleguen la escuela, el puente, el puesto de salud, el acueducto, el centro deportivo, la capacitación. Que se note cómo se invierten ahora los recursos públicos que antes era necesario destinar a la guerra. Que se haga evidente que desde todo punto de vista, para el conjunto social, la guerra es mucho menos rentable que la paz.

Que se fortalezcan las comunidades organizadas y las autoridades locales. Que se entienda que la única posibilidad de gobernabilidad eficaz en muchos territorios colombianos, particularmente donde existen comunidades étnicas, es mediante el respeto y el fortalecimiento de las autoridades tradicionales, que también son “gobierno” de acuerdo con la Constitución Nacional.

Que si va a cesar la guerra que genera tanta destrucción, tanto desplazamiento y tanto dolor, se ejerza control sobre los procesos que, en nombre del “desarrollo”, ponen en peligro la estabilidad de las comunidades en sus territorios y también generan desplazamiento, incertidumbre y dolor.

Que quienes entran a la paz no solamente encuentren de qué vivir sino también una razón para vivir. Que se den cuenta de que es desde la paz y no desde la violencia como se debe y se puede transformar efectivamente la realidad.

Que si se firma la semilla de la paz, esa semilla encuentre tierra fértil en Colombia para germinar, crecer y fructificar.

 (Continuará…)

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