El culto a la ley

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Jesús-Ignacio-García-ValenciaDesde el editorial de nueva frontera, en la década de los ochenta, el  expresidente Carlos Lleras Restrepo, afirmó que el país estaba descuadernado. Y tenía razón. Lo más grave es que continuó descuadernándose y hoy día la situación es preocupante. De una guerrilla replegada en las montañas inhóspitas de nuestras cordilleras, pasamos a una organización armada con dominio territorial y poblacional, con un enorme poder económico cimentado en el narcotráfico y la minería ilegal. De la protesta callejera de unos estudiantes inconformes, simpatizantes de la revolución cubana, avanzamos a las milicias, que hoy día se han infiltrado en las aulas universitarias y en los sectores populares de nuestras ciudades. De un sector campesino que al menos disfrutaba de una economía de subsistencia, desembocamos en  miles de seres rurales hambrientos y cuando menos desplazados por los grupos armados al margen de la ley, como consecuencia del abandono estatal del agro. De la juventud rebelde y soñadora con ánimos de promover la trasformación social, asistimos a unas nuevas generaciones apáticas respecto del acontecer público y embelesadas con la economía de mercado y la sociedad de consumo; antaño la figuración social se cimentaba en el trabajo y el mérito; ahora se edifica en el enriquecimiento fácil y en prestigios construidos por el espectáculo mediático del momento; los servidores públicos del pasado ejercían sus funciones con  respecto y devoción por la cosa pública, ajenos a los desmanes que a muchos hoy les reprocha la justicia. Muchos otros ejemplos podríamos mencionar porque los fenómenos de desintegración social son mas que significativos.

Esta situación compleja se quiso contener promulgando leyes, en el falso entendido que ellas producen efectos milagrosos para resolver los problemas sociales. Es lo que se ha denominado el fetichismo jurídico. A los reclamos guerrilleros que en sus inicios tenían un contenido político y de reivindicación social, se respondió con un derecho penal fuerte que agravó las penas, las cuales  no se aplicaron porque los infractores de la ley no cayeron bajo la acción de la justicia; con la apertura económica la tradicional pobreza de las gentes del agro se tornó en miseria y para adoptarla se  modificaron las leyes proteccionistas y se dictaron las que promovieron el libre mercado, que según sus cultores crearía empleo  y  las condiciones para alcanzar la anhelada igualdad social; aunado a lo anterior nuestros medios de comunicación rindieron culto a la sociedad de consumo, propia de países desarrollados,  y con ello incentivaron el enriquecimiento fácil como medio  para acceder a los beneficios de ese modelo ajeno a nuestra realidad.

Y a lo largo del devenir social, las respuestas a los problemas se han enfocado a dictar  leyes que pocas veces se aplican. A la discriminación, a la violencia contra las mujeres, a la trata de personas; a las pandillas juveniles; a la corrupción;  al fraude electoral; a la perversión de la democracia mediante la compra de votos; a la crisis de la justicia y a muchos otros fenómenos, se les ha dado un tratamiento legislativo. Ése es un expediente muy fácil para dar la impresión de que se actúa y se tiene voluntad para solucionar los problemas. Sin embargo, la práctica demuestra que esas leyes no son eficaces y los fenómenos siguen creciendo porque no se atacan sus raíces o no se utilizan los instrumentos adecuados para superarlos. No se necesita ser científico social para concluir que la mayoría de esas dificultades se pueden y deben corregir por medio de la educación y que el estado debe centrar todos sus esfuerzos en planificarla para sacar avante un modelo de sociedad cimentada en valores cuya vigencia se ha perdido, porque en las aulas no se forma a verdaderos ciudadanos. Y de la misma manera el plan nacional de desarrollo debe enfocarse a hacer realidad el estado social de derecho que vela por la dignidad humana, la libertad, la igualdad y  una economía intervenida por el estado para repartir sus frutos con criterios de equidad y justicia social.

Mientras no diseñemos nuestra educación para construir un modelo de sociedad más justa y no formulemos un modelo  de desarrollo mas igualitario, podemos seguir promulgando leyes, pero la realidad seguirá igual o peor y el país estará cada día más descuadernado.

Jesús Ignacio García Valencia

 

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